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’127 horas’ – Reivindicando a Rodrigo Cortés

Publicado el 08 febrero 2011 por Cinefagos


’127 horas’ – Reivindicando a Rodrigo Cortés

Si Rodrigo Cortés se hubiera llamado Danny Boyle y si “Buried” (2010) se hubiera parido a partir de un hecho real, probablemente sería ésta y no “127 horas” la película que optara a conseguir seis premios de la Academia.

Y es que, qué queréis que os diga, a riesgo de sonar chovinista prefiero la excelente producción española al decepcionante ejercicio morboso del director de la notable “Trainspotting” (1996) basado en la autobiografía Entre la espada y la pared de Aron Raslton.

Pero empecemos por el principio: el tal Aron Ralston es un tío muy independiente al que le apasiona el mundo del senderismo-montañismo. Durante una excursión por el cañón Blue John en Utah, sufre un accidente y su antebrazo derecho queda atrapado por una roca. Tras pasar 127 horas intentando sobrevivir (Y CUIDADO QUE CUENTO EL FINAL), decide amputarse el mencionado antebrazo para no morir. Fin.

Sí, a priori, parece interesante y como una todavía conserva en su retina los esfuerzos de Paul Conroy por escapar de aquel claustrofóbico ataúd made in Spain, se rinde a la película de Boyle, aunque lo de Basado en un hecho real me recuerde a aquellos infumables telefilmes de los sábados por la tarde.

’127 horas’ – Reivindicando a Rodrigo Cortés

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos del convincente (y nominado) James Franco cuyo papel es uno de esos “regalos” que son tan del gusto de los miembros de la Academia, creo que “127 horas” no es merecedora que figurar entre las películas que optan a los Oscar.

Donde Cortés se las ingeniaba para que en el espacio de un ataúd la tensión no decayera casi en ningún momento, Boyle echa de mano de multitud de recursos para que el público no se le duerma. Flashbacks sentimentaloides a tutiplén, pantallas partidas o un montaje casi psicotrópico, le sirven al director británico para zarandearnos continuamente preparando el terreno para esa escena final repugnante e innecesaria. Esa escena final (y es que así somos los seres humanos) que esperamos como agua de mayo, porque (mal que nos pese) poco nos importa la vida del personaje, su vitalismo sin límites, si tenía novia o no, si quería a sus padres, lo que estamos deseando es verle, cuchillo en mano, amputándose el antebrazo a lo bestia.

Y Boyle no decepciona, pero asquea y lo hace regodeándose de tal manera que, ya puestos, hubiera podido rodar un corto de cinco minutos mostrándonos la “operación” y santas pascuas. ¿Qué soy muy pusilánime? Para nada. Pero no necesito que me abofeteen con una escena gore tan tremendamente explícita (qué horrible pitido…) para que sienta todo el sufrimiento que debió experimentar Ralston, porque ya soy lo suficientemente mayorcita para imaginármelo. En fin, cosas del cine actual y su tendencia a darlo todo bien masticadito no sea que el público se “atragante”…

A “127 horas” le sobran muchas cosas, ya que no necesita sustentarse en todo aquello externo al personaje (véase “Buried”), sino que él mismo (sin necesidad de recursos superfluos, mareantes y tramposos) y su terrible experiencia son más que suficientes para mantener al espectador pegado a su butaca. Y si encima se cuenta con un más que solvente James Franco, mejor me lo pones. De hecho, las escenas en las que observamos la soledad del personaje atrapado en esa grieta y sus esfuerzos por mantenerse con vida, son de lo mejorcito.

Con una fotografía majestuosa (curiosamente sin nominación) y con la B.S.O. del ya premiado (y nuevamente nominado) A. R. Rahman, Boyle vuelve a colocar una de sus películas en la lucha por los Oscar tras el incontestable triunfo de “Slumdog Millionaire” (2008). Este año no creo que pise el escenario del Kodak Theatre.

 


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