Revista Homo

'Alejandro Magno: gay, polígamo y emperador del mundo' Referentes LGTB en la mitología clásica XI

Por Sarah_abilleira @PonteEnMiPiel

'Alejandro Magno: gay, polígamo y emperador del mundo' Referentes LGTB en la mitología clásica XI

Aida Acero Marquina

Como ya se ha mencionado anteriormente, en la balanza de la vida no siempre es fácil equilibrar conquistas y “conquistas” sin que alguno de los platillos quede perjudicado. La dificultad aumenta si un imperio depende de ellas, y es mayor aún si tu entorno no resulta partidario de las segundas. De todas maneras, ¿a quién le preocupa que sus amores sean considerados un lastre en su gobierno cuando llega a coronarse como faraón de Egipto?.
Ésta es la historia de Alejandro Magno. De él se dice que era homosexual, bisexual, heteromarchoso, e incluso transformista, entendido en la actualidad como travestí; debido a diferentes episodios de su vida. Etiquetas arriba etiquetas abajo, lo que sí es cierto es que encontró un gran amor en un hombre, que no fue el único varón con quien mantuvo un relación y que entremedias de todo eso le dio tiempo a tener varias esposas y descendencia. Esto último quizá debido a la presión a la que se veía sometido en su entorno ya que desde muy joven se cuestionaba su gusto por las mujeres. Sus padres intentando interesarle por las féminas le trajeron una costosa cortesana llamada Kallixeina, aunque el éxito de ésta operación siempre ha quedado en duda.
Eran sus progenitores Filipo II de Macedonia y la reina Olimpia. Ya Filipo en la infancia del niño le amonestaba a éste por cantar con “voz demasiado aguda” mientras que según palabras de Curcio “Alejandro despreciaba los placeres sensuales a tal grado que su madre estaba ansiosa por temor de que éste no le dejase descendencia”.
No sólo sus gustos o disgustos sexuales se manifestaron con prontitud, también su carácter hizo su aparición augurando el futuro del muchacho.
Cuentan que se le trajo a su padre un fiero caballo llamado Bucéfalo. Nadie era capaz de acercarse a él para montarlo o domarlo. Cuando Filipo iba a deshacerse de él, Alejandro le pidió que le dejara probar, apostando con su padre el caballo mismo, o su precio en contrapartida. Cuando fue a montarlo puso al animal de cara al sol pues por lo visto se había percatado de que lo que le asustaba al animal era su propia sombra. Después con dulces y firmes palabras Alejandro fue capaz de montar al animal y de someterlo a su voluntad. Al ver esto su padre exclamó:
- Búscate otro reino, hijo, pues Macedonia no es lo suficientemente grande para ti…
Se dice que era de corta estatura, tez pálida, de caballos rizados castaño-claros, ojos heterocromos, el izquierdo marrón y el derecho gris; y que tendía a inclinar la cabeza hacia el hombro derecho. Se le llamaba Aquiles, y Peleo a su padre, lo que hacía las delicias del joven al ser comparado con tal héroe. Desde muy joven, contando con trece años, su padre le dio cargos de responsabilidad en el gobierno. Sólo dos años después Alejandro llevaría el mando de la caballería en la batalla de Queronea, contra el ejército de Tebas.
Hombre de carácter activo, enérgico, sensible y ambicioso aunque dotado de raciocinio, fue discípulo de Aristóteles, quien le instruiría en política, elocuencia e historia natural.
Con veinte años, tras el asesinato de su padre, heredó el trono macedonio y comenzaría su conquista de Persia y posteriormente Egipto.
Se conocen amantes varones que mantuvo durante su vida y le costaban a veces las críticas y a veces el beneplácito de sus coetáneos. Uno de estos amores fue el eunuco Bagoas.
Bagoas era un esclavo perteneciente a la corte del rey persa Darío III y fue utilizado como moneda para negociar la paz. De excepcional belleza y talentoso para la danza, Bagoas, fue acogido con agrado por Alejandro quien lo hizo su cortesano y compañero. La relación con Bagoas siempre ha sido un tema de desacuerdo entre historiadores: Mientras que algunos lo consideran servicial amigo y amante del rey, otros le presentan como un vulgar prostituto, intrigante, aprovechado y retorcido. Sea como fuere, Alejandro instaló a Bagoas en una villa en las afueras de Babilonia y convocó a todos sus oficiales y cortesanos a rendirle honores. Su relación era conocida y aceptada entre sus tropas.  
Plutarco relata un episodio durante unos festejos cuando regresaban de la India, en los cuales sus hombres jaleaban a Alejandro para que besase abiertamente a Bagoas, cosa que hizo entre vítores. También se menciona a otro joven, Euxenippos, cuya belleza y juventud hacia las delicias del emperador.
'Alejandro Magno: gay, polígamo y emperador del mundo' Referentes LGTB en la mitología clásica XI Como mencionábamos antes, su gusto por el cuerpo masculino nunca fue impedimento para mantener una serie de matrimonios heterosexuales con Roxana de Bactriana; Estateira, hija de Darío III, y Parysatis, hija de Oco, convirtiéndose así en defensor de la poligamia.
Alejandro fue padre de al menos dos niños: Heracles, nacido en el 327 a. C. de su concubina Barsine, y Alejandro IV de Macedonia, de Roxana, en el 323 a. C, cuyo nacimiento tendría lugar seis meses después de la muerte del emperador.
Sin embargo, y es lo que queda por relatar, no serían ninguna de ellas, ni Bagoas, ni el delicado Euxenippos, su gran amor. Amor que a la usanza de la época fallecería de forma trágica llevándose consigo el corazón de Alejandro.
Ese amor tiene el nombre y la cara de Hefestión, compañero de aventuras desde la niñez, ya que ambos compartieron educación con Aristóteles y posteriormente comandante de caballería de los ejércitos de “El Magno”. De Hefestión se dice que realmente no era muy hábil en combate como comandante en el campo de batalla y a veces necesitaba de la supervisión del propio Alejandro para evitar errores, pero esto lo compensaba con vastos conocimientos en logística y grandes dotes estrategas.
No estaba bien vista dicha relación pues ambos mantenían edades similares y esto rompía la homosexualidad tal como estaba institucionalizada, incluso le costó las críticas de los coetáneos como se recoge en esta cita atribuida a Diógenes de Sinope amonestando al emperador:
“Si quieres ser hermoso y bueno, arroja ese trapo que tienes sobre tu cabeza y ven con nosotros. Pero no serás capaz de hacerlo, dado que estás dominado por los muslos de Hefestión”
Críticas a parte, lo cierto es que la relación entre Alejandro y Hefestión queda definida para la posteridad en el momento en que ambos llegan a Troya y allí elevan ofrendas en el altar de los héroes de dicha guerra. Alejandro en honor a Aquiles, y Hefestión a Patroclo, definiendo así el papel que cada uno desempeñaba en la pareja.
En el otoño de 324 a. C., el ejército de Alejandro se acuarteló en la ciudad de Ecbatana para pasar el invierno. Allí Hefestión enfermó durante los juegos que se celebraron en la corte y murió una semana después. Probablemente la causa sería la fiebre tifoidea, pero nunca se excluyó la posibilidad de envenenamiento ya que al ser tan cercano al emperador, seguramente, tendría diversos enemigos. Se dice que Alejandro se volvió loco de dolor, haciéndose afeitar la cabeza y las crines de los caballos del ejército, cancelando todos los festejos, pintando de negro las murallas de la ciudad y, cuenta la leyenda, crucificando a Glaucias, el médico que lo había atendido. Partió inmediatamente para Babilonia con el cadáver, donde celebró fabulosos juegos funerales en su recuerdo. El Oráculo de Siwa, ante la pregunta de Alejandro, de cómo tenía que ser venerado Hefestión, respondió que debería ser adorado como un héroe divino.
Sin embargo poco habría de durar la separación de sus almas pues tan sólo unos meses después, durante la celebración de los ritos funerarios en honor a Hefestión, Alejandro se uniría a él en el más allá bajo circunstancias poco claras.
Trece años duró su reinado, trece años para convertirse en uno de los personajes históricos más admirados a la par que controvertidos que se conocen, divinizado a veces y considerado en ocasiones como un tirano megalómano que destruyó la estabilidad creada por los persas. Pero sobre todo, una vida sincera en la que hacer frente al “qué dirán” y en la que valorar la belleza y el amor sin importar la forma en la que se presenten.
Aida Acero Marquina
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