Revista Infancia

Aprendiendo a pedir perdón…

Por Pingüicas

Aprendiendo a pedir perdón…

La semana pasada tuve uno de esos días en los que te preguntas en dónde has fallado como mamá; fue una tarde que se convirtió en un verdadero reto para mí.

Pablo ya venía de mal humor desde que lo recogí de la escuela. Intentó empezar un pleito conmigo acerca de las opciones de postre que había para ese día. No lo logró. No me “enganché” con él, así que no tuvo más remedio que parar la pelea.

Pero la hora del baño tuvo un desenlace completamente diferente. Se negaba a meterse a bañar. Después, se negaba a salir de la regadera. Cuando lo saqué a la fuerza, todo se salió de control. Empezó a llorar y a pegar de gritos. Un berrinche monumental. Se tardó años en vestir, exigiendo que yo lo ayudara. Obviamente, lo tuvo que hacer él solo. Me senté con él para que hiciera la tarea, pero su actitud seguía siendo la misma, por lo que le dije que tendría que arreglárselas por sí mismo.

Las cosas fueron empeorando. Lloraba y me gritaba que era la peor mamá del mundo. Ahora, yo sé que lo que no debes hacer es bajarte a ese nivel y mostrarle que tú también ya has perdido el control, pero la verdad es que ya habíamos llegado a un punto en el que era un pleito a gritos entre los dos. Claramente, el respira-hondo-y-cuenta-hasta-10 estaba fuera de cualquier posibilidad.

También sé que las consecuencias deben ser proporcionales y que además, tienen que estar relacionadas con la falta. Pero cuando estás en medio de un pleito a ese nivel de enojo, no tienes cabeza para estar pensando en esas cosas. Le castigué sus tarjetas de Club Penguin. No paró. Le castigué la televisión. No paró. Le dije que se tendría que dormir más temprano. No fue suficiente. Se quedó sin cena. Le dio lo mismo. Pero cuando le dije que si seguía gritando cosas ofensivas, se quedaría sin postre toda la semana, entonces recapacitó. Se calmó y terminó él solito la tarea. Sin embargo, definitivamente no sentí que yo había “ganado” este pleito.

El resto de la tarde fue horrible. Castigado de todo, estuvo tirado en el piso rodando un carrito para delante y para atrás. Para ser honesta, yo todavía me sentía muy molesta. Yo creo que él también porque no nos estábamos dirigiendo la palabra. Yo no sabía en qué momento todo este pleito y todo este rencor iba a llegar a su fin.

De repente, escuché que llamó a su hermana. Sacaron las hojas y los colores. Me imaginé que iba a hacer lo que siempre hace cuando está enojado conmigo: escribir en una hoja “prohibido mamás” y pegarla en la puerta de su recámara. Esto hizo que yo solita me hundiera todavía más en mi enojo.

Al poco tiempo, llegaron los dos para darme un pedazo de papel doblado. Pablo me dijo que era algo que me había llegado en el correo. Yo lo abrí, todavía enojada, esperando leer “mamá regañona” o algo por el estilo. Pero para mi sorpresa, me encontré con esto:

Aprendiendo a pedir perdón…

―¿Qué esto? ¿Quiénes son?

―Yo no sé, llegó en el correo― dijo Pablo.

―¡Yo sí sé! Son Pablo y mamá. Y son amigos porque se quieren mucho― dijo Pía.

―¿Y quién lo dibujó?― le pregunté a Pía.

―Pablo― contestó.

Pablo me estaba mirando con una pequeña sonrisa, compuesta de un poco de travesura, un poco de disculpa y un poco de esperanza de que yo le sonriera de regreso.

No fue necesaria ninguna palabra.

En ese instante, desapareció todo mi enojo y todo mi rencor. Nos dimos un largo abrazo que termino en un: “Amor, ya es hora de dormir”.

―Sí, mamá.

Mientras lo metía en su cama ―más temprano de lo normal― me quedé maravillada ante su capacidad de perdonar y de pedir disculpas. Había sido él quien había dado el primer paso para reconciliarnos. Con un beso de buenas noches, le agradecí inmensamente la lección que, una vez más, mi propio hijo me acaba de dar.

FIN


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