Revista Historia

Atlantropa, el insensato proyecto para desecar el Mediterráneo

Por Ireneu @ireneuc

Uno de los inconvenientes que se presentan ante el cambio climático que estamos padeciendo, es el progresivo deshielo de los casquetes polares. El aumento de las temperaturas del planeta hará -y digo hará, porque antes reventaremos todos que ponernos en serio a atajar el problema- que el nivel de los mares suba de manera descontrolada. Ante esta amenaza, la solución para las poblaciones costeras pasará por " holandizar" todas las zonas afectadas metiendo diques a cascoporro para controlar el nivel del agua. A grandes males, grandes remedios; sin problemas. No obstante, hay veces que los ingenieros y arquitectos se exceden un pelín en idear "grandes remedios", con el riesgo de crear proyectos como el del alemán Herman Sörgel, el cual pretendía desecar el Mediterráneo a base de hacer una presa en el Estrecho de Gibraltar. ¿Lo peor? Que era factible.

Acabada la 1ª Guerra Mundial, las ganas de olvidar la gran matanza inundaron toda la sociedad europea. El ocio y el vivir la vida se convirtieron en un espejismo que ayudaba a mitigar la dureza de la posguerra. Por su parte, las élites intelectuales intentaron buscar las razones del conflicto mundial, llegando a la conclusión de que era un problema de superpoblación y de falta de recursos del continente europeo que lo ponían en desventaja respecto América y Asia. Europa no podía crecer debido a sus limitadas fronteras, por lo que necesitaba imperiosamente obtener más territorios que explotar. Y...¿cual era el patio de atrás de Europa? Efectivamente: África. Solo que tenía el inconveniente de estar separada por un incómodo Mar Mediterráneo. El arquitecto Herman Sörgel tenía un solución fácil y, lo mejor para el momento, pacífica.

Sörgel, conociendo esta falta de tierra productiva, propuso crear una gigantesca presa que yendo desde la costa española de Tarifa hasta la costa marroquí, cerrara el acceso del agua del Atlántico al Mediterráneo y uniera África con Europa, creando un nuevo continente que se llamaría Atlantropa. El arquitecto sabía que el Mare Nostrum tiene un balance hídrico negativo, por el cual evapora mucha más agua de la que recibe de los diversos ríos que abocan a su cuenca y que, además, esto había ocurrido de forma natural en épocas anteriores ( ver La historia de los cíclopes fosilizados). Y es que, para Sörgel, el proyecto eran todo ventajas.

El dique, que estaría a unos 20 km al oeste de Gibraltar para aprovechar las aguas más someras, tendría unos 30 kms de largo, y permitiría hacer que, en pocos años, el Mediterráneo bajase hasta 200 metros. Ello dejaría al descubierto una gran cantidad de tierras actualmente sumergidas (se estima que unos 233.000 km2) que podrían ser colonizadas por los diferentes países ribereños y usadas para el cultivo. Asimismo, las distancias entre África y Europa se habrían reducido notablemente y las comunicaciones serían mucho más fáciles al poderse construir dos nuevos diques, uno en el paso de los Dardanelos y otro entre Túnez y Sicilia. Lo gracioso es que permitirían el paso de buques por sus esclusas y, a la vez, permitirían la generación de 110.000 MW de energía eléctrica (50.000 MW la de Gibraltar ella sola). Presentado el proyecto en 1929, y pese al inicial entusiasmo general, el proyecto tenía serios inconvenientes.

A las dificultades técnicas derivadas de la construcción de semejante dique (se considera que habrían tenido que estar trabajando 200.000 personas durante 10 años para levantarlo, y que no habría suficiente producción de cemento en el mundo para construirlo) y el riesgo sísmico de una zona como el Estrecho de Gibraltar, el hecho de un descenso de 200 metros del nivel del mar significaba la muerte de todas las ciudades costeras mediterráneas.

Las ciudades pasarían a estar tierra adentro y muy lejos del mar, y habrían tenido que erigirse otra vez en las nuevas zonas entre la antigua costa y la real. Para ello se idearon nuevos proyectos urbanísticos para ciudades como Génova, Marsella o Nápoles, aunque en otros casos, como el de Venecia, ello era absolutamente imposible, ya que la práctica desaparición del Adriático habría dejado la costa a 465 km del lugar original. ¿La solución? Más cemento: Un dique que, desde las afueras de la laguna, mantuviera de forma artificial el antiguo nivel de agua y no afectara al atractivo acuático de la ciudad. Aunque no solo eran problemas logísticos, los problemas medioambientales habrían sido desastrosos.

A principios del siglo XX, la conciencia medioambiental de la sociedad era nula, hasta el punto que el proyecto Atlantropa observaba represar los grandes ríos africanos para convertir amplias zonas de África en lagos -total, eran simples selvas improductivas- con los cuales convertir el Sahara en una zona de regadío. Obvia decir que informes de impacto ambiental ni se planteaban, ya que todo se concebía desde el punto de vista de productividad humana. El equilibrio ecológico ni se conocía, ni importaba lo más mínimo.

Hoy en día, y tras la experiencia de la desaparición del Mar de Aral ( ver Réquiem por un mar) en los últimos 30 años, se sabe que detrás de una súbita desaparición del mar, simplemente va un desierto de arena y sal tóxica en suspensión, totalmente imposible de colonizar, pero no solo eso.

El agua que quedase, aumentaría su temperatura y salinidad, acabando con buena parte de las especies vivas que en ella viviesen, lo que sería un auténtico descalabro para el equilibrio ecológico del Mediterráneo y para la industria pesquera. Por otro lado, la desaparición del mar de amplias zonas provocaría una reducción de las lluvias en Europa y norte de África, comportando un aumento de la aridez de toda el área mediterránea. Y, por si no fuera suficiente, al cortar el ramal de la Corriente del Golfo que accede al Mediterráneo a través de Gibraltar podría provocar un Efecto Ártico ( ver El Efecto Ártico) en el Atlántico Norte, llevando una nueva glaciación a Europa. Para no tener ningún miramiento con el medio ambiente, la carambola estaba asegurada. Por suerte, el proyecto no se llevó a cabo, aunque si algo se puede asegurar es que por Sörgel no quedó.

Una vez presentado el proyecto y no encontrar muchos apoyos más allá de un éxito inmediato en las portadas de los medios de comunicación, Sörgel no cejó en el empeño de llevarlo a cabo.

Al pasar el tiempo, la situación política de Alemania en los años 30 no era muy propicia a estas ideas paneuropeas, ya que Hitler tenía su propio proyecto megalomaníaco. Sörgel, a pesar de ser pacifista y su mujer ser de origen judío, presentó su proyecto a los nazis, los cuales poco menos que se rieron de él. No obstante estos reveses, la obsesión en el proyecto -estaba convencido de que era una solución real a todos los problemas de Europa- le llevó a seguir trabajando en él durante la guerra y presentárselo a los aliados una vez acabada la 2ª Guerra Mundial. El desarrollo de la energía nuclear (que hacía innecesaria una infraestructura mastodóntica para obtener energía hidroeléctrica) así como el inicio de la Guerra Fría, hicieron que el proyecto de Atlantropa fuese inviable, aunque jamás fue olvidado por Sörgel, el cual estuvo promocionando su sueño hasta su muerte en un accidente de bicicleta (fue atropellado por un coche que se dio a la fuga) en 1952.

Al final, el proyecto Atlantropa quedó en el baúl de los olvidos como testimonio mudo de una época en que se creía que el hombre tenía el mundo a su entera disposición sin importarle lo que en él pasase. Posteriormente, la Segunda Guerra Mundial, las bombas atómicas y el desarrollo sin control de la tecnología nuclear dieron el mazazo de gracia en la conciencia de la sociedad mundial, la cual, finalmente, pudo ver el límite real entre lo que puede y lo que debe hacer si quiere continuar viviendo en este planeta. Un límite que, oculto tras utópicos Atlantropas, aún hay demasiada gente que piensa que no existe.


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