Revista Historia

¿Bárbaros o civilizados?

Por Masonaprendiz
¿Bárbaros o civilizados?  Por Eduardo Montagut 
Hace unos años se publicó en castellano el Tratado de la Barbarie de los pueblos civilizados de Denis Diderot, con edición y prólogo de Gonzalo Pontón, y traducción de Palmira Feixas.
En realidad, este libro no existió como tal. Diderot no llevó nunca a la imprenta este Tratado, aunque los textos publicados son obra de este fundamental ilustrado francés. Estamos hablando de un conjunto de textos que aparecieron en la obra del abate Raynal, la Historia de las Indias. Este libro se publicó primeramente en Ámsterdam en 1770 sin autoría y con el título de Histoire philosophique et politique des établissements et du commerce des Européens dans les deux Indes. Cuatro años después, ya en La Haya, apareció una segunda edición y, por fin, en Ginebra en 1780 salía la edición definitiva en la que Raynal ya asumía la autoría del mismo. El texto provocó una intensa polémica con persecución del mismo y del autor, que tuvo que huir a Prusia y Rusia. El Parlamento de París decretó que el libro no podía circular, que se quemara en público y se detuviese al autor. La Historia de las Indias, el nombre con el que terminó por ser denominado el libro, tenía pretensiones enciclopédicas, ya que reunía los conocimientos que se tenían de América y Asia en ese momento pero, sobre todo, contenía opiniones y reflexiones sobre la realidad económica, social y política de los pueblos que habían sido colonizados por los europeos. La obra realizaba una crítica profunda de la acción de los colonizadores, deslegitimando las razones por las cuales los europeos habían establecido sus respectivos imperios, es decir, se cuestionaba el derecho a colonizar. Eso hizo que se tratase de uno de los libros más subversivos de la época ilustrada, y explica la persecución a la obra y su autor.
Pero, curiosamente, la obra no es, realmente de Raynal, o, por lo menos no exclusivamente. En realidad, se trataba de una obra colectiva donde colaboraron varios escritores. Que Raynal asumiera la autoría y, por tanto, toda la responsabilidad, permitió a estos autores una gran libertad a la hora de expresarse, amparados en la impunidad que daba el anonimato. En todo caso, Raynal se tomó muchas libertades con los textos que reunió de estos colaboradores, manipulándolos o modificándolos. Y aquí aparece nuestro protagonista Diderot porque fue uno de esos autores, si no el principal de todos ellos o, por lo menos, el más brillante. Sus principales contribuciones fueron recogidas en libro aparte en edición de Laurent Versini de mediados de los años noventa. Y sobre esta edición moderna francesa se ha hecho la española, a la que nos hemos referido más arriba.
La lectura del libro es harto recomendable, tanto desde el punto de vista del historiador o curioso sobre el pensamiento de uno de los intelectuales más importantes de la Historia, como por su actualidad más de dos siglos después de haberse escrito los textos que contiene.
Diderot analiza la naturaleza del colonialismo europeo moderno, que se basaría en un intenso carácter depredador. Se cuestiona el derecho a permanecer en esas colonias y se plantea el de resistencia de los nativos, defendiéndose y rebelándose. Estamos hablando del alegato más ácido contra el colonialismo europeo, aún más que el que se planteó en la polémica española del siglo XVI sobre los justos títulos de la presencia en el Nuevo Mundo.
La crítica de Diderot se plantea desde una interpretación ilustrada sobre la existencia de una moral universal, es decir, común a todos los pueblos, ya fuesen civilizados o no, basada en la razón, y cuyo objetivo sería la búsqueda de la felicidad. La obligación de todo estado sería la consecución de esa felicidad general, asimilada al concepto de bien común. Ese es el principio legitimador, y que permite exigir al hombre en la sociedad su entrega al estado. El ciudadano solamente necesita una virtud que no es otra que la justicia, y tiene como deber ser feliz. El interés general o el bien común, por su parte, solamente debe respetar los derechos del hombre. Los estados que se basan en la fuerza y la tiranía no serían, por lo tanto, legítimos. Esa es la razón de la crítica del absolutismo imperante, del privilegio fiscal, propio de la sociedad estamental, la condena de las guerras y de las relaciones internacionales interesadas de los monarcas, la denuncia de la corrupción y la dura crítica a la Iglesia. Y de ahí arrancaría su teoría de la sociedad civil, caracterizada por la igualdad ante la ley, las libertades, especialmente la de expresión o prensa.
Diderot, en consonancia con lo expuesto, nos habla de la reivindicación de los derechos del hombre, pero de forma universal, no sólo de los europeos civilizados, sino también de los hombres colonizados y de los esclavos. Aceptar la barbarie de los civilizados sobre los colonizados sería una enorme contradicción con la teoría de la búsqueda de la felicidad del ser humano. Por eso critica con dureza la explotación de los europeos y analiza las causas de la misma. La acción de los europeos es el espejo de los vicios de las naciones civilizadas de su época, de la pérdida de valores humanos y sociales, que no se pueden comparar con los de los nativos porque saldrían perdiendo. Sin lugar a dudas, Diderot fue un moralista, pero, sobre todo, un ilustrado muy personal, ya que no encontramos ejemplos entre los grandes filósofos del siglo en su defensa de los nativos, de los colonizados. Este es un ejemplo evidente, y Gonzalo Pontón lo deja muy claro en su prólogo, de la necesidad de no generalizar a la hora de abordar la Ilustración y los ilustrados. Diderot nunca consideró a los nativos como “salvajes” seres inferiores en una concepción paternalista, ni justificó nunca la esclavitud, ni fue un individualista, como lo fueron algunos de sus supuestos compañeros ilustrados.
Para Diderot los indígenas habían perdido su libertad desde el momento en el que los occidentales ocuparon sus tierras empleando, además, la violencia. Los europeos solamente tenían derecho a establecerse en el Nuevo Mundo en los lugares no habitados, desérticos, respetando las costumbres y cultura de las zonas habitadas vecinas. En las zonas completamente habitadas solamente cabía la cooperación, y exigir nada más que la hospitalidad. Todo lo contrario de lo que se había hecho. El nativo nunca fue considerado un igual, sino un esclavo, una víctima de la ambición y codicia, con el concurso o amparo del clero. Los nativos, por lo tanto, tendrían todo el derecho a rebelarse contra sus opresores. En este sentido, recordemos que el derecho a resistir y sublevarse se desarrolla de forma evidente en estos momentos tanto en Norteamérica, en las Trece Colonias, como en la Francia prerrevolucionaria. No parecía contradictorio que si los colonos o los franceses consideraban como tiránicos sus respectivos gobiernos y, por lo tanto, tenían derecho a rebelarse, también ocurriera en el ámbito colonial indígena, en línea con lo que expresábamos más arriba sobre la reivindicación universal de los derechos del hombre.
La modernidad de su discurso no sólo parte de lo que hasta aquí hemos expuesto. También la encontramos en su crítica a la unión de la iglesia y el estado. No entiende que el clero deba subsistir a cuenta del erario público, planteando la nacionalización de los bienes eclesiásticos. Defiende la enseñanza pública y el establecimiento de una especie de protoestado del bienestar porque propone que sea el estado el que se encargue de atender las enfermedades y la vejez, haciendo una fuerte crítica del sistema asistencial de la crisis del Antiguo Régimen. En algún sentido, Diderot planteará también preocupaciones que podríamos considerar ecológicas. Es muy interesante su comparación entre los núcleos de población indígenas y las ya desmesuradas grandes ciudades europeas, como París, y eso que se encontraba todavía en los primeros albores de la Revolución Industrial con sus posteriores consecuencias en estas cuestiones.

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