Revista Creaciones

Cádiz y el flamenco en Las mil y una historias de Pericón de Cádiz

Por Cuadernodecadiz

Las mil y una historias de Pericón de Cádiz

Cádiz y el flamenco en Las mil y una historias de Pericón de Cádiz

Os imagináis un torrente de ojos, manos, ritmo, gracia, dolor, bondad, arte, impulsado por y entre los testimonios de un hombre que en su infancia capitán fue de doscientos chiquillos, que padeció de las hambres y subió a la gloria del bien decir el cante...

Y os lo imagináis refiriendo un mundo sobrecogedor que levanta sobre la constancia de la pobreza y la necesidad monumentos que son gentes, que son realidades volando, que son cantes...

Juan Martínez, "Pericón de Cádiz", difiere en mi recuerdo de todos los otros cantaores a quienes conozco, he tratado o visto, porque él queda inscrito en un marco especial, el marco memorable de la infancia, y encuadrado entre sus imágenes dentro de un contexto casi familiar, ya que mi padre, médico del barrio gaditano de La Viña, le ha contado entre su clientela durante años, lo ha atendido profesionalmente más de una vez y han sido muchas las referencias interesantes, curiosas o divertidas que ha oído de sus labios sobre el arte y el mundo flamencos. Por ejemplo, sabiéndolo aficionado al bel canto, Pericón le dijo un día:

-Don Manué, pues no crea usté que hay tanta diferencia entre la ópera y el flamenco. Lo que pasa es que en la ópera to' va p'arriba, y el flamenco, to' p'abajo.


-Ese es Pericón, el cantaor -me indicaba mi padre.
Y de algún modo, al contemplarlo en alas de aquel anuncio entre admirativo y afectuoso, y como en la canción de Alberti sobre el cometa Halley y, "ya era yo lo que no era", ya latía en uno el calor de una afición que el tiempo solo iba a acrecentar.
Pero entonces nunca lo oí cantar. Fue mucho más tarde, a los diecisiete o dieciocho años, cuando una noche, y en unión del Pontífice Aurelio, me deslicé no sé cómo en La Privadilla, y recibí -para siempre- el doble aletazo de gracia y prestancia juntas con que Pericón adoba sus cantes, aparte de una impresión complementaria, más racional que emotiva: la de su maestría, su oficio, sus saberes, imponiéndose quizás a todo.

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Cuando acabó la guerra me llamaron pa' Las calles de Cádiz, y ahí estuve cinco años, dándole la vuelta a España. Anteriormente ya habían sacao este espectáculo, que entonces fue cuando llevaron a Ignacio Espeleta, haciendo el papel de zapatero, que luego me dieron a mí. [...] Y to' el espectáculo estaba basa o en una cosa verdá del barrio Santa María.

Había allí un zapatero que cantaba mu' bien, y cuando los tocaores salían de las fiestas, ya por la mañana, llegaban a dar una recalá a casa del maestro zapatero:

-Maestro, ¿Cómo está usté?

-Hombre, aquí andamos; siéntate un ratito y charlamos un poco.

-Pues na', que vengo de una fiesta y antes de irme pá mi casa he querío venir a saludarlo.

-Bueno, hombre, bueno; vamos a tomarnos media botella.

Y allí, en la zapatería, con la media botella, el tocaor sacaba la guitarra, hacía unas cosas; se animaba el maestro zapatero, emprincipiaba a cantar; las gitanas del barrio se acercaban, haciendo palmas y bailando ..., y ya estaba la juerga armá ...

Y exactamente igual estaba monta o lo de Las calles de Cádiz: salía yo sentao en la zapatería, vestí o de zapatero, y mientras se levantan el telón, Pepe Pinto, con una peluca de chiquillo, salía cantando fandangos. Cuando ya estaba el telón arriba, emprincipiaba yo a cantar unos tangos de Cádiz, los de la plaza la Catedral:

a Melilla con sus campos:

tiene su zoco y mezquita,

catorce o quince chumberas;

la cabeza del sultán.

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La plaza de la Catedral era Melilla

Ya lo dijo el Tío de la Tiza y lo metió por tangos Manolo Vargas: la plaza de la Catedral era un verdadero encanto porque se parecía a Melilla con sus campos. Y es que además de las palmeras tenía dos tiendas, "El Zoco" y "La Mezquita". Aquí está la primera, en el número 10, debajo de la placa de Gravina. Aparecen dependientes, parroquianos y hasta un sufrido chicuco con las mangas recogidas para fregar los vasos en la pileta. A la derecha del todo, sentado y junto a un niño, el bornicho Juan Álvarez Real.

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Allí, en Cádiz, teníamos una peña formá na' más que pa' escuchar a Ignacio, y toas las tardes, a la hora de tomar café, nos juntábamos en el Turisbar unos cuantos amigos: Aurelio, paco Añote, Capinetti, Charol, yo y otros tres o cuatro más, y esperábamos a que llegara Ignacio pa' oírlo.

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Chano Lobato es , en la actualidad, el más firme baluarte de la generación del 27 generación cantaora gad itana posterior a Aurelio Selles, Pericón y El Flecha. Tras una dilatada trayectoria artística, cantando al baile a las primeras figuras, entre algunas de ellas a Matilde Coral.

El magisterio de Chano Lobato, bien lo tiene merecido. Se ha pasado toda una vida evocando a Pericón, al Beni de Cádiz o a ese Servicio Andaluz de Salud de su gracia, de cuya lista de espera la forman Aurelio el Tuerto, Caracol el del Bulto y el Cojo Peroche.
Chano Lobato conoció el Cádiz de los flamencos de coches de caballos, o la Sevilla del cuadro flamenco del patio andaluz del Duque. Allí cursó su master de "Embustes", que empieza por su propio nombre. No es ni Chano ni Lobato: porque su nombre de pila es Juan Ramírez Sarabia.
Entre cante y cante allí, es cuando Chano cuenta los mil y un embustes de su realismo mágico. La novela, ¿Qué es, sino un largo embuste, una ficción? Porque narra dos historias de Ignacio Ezpeleta perfectas. Cuando García Lorca le preguntó a Ignacio Ezpeleta oye Ignacio tú en qué trabajaba, Ignacio le respondió con toda dignidad:"Yo soy de Cádiz". Contándolo Chano es una superproducción de arte, Chano se burla de todos.

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Y nunca había trabajao en un teatro

Lo de Las calles de Cádiz la primera que lo sacó fue la Argentinita. Y Sánchez Mejías, como conocía de hablar con Ignacio pa' que hiciera el papel de zapatero.

Y cuando llegaron a París y se levantó el telón del teatro, na' más salir él de pie, con la horma y el martillo, le dieron una ovación de miedo, y nunca había trabajao en un teatro.

Que por cierto ahí también hizo de las suyas...

me contaba a mí Rafael Ortega que una de las noches faltaban cinco minutos pa' empezar y no aparecía Ignacio por ninguna parte; era una noche de verano con un calor tremendo, y claro, como Rafael lo conocía, se fue derecho al cuarto de baño, y allí se lo encontró en cueros metío en la bañera:

-Hombre, Ignacio, que ya es la hora.

-¿La hora? Pero ¿vamos a salir ahí con la calor que hace?...

Chano Lobato - Historia del "titiritan"

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El flamenco es un arte, el flamenco es una fiesta".
Festival d'Arte Flamenco

Tirititran tran tran tran...
tirititran tran tran tran...
tirititran tran tran tran...
tirititran tran tran ...(BIS)

ALEGRIAS DE CADIZ (Alegria)

No paran de llamarme
Ay tan alegre marinera
nunca paran de llamarme
Ay por las calle de la Isla
las campanita del Carmen

Chiclana y el Trocaero
Ay Puerto Real y la isla
Chiclana y el Trocaero
donde se crían las alga
y los pescaito de estero

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Fotos: Fran Montes - fotógrafo


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