Revista Creaciones

CAP. 15 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo

Por Cqtc
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De almuecín a terrorista

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e de pedirte disculpas. Esto no es un juego y en la anterior jugué contigo. Lo siento. Très bien, despejado el sentimiento que tenía, te contaré de donde vengo. No quiero darle ni darte importancia, pero esto no lo sabe ni siquiera Adama. No le hace falta, bueno, a ti tampoco, porque nada cambia. Si yo fuera un famosete sí tendría cierta relevancia, pero siendo quien soy no, no la tiene… Verás. El asunto es un tanto engorroso para mí y, apunto he estado de contártelo un par de veces. Pero creo que ya va siendo hora de que conozcas los orígenes verdaderos de tu amigo africano. Aquellos hombres de la guerra que pisaban la tierra de mi abuela Mayifa sembraron de todo entre la población, incluso su simiente en muchas de las adolescentes que pillaron por medio. Una de ellas fue Delande, mi hasta ahora hermana según yo mismo. Sí, Delande fue violada. Y, aunque después mi familia cambió, en aquel momento, antes de nacer yo, todo según Mayifa, ella, mis padres y mis hermanas eran una familia normal. Yo trastoqué todo. Bueno, yo no, sino la violencia contra mi hermana, que en realidad era mi madre, porque yo soy el fruto de esa agresión tan deleznable como indeseable. Cuando mi madre, o sea Kady, supo que yo venía en camino, obligó a toda la familia a cambiar de aldea. Estuvieron dando tumbos cerca de siete meses, hasta que yo nací debajo de un árbol. Después se establecieron en el primer lugar habitado que pisaron, pero yo en el camino dejé de ser hijo de Delande, para convertirme en su hermano, porque mi madre era mi madre, bueno, perdona, mi madre era mi abuela Kady y mi abuela Mayifa era mi bisabuela. Aunque yo siga llamándole abuela, abuela Mayifa. Ese es uno de los motivos de mis dudas y líos. Todo esto, pero con más detalle, me lo contó una noche mi abuela Mayifa, poco antes de morir. La excusa que me puso coincidió con sus razones, para mi de peso: «Dikembe, tenías derecho a saberlo, y solo yo podía contártelo y no me quiero ir sin que lo sepas». Tenía razón, la mujer. Ella fue la que se tuvo que hacer cargo de mí porque ninguna de mis dos madres estaban en situación de atenderme. Y, acaso también tenía razones mi padre para beber. Por todo esto mi primera carta, si la recuerdas, es prácticamente una mentira. Pues no vengo de donde te he contado, pero cuando tenía seis o siete años yo tampoco sabía nada de esto, por lo que los sentimientos que te describo eran verdaderos, aunque las relaciones no. En efecto, Mbo Biyombo, el pobre y padre borracho, no era nada mío y por eso Delande cambió tanto y se suicidó. Por eso soy yo tan alto y tan fuerte, siendo el resto de mi familia de estatura normal, tirando a pigmea, como Sinafasi. Entiende que no podía contártelo así de sopetón en mi primera carta. Tenías que conocer un poco más de ellos y de mí para que lo entendieras. Bien es verdad que he tardado un tanto en aclarártelo, pero es que no suelo querer acordarme de ello. Como habrás notado a quien más nombro es a mi no abuela Mayifa, pero es que entre unas cosas y otras, fue quien estuvo a mi lado siempre. Vosotros diríais que fue la que me crió y educó. Y así fue, aunque reconozco que los demás también lucharon por mí, pero sus sentimientos me llegaban mezclados con otros que no reconocía mi corazón. En cambio, el amor de Mayifa era limpio y robusto. Bon, luego dirás que no te cuento secretos. Estarás satisfecho con lo que me has sacado. Si no es así, date con un canto en los dientes, porque no te voy a contar más lances de este calibre. En definitiva, que esto que me contara la abuela Mayifa clandestinamente, como las razones de la religión de sus ancestros, ordenó todo aquello que descuadraba mis sentimientos y recuerdos. Como, por ejemplo, el hecho de que Delande se refiriera a Mbo como mi abuelo, no como mi padre. O su celo para conmigo en algunos momentos. Su mirada triste e ida, de alguna manera me acercaba a su dejadez por vivir… La preocupación de Mayifa cuando aquellos hombres entraron en la mi aldea... Si no te lo he contado antes es porque creo que hubiera adulterado la historia. Hubiera sido un lío tratar de desentrañar se-
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mejante asunto a la vez que relatarte mis primeros pasos. Bon, ya cada cosa en su sitio volvamos a aquel oasis donde pasé mis primeras vacaciones. ¿Te parece? Y no es coincidencia que haya elegido este momento del relato para revelarte este hecho transcendental para mí, porque allí, sumergido en el agua, con solo la nariz fuera del agua, al aire, se me desanudaron todas las inquietudes. Desterré el odio que llegué a sentir por mi no padre por tratar a mi no madre como lo hacía. Podía intuir el motivo, pero ya no me dolía tanto. La relativa frialdad con la que me sentí tratado por ella se reveló más lógica. Y las preocupaciones de Delande, qué quieres que te diga, me acercaron a ella. La figura de la abuela Mayifa fue la única que quedó inalterada porque ella era inalterable. Acaso fuera esa la razón por la que se convirtió en una obsesión, buena, pero que siempre tuve en mente. Necesitaba que en mi pasado hubiera algo sólido e incorruptible, porque ni siquiera mis hermanas eran mis hermanas. Te lo cuento así porque no creo que haya una palabra que exprese esta idea, la de obsesión positiva. ¿Quizá un modelo a seguir? El caso es que sabiéndome tío de mis hermanas, había actuado como tal cuando nos quedamos solos. Salí del agua limpio y con todos los sentimientos en su sitio. Ahora me sería más fácil despreciar a Mbo, aunque seguiría con mi apellido Biyombo. ¡Qué más me daba! También comprendí más a Kady y amé más a Delande. Con la abuela Mayifa siguió todo igual. Y por primera vez compartí en voz alta mi estado de ánimo. Y lo hice con el camello: «¿Sabes, Hamal?, hoy ya es un buen día». Evidentemente no me contestó y siguió con su rumia que te rumia. Ya me dirás si no es una obsesión. Soy incapaz de dejar de escribir del tema, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Una vez abierta la caja dePandora… Quería omitirte mi opinión sobre mí mismo, pero tras releer el párrafo anterior estoy seguro de que lo hubieras echado en falta. Y, además, no me hubiera sentido a gusto conmigo mismo. Si no me hubiera dado cuenta, pase, pero al ser consciente de la omisión debía repararla. Porque, en el fondo no expreso nada vulgar ni corriente, en el sentido que a toda persona le ocurre. Noté, como te he dicho, que cada pieza encajaba en su lugar. También noté que otras se deformaban a su antojo sin que pudiera controlarlas con el mismo fin: ensamblarse. Hoy sé que estas no eran otra cosa que hormonas, sobre todo aquellas que más afectan en la adolescencia: la testosterona y el crecimiento desmedido de extremidades en los hombres. Y yo, al fin y al cabo, lo era. De alguna manera reconocí quien había sido y desconocí el que sería. Expresado más claramente, el final de una etapa y el comienzo de la siguiente. Pero, claro, eso lo veo ahora. En aquel entonces, una vez aclarado el ayer y con el presente tan incierto como el futuro no veía aquello que debía preocuparme. Solo tenía una opción: seguir. Conseguir que el presente fuera pasado, costase lo que costase. Ante esta necesidad tan involuntaria como elemental, entenderás que aquel Dikembe dejara a un lado las tonterías, las leyes y la propia moral y se atreviera a pensar que la dignidad, aun siendo consciente de que nunca la había perdido por completo como Mbo y Kady, me sirviera para sobrevivir. Bon, que me sequé a la sombra de las palmeras. El sol, ya inaguantable, había alcanzado una altura considerable y sus rayos caían verticalmente sobre el desierto. Una vez seco, y sin decidirlo, ensillé a Hamal y me di cuenta que ni siquiera había rellenado el odre. Así que me puse a ello y después a recolectar dátiles y a buscar raíces que pudiera roer cuando los primeros se acabaran. Cuando estaba en lo alto de las palmeras me entró hambre y, aparte de recolectar, comí despacio. Si comes despacio comes menos. No sabía el motivo, pero lo había aprendido. Igual que beber. El turbante que me regalara Abd al-Rahman el día que me dijo: «Todo musulmán y hombre que se precie, debe vestir turbante, si vive en el desierto como si no». Nunca se lo agradeceré bastante. Y nunca me culparé bastante por haberle engañado como le engañé. Debería haber trasquilado pero no desollado. Y, encima, para nada, para que otro viniera que me robara el botín de mis mentiras y mi trabajo. Que también me lo gané, y más que Abdel Hadi alias Nadjim Asad. Cuando dejé de ahoyar bajo los matorrales, el sol ya caía y se había hecho otro agujero, este en mi estómago. Lo tapé sobre Hamal porque, al no sentir cansancio y ver a mi compañero también más que descansado, se me ocurrió seguir viaje con el fresco de la noche. Antes me había echado sobre los hombros la manta. No era mi primera etapa nocturna, pero sí en solitario. Los viajes sin compañía suelen reforzar los lazos con uno mismo. Se discute menos y se piensa más. Si una travesía compartida se tuerce puede que una amistad se desbarate. Si no ocurre tal cosa la amistad sale reforzada. Y yo, después del baño durante el que cada quien ocupó su lugar en mi historia y en mi corazón, me sentía más Dikembe que nunca y más nieto de mi abuela Mayifa. Soy tan rígido conmigo como tolerante con los demás. Por ello me exigía en exceso. Mirar el cielo y no acordarme de todas las enseñanzas de Moussa y sus consejos, me puso de mal humor. Y como no tenía a quien traspasar mi desazón, terminé por olvidar mi enfado. Por eso y porque al ver las estrellas de la constelación del carro recordé parcialmente una de las instrucciones del tuareg y me puse de buen humor. Es cierto que por la noche se viaja mejor por el desierto. Y también cunde más. Hamal parecía moverse con más facilidad. El caso fue que pasó la noche rápidamente, más limpia allí que aquí, y me pilló de buen talante, pero como siempre, en medio de ningún sitio. También es cierto que por esa rigidez personal nunca me he sentido formar parte de los escenarios en los que actuaba. En cambio, cuando sueño despierto, sé perfectamente donde estoy y sé que formo parte de mi sueño. Pero no me extraña, mi entorno, con la salvedad que conoces, y hasta encontrarte a ti, casi siempre me fue hostil. Por ello no pido nada a quien acompaño. Aquella fue la única travesía de la que no esperaba nada. No estaba ni preocupado porque mis provisiones dieran de sí lo suficiente. Espera…. Era el café que ya está listo. Odio que se salga y me manche la cocina. Pardonnez moi, monsieur. Te decía que viajaba despreocupado. Aquel baño en la charca del oasis me había cambiado. Bon, el baño no, pero ya sabes a qué me refiero. Yo lo describiría así: “Es como si el mundo se hubiera parado. Como si me hubiera permitido bajar un instante y ver, desde el espacio infinito, la realidad de mis sentimientos”, aunque no sé si soy muy original. A veces pienso que jamais he vuelto a ver el mundo desde ahí arriba, jaja. Es una broma. Y, mira, creo que a ti no te vendría mal, bajarte un momento y echar un vistazo desde allí. Respirar en ese espacio sin oxígeno, en el que no te ahogabas. ¿Pero quién soy yo para dar consejos? Volvamos. Tan despreocupado viajaba que al distinguir una fina columna de humo, ni siquiera me alegré. Pero no creas que la obvié. Corregí el rumbo y me dirigí hacia aquella señal de vida humana, porque incendios en el desierto poquitos, como imaginarás. Cuanto más me acercaba, más me olía a chamusquina. No era normal. No veía ninguna tienda ni caravana. Todo eran manchas de animales por la forma y sus movimientos. Cuando supe adonde me acercaba ya era tarde. A mi espalda escuché un saludo militar y religioso a la vez. Y después me dieron el alto y me pidieron que me identificara. «¿Y qué busca por aquí Dikembe Biyombo». Y al oler el peligro tras la pregunta, volvió a aparecer ese crío despierto que decía mi abuela Mayifa y que siempre llevaré dentro de mí. «Ando en busca de un grupo de hombres que defiende a nuestro Alá el Grande. Soy un aprendiz de almuecín que ha tenido que huir de su mezquita». Después obedecí la orden de volverme. Vi a uno de esos rebeldes que ya creía conocer que con la boca del fusil mirando al cielo, hizo un disparo. Pronto acudieron otros dos más. Y gracias a las clases de árabe de Abd al-Rahman entendí lo que hablaban y, lo que era más importante, su decisión. Porque pensaba que el siguiente disparo no iba a ser al aire, tal y como se presentaba la discusión de qué hacer conmigo. En definitiva, que me llevaban al campamento. Me hicieron descabalgar y uno se hizo con la rienda de Hamal sin que yo le perdiera de vista. Nos encaminamos entre las dunas hasta llegar donde esperaban sus compañeros ya avisados por el ruido de la detonación. La única construcción era el brocal de un pozo. Y ahora me vienen a la cabeza las palabras de Antoine de Saint-Exupéry: “Lo bueno del desierto es que en algún lugar esconde un pozo”. Era de allí de donde salía el hilo de humo.  Cosa  que no entendí, salvo por el vigía. Supuse que  ante la persona que me arrastraron era el
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cabecilla de aquel grupo armado. Después de los saludos de rigor, a pesar de lo ilógico que resultaban entre cautivo y captor, insistió en saber quien era, qué hacía por allí y si les seguía. Contesté muy escuetamente con mi nombre, error craso, y le referí mi huida de una aldea donde no querían saber nada de la Sharia, de la que yo era defensor a ultranza. La mezquita ni la nombré, ¿para qué? Quien le informó que yo era muecín, omitiendo el “aprendiz”, fue aquel que me diera el alto. Me pareció que algo cambiaba en el gesto adusto de aquel barbudo. Y, a partir de ese momento, comenzó un examen sobre mis conocimientos del Corán. Entre medias de las aleyas que me hacía completar me hacía preguntas personales. Allons, que sabía lo que había que hacer en un interrogatorio. En lo que más ahondó fue en mi juventud. Le extrañaba que aquel imberbe negro supiera tanto y se le presentaran como almuecín. Al final aclaré lo que el bocazas había omitido, que tan solo era un aprendiz, que me estaba preparando un imán y que nunca había ejercido salvo cuando mi maestro no había podido por enfermedad. Añadí que a al-Ramhan le habían asesinado. Y no mentí en esta ocasión. «Malditos bastardos», contestó él. Su enfado, mis comentarios junto con mis aciertos en los versículos del Corán y la dedicatoria escrita en mi libro santo, que le habían entregado, terminaron por minar la desconfianza de aquel gerifalte terrorista, en cuyas manos estaba mi vida. Nunca le agradecí más a mi maestro las palabras que escribió en un papel y que introdujo en mi regalo: “Para mi negro, Dikembe. Alá le guiará hasta ser un buen almuecín y entrar en la Yanna. Abd al-Rahman”. Era imposible que aquel líder me viera como un consumado imán. Mi edad me delataba. Pero reconocer que era un simple aprendiz delante de aquella soldadesca, me hubiera desacreditado. El incierto orgullo esgrimido jugó a mi favor. Todo ello sumado a que tan solo llevaba el turbante y el Corán, algún dátil y alguna raíz fue mi salvoconducto. Me perdonaron la vida, como habrás entendido, si no, no estaría aquí. Después despertó su interés Hamal. Y me preguntó sobre él al hacer una afirmación: «El camello es tuareg por la argolla de la nariz y la silla». Por ello intenté defender mi propiedad sin desmentirme. «El camello lo robé, no sé», les confesé. Lo también que era cierto. Y les expliqué que Alá el Grande no me había dejado otro camino que arrebatárselo a los infieles, por lo que creía no me sería tenido en cuenta, sino al revés. De no ser por él, no hubiera podido salir de aquella aldea donde me llevaron, de la que ni siquiera sabía el nombre. Solo que, como todas, estaba en mitad de la nada. Nada que, aun siendo así, era nuestra. Reconocí cierto beneplácito en mi improvisada homilía. Mi discurso no solo demostraba mi fe en Alá, sino también mis aptitudes como pastor de fieles. Desperté el mismo sentimiento que despierta un hombre honrado ante otro que no comparte su calaña. Más seguro de mí mismo, y al ver la altura del sol, les advertí que, aunque no tenía minarete, debía llamar a la oración. Esa era mi obligación tal como me había enseñado mi buen maestro asesinado. Así que, sin pedir permiso, cogí a Hamal por la cuerda, y me acerqué hasta lo alto de una duna. Allí, me subí de pie a la silla, y, como pude y en equilibrio, imité las llamadas de Abd al-Rahman. Después me bajé y yo mismo fingí orar. Aunque, en realidad, lo que hacía era dar las gracias al animal por su complicidad y destreza para mantenerme erguido sobre él. Fue una de las primeras veces que aprecié las actitudes de mi amigo. Los terroristas no tuvieron más remedio que hacer oído a mis llamadas. Todos nos volvimos hacia la dirección de la Meca, se levantaron los que estaban sentados, salieron algunos de dentro de las tiendas, y hasta los que hacían guardia se postraron y agacharon como mandan los cánones musulmanes para el Salat(1). Acabé mi interpretación con su rezo y volví adonde había partido y entregué la jáquima del camello al mismo que, previamente, se la arrebatara con cierto orgullo. Y, a continuación el caudillo de aquella gente acabó por aceptarme: «Sé bienvenido, amigo. Que Alá camine contigo y con todos nosotros hasta la victoria». Palabras que yo agradecí con una especie de reverencia y rebosante de humildad y recogimiento abrazado a mi Corán. De esa manera me vi integrado en una célula terrorista, embrión de las que hoy azotan países de cualquier creencia y condición con el propósito de imponernos unas leyes cuya no aceptación solo tiene la alternativa de tu muerte y, a veces, de los que engañan con una caña, como a los tontos de Carabaña. Ya no hay lugar a la que esta plaga no haya llegado. Ha tardado en llegar hasta aquí, pero el fanatismo es casi peor, diría yo, que la peste bubónica o la fiebre española. Muchas mentiras y mucho disimulo, pero todavía dudaba: “¿Había salvado el pellejo o no?", me preguntaba. En el fondo todos nos vendemos al mejor postor. Yo lo hice por salvar la vida, al menos es lo que mi conciencia me dicta. Vosotros por un sueldo que, en definitiva, es lo mismo, porque sin él no estaríais vivos tal como entendéis la vida. Vuestro sistema se parece mucho al que te he contado que se daba en las minas de mi tierra. ¿Te acuerdas? Te decía que, al minero, el dinero que recibe no le sirve de mucho, porque quienes le pagan son los que marcan los precios en las tiendas donde pueden comprar alimentos. Y me da la impresión de que el sistema capitalista funciona más o menos igual. Yo, lo del mercado libre que se regula él solo por la oferta y la demanda no lo veo muy claro. No me veo con el potencial de crear demanda u oferta, pero hay otros que sí pueden, tienen los medios y la ocasión, como dicen. Y, como te digo, no he sentido remordimiento alguno por formar parte del mal. Y mi honor, como lo perdí de muy chico y sin saber donde, tampoco me ha dado ni me da la brasa. Antes porque no era consciente del problema y ahora porque no tiene remedio. ¿Qué le voy a hacer, no? Eh bien, c'est ça, mon ami, que ni pensé ni participé en matanza alguna, solo mentí para poder llegar hasta aquí. Y que no te suene a disculpa, porque no lo es. Volvería a hacer lo mismo una y mil veces. De lo que sí soy consciente ahora, mientras te escribo, es de la capacidad que tenía y tengo para ser feliz. En eso sí me siento muy diferente a vosotros y a ti en particular. Tú, como todos tus paisanos, mamasteis de chicos la querencia de la felicidad. Yo, en cambio he llegado a sentirla en mi vejez. Y otros tantos como yo no la llegan a sentir nunca porque jamais se la pueden llegar a plantear. Me río yo de la DECLARACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS, en mayúsculas o en minúsculas. Y pido perdón por ser un contestarlo incrédulo, pero es lo que veo. Es mi manera de pensar, y a estas alturas de mi vida, no voy a cambiar. Bon, ni yo ni nada. ¿Pesimista? Sí, ¿por qué no? Es una opción. Aun así, me siento feliz por desarrollar esa tardía facultad de ser dichoso a sabiendas de lo vivido hasta que nos conocimos.
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Siempre a cuestas con la dualidad del ser humano en cuanto a optimismo y pesimismo. Me llama la atención que Dikembe se lo plantee tan joven. Pero claro, me hago trampa, porque quien se lo propone no es el joven que nos describe, sino el anciano que escribe. Los optimistas llaman pesimismo a aquello que los pesimistas nombran como realismo. Y los pesimistas adjetivan de banal todo aquello que los optimistas tachan de positivo. Y ni el refrán que dicta aquello de la virtud está en el término medio nos sirve. Yo, que también soy ‘realista’, pienso que el realismo y la banalidad sirven según las circunstancias. No es lo mismo morirse con una sonrisa que con una queja, pero, en el fondo, lo importante en este caso es la muerte de una persona, el vacío que deja entre los vivos. Y habrá quien piense el muerto al hoyo y el vivo al bollo y quien saque toda su ropa negra y se recoja en casa. Entre estas dos posturas están las que no llaman la atención. Son aquellas que cada uno decide y no rayan con ninguno de estos extremos. Y que son normales precisamente por eso, porque las tomamos individualmente y a diario. Esas características son las que califican estas alternativas como vulgares y corrientes. Las dualidades no hay motivo para enfrentarlas. Está claro que son incompatibles, pero el ser humano participa de cada una en sus dos extremos, pero puede modularlas, eso también está claro. Seamos como queremos ser. Luchemos por ello. No se gana siempre, pero alguna vez sonará la flauta.

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Como era más de medio día y los terroristas tenían que comer, pues me invitaron. Y recuerdo la comida como opípara porque hacía mucho que no comía cordero asado. Y me sentó genial como puedes imaginar. La inquietud no se me fue del todo pero fue más llevadera y me fue más sencillo disimular. Con el estómago lleno y caliente me quedé dormido allí mismo, donde me había sentado con otros. También me ayudó la noche que había pasado a lomos de Hamal después de mis primeras vacaciones. Pagada la factura del sopor y mi arrogancia viajera, me desperté también donde me había dormido pero solo, el corro alrededor de la tetera se había esfumado. Y me costó lo mío reconstruir la realidad. En un principio no me ubicaba. No me explicaba el ir y venir de la gente que me rodeaba. Otras salían o entraban de tiendas tipo tuareg pero menos pomposas, más humildes y prácticas. Se notaba que allí no había mujeres. Y no es un comentario sexista. Pero, por lo general, la mano de una mujer se nota, igual que la de los hombres. Y no preguntes porqué. Busqué con la vista a Hamal, ya de pie y girando sobre mi mismo. Supongo que al verme muy dubitativo, uno de aquellos soldados de Alá se acercó y me tranquilizó: «Tu camello está con nuestros animales. Y no te preocupes, que está bien atendido. Que Alá sea contigo». También me comunicó que Abu Dharr quería hablar conmigo. Supuse que quien quería verme era el mismo que me había interrogado al llegar. Pero antes me acerqué donde estaban los animales y encontré a Hamal. Por cierto, le encontré más feliz que de costumbre y pensé que era por tener compañía o por alguna camella. Después de echarme un trago de mi odre, volví al centro de las tiendas en busca de quien me buscaba a mí. Atisbé por allí, desde el centro del campamento y distinguí una tienda más grande que las demás en la que ni entraba ni salía nadie. Delante de ella había dos hombres que franqueaban el paso a su interior, ambos armados y en actitud marcial y algo exagerada diría yo. Pero mi opinión en temas militares no debe ser tenida en cuenta. Todas las tiendas, de un color terroso, pero no uniforme, estaban cubiertas por unas especies de redes de pescadores más livianas y rotas en muchos casos y con parches de color beige. Los cortavientos también eran del mismo color porque estaban hechos de cañas secas. De entre todas destacaban aquellas dos vigiladas, una cercana y otra que parecían haber desterrado. Al acercarme a la primera reconocí a quien me ‘capturara’ esa misma mañana. Parecía tener el día muy ocupado. A él me dirigí y le transmití los deseos de la persona que custodiaba para conmigo. Muy formalmente me instó a esperar y desapareció dentro de la tienda. Tardó poco en salir y ordenarme entrar. Y hablo de mandato porque sus palabras distaban mucho de ser una cordial invitación. Entré y me quedé un momento parado a la espera de que mis ojos olvidaran el sol e hicieran caso a la penumbra que reinaba allí dentro. Una vez recuperado en parte el sentido de la vista, distinguí una silueta que debía pertenecer al tal Abu Dharr, tumbado en un rincón sobre una estera agarrado, eso sí, a su arma. Me conminó a ocupar el lugar de sus pies en la estera mientras se incorporaba. Uno frente a otro, sentados, me puso al corriente de lo que se esperaba de mí en aquella sociedad, a pesar de mi corta edad y mi inexperiencia militar en la guerra santa. Por aquel entonces nadie les llamaba yihadistas, como ahora. Me ocuparía del bienestar material del ganado y del espiritual de la soldadesca. En definitiva, que me dedicaría en cuerpo y alma a todos los ‘animales’. Amén de la correcta aplicación de la Sharia. Ya había sido el señor del agua y el señor de la mierda, y ahora me tocaba ser el señor de los animales. Al menos mejoraba. Te habrás imaginado que todo eso lo pensé yo porque él se refirió a la tropa como «mis hombres fieles a Alá». Supongo que al ver mi cara de satisfacción por no ser entendido como un estorbo para los planes de su dios y haber sorteado otra vez a Muerte, malinterpretó mi lenguaje corporal y añadió: «Veo que te satisface la labor que te encomiendo y eso me satisface a mí». Le seguí la corriente. Le informé que ya con anterioridad me había encargado de bestias, pero lo que no entendió de mis palabras fue la ironía con la que estaban dichas. Y sobre todo la última. «Y ahora vete. Pregunta por Khabir. Él te contará todo lo que necesitas saber para andar por aquí y para el trabajo con los animales. La otra labor, mejor que tú, no hay quien lo pueda saber». Me levanté presta y obedientemente, repetí dos veces un saludo de despedida y, antes de abandonar el puesto de mando, escuché a mi espalda una última orden: «No se te olvide insistir en la llamada a la guerra santa a mis hombres en nombre de Ala el Grande. Cuantos más infieles se lleven por delante con su vida antes entrarán en la Yanna». Me quedé de piedra en el umbral de la tienda, pero reaccioné porque le eché la culpa al coup de lumière que recibieron mis ojos al asomarme al exterior. Tan parado e impresionado quedé que uno de los guardias hubo de darme un pequeño empujón en el hombro que acompañó de otra advertencia: «Muévete. Ahí no te puedes quedar». Disimulé y me tapé mal los ojos con las manos y comencé a andar lo más deprisa que pude mirando entre mis dedos. Sentía la ardiente arena en mis pies y en mi cabeza el retumbar de las palabras del más bestia de todos. Luego de atisbar a mi rededor, me dirigí hacia los pobres animales en busca del tal Khabir, con la carga en la conciencia de ser el imán de unos asesinos. El precio por mantenerme vivo no desmerecía del provecho conseguido, desde luego. Pregunté a uno con quien me crucé cerca de la hilera de camellos, caballos y burros. Me señaló a un hombre que se agachaba tras un animal. Cuando llegué a su altura ni siquiera me dejó preguntar y me ordenó que le ayudara: «Tres manos trabajan mejor que dos. Venga muchacho». Entonces me di cuenta de que la camella estaba pariendo. A pesar de haber andado con animales, era la primera vez que se me presentaba tal situación, por lo que no sabía muy bien qué hacer. Pero Khabir enseguida me lo dejó claro. Se trataba de que la madre no aplastara al hijo una vez salido de su vientre. El resto debía hacerlo la naturaleza, según sus palabras. Este hombre incompleto lo tenía claro. Una vez hubiera salido un poco más la cría, yo debía tirar de ella con todas mis fuerzas y, tras caer sobre una piel, arrastrarla lo más lejos posible del culo de la madre. Él, mientras tanto, se ocuparía de la camella para que no se tumbara. Y así lo hicimos. Y lo hicimos bien. La madre, cuando acabó el parto se echó sobre su tripa y el camellero me grito que le soplara en la boca al recién nacido. No he visto una madre más despegada. No hizo ni caso al que yacía en el suelo. Después de despertar las mamas de la camella me ordenó que limpiara al pequeño y él se sentó en el suelo. Tras quitarle restos de placenta al pequeño, me senté junto a él. «Soy Dikembe. Y me han encargado que cuide de los animales». «Pues ya tienes trabajo», me contestó. Nos quedamos mirando los inútiles esfuerzos de la cría por ponerse a cuatro patas. Cuando lo consiguió y no sin esfuerzos, el yihadista me dio un codazo y se levantó. «Vamos, ahora este tiene que mamar, pero antes lo haremos nosotros que nos lo hemos ganado. Y siendo dos, lo podemos hacer. Hazte con un cuenco». Yo me quedé sin saber qué hacer otra vez. “¿Y dónde encuentro yo un cuenco?”, pensé. Como respuesta a mi pregunta recibí un empellón y me recomendó robarlo si era preciso. Corrí hacia las tiendas y entré en la primera que pude. Estaba ocupada por cuatro de aquellos soldados, cada uno con su arma. Me miraron con recelo y se me ocurrió preguntar: «¿Alguien quiere leche de camella recién parida?». Más de uno contestó que sí. «Pues, venga esos cuencos, que hay para todos». Volví con tres junto al manco. «Chico, tú y yo nos vamos a entender si antes no te matan». No supe si reír o echar a correr. Debería pensar en poner la despedida y la firma. Esta carta me ha traído recuerdos de mucho peso, aunque podría seguir, como seguiré, con el hilo de mi historia sin cansarme en este caso. Solo acabaré el asunto de los cuencos.  Más que nada porque me espera el libro de turno, del que, por cierto, me quedan dos capítulos. Así que Khabir y yo nos pusimos a ordeñar a la camella, primero los calostros que él guardó para la cría. Ya sabes que se necesitan dos personas para hacerlo. Engañamos a la madre al acercar a sus mamas al pequeño y yo me puse a llenar dos cuencos. Nos los bebimos de un tirón. Ambos nos limpiamos los morros con el dorso de la mano y el brazo. Expresamos nuestra satisfacción con sendos bufidos de placer. Y pensé en mi abuela Mayifa: “Esos ojos despiertos”. Después llené el tercero y el pastor me miró con extrañeza y a punto estuvo de llamarme avaricioso. Me adelanté y le expliqué: «Es mi seguro de vida». No se si me entendió, pero volvió a agarrar con su único brazo al recién nacido y le acercó a la teta de su madre sin decir nada. El guelfo(2) se enganchó como cualquier mamífero al pezón, si bien todavía le temblaban mucho las patas. Mientras metí un cuenco en otro y con sumo cuidado me fui hacia sus propietarios. No quería verter ni una gota de aquel preciado líquido. En el trayecto me limpié bien la boca, no quería que supieran que yo había bebido. Entré, repartí los dos primeros cuencos a sus dueños y luego, tranquilamente, distribuí la leche tan justamente como pude en tres raciones. No esperaron a nadie. Cada uno bebió cuando tuvo la ración en su cuenco. «No da para más, la cría tiene que mamar y los cuencos son muy grandes». Los tres prestamistas acabaron con bigotes blancos y agradecidos a un extraño. Ninguno tenía cara de entender el motivo de tan altruista donación y del servicio tan esmerado. Pero sí me preguntaron, en tono amigable, quien narices era yo. Les conté lo mismo que a su jefe, pero un poco más resumido. Salí de la tienda con tres amigos más en el haber. Tres camaradas que, en otras circunstancias, hubieran sido mis verdugos. En la siguiente te contaré las consecuencias que deduje de aquello. El libro está impaciente por que lo acabe. Saludos,     
CAP. 15 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo

CAP. 15 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo
(1) [↑][Volver] Salat. Verbo árabe que equivale a orar o bendecir. Se refiere también a las oraciones de los musulmanes y, en particular y comúnmente, a cada una de las cinco veces que rezan al día.
(2) [↑][Volver] Según el Diccionario de la Academia de la Lengua Canaria, guelfoes la cría del camello mientras mama. En honor a las lectoras de aquella tierra.
Imagen 1: Bajada de viajar.tarrazona.net y allí  publicada por Daniel García i TarrazonaImagen 2:  Bajada de lachachipedia.blogpost.com.es

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