Revista Viajes

Capeando el temporal… Aventura en el Atlántico

Por Inshalatravel @inshalablog

TeleBego vuelve a sorprendernos con uno de sus relatos viajeros, y esta vez parece una historia sacada de una novelas de aventuras. Pero… ¿qué pensáis? ¿Pudo ocurrirle de verdad? ¿Puede alguien imaginarse con tanto detalle todo lo que puede ir mal en medio del océano si no es porque lo ha vivido? ¿Y cómo logró salir de esta aventura en el Atlántico? Quizá sea este el más personal de los relatos de TeleBego, así que os recomiendo que no os perdáis ni una coma…

Cuando el despertador comenzó a sonar en su tono más alto, no tardé en arrepentirme de haber elegido semejante nivel de sonido ni una décima de segundo. Me di cuenta a la vez de que eso significaba que me encontraba suficientemente descansada y que doce horas antes, al programarlo a volumen máximo, la confianza en mi misma rozaba los mínimos permitidos en aquella odisea. Habría dispuesto que un mazo me golpeara para despertarme si lo hubiera tenido. Aunque quizás un mazo figurado era lo que había machacado todos mis huesos. Cada movimiento suponía un dolor para todas mis articulaciones. Especialmente las rodillas, los codos, las lumbares y el cuello. Y luego el resto, porque realmente me dolía cada uno de mis huesos, muy, muy adentro.

'La gran ola de Kanagawa' (Katsushika Hokusai) - Inshala Travel

‘La gran ola de Kanagawa’ (Katsushika Hokusai) – Inshala Travel

Después de cuarenta días navegando en solitario y quince días continuados de calma en medio del Atlántico Sur, aquella borrasca inesperada había mermado mis fuerzas durante tres días hasta dejarme exhausta. No habían sido sólo las malas condiciones de navegación, sino el choque frontal conmigo misma que había supuesto darme cuenta de mis dos errores más graves… hasta el momento. Los catorce metros de eslora de embarcación que había escogido sin duda habían colaborado a dar mayor estabilidad con los vientos de fuerza ocho y nueve, y rachas de diez, y aquel mar de fondo que había llegado a superar los seis metros de altura, más la puñetera ola cruzada y picada que arreciaba en las crestas. Pero, a pesar de haber planificado la embarcación para poder tener accesible casi toda su maniobra desde la bañera, a salvo de arriesgarme con viajes a pie de mástil cuando las olas y el viento barren la cubierta con tanta fuerza, las distancias dentro de la bañera habían resultado varias veces casi inalcanzables y la maniobra en aquellas condiciones, después de varias horas, había resultado complicada y agotadora. ¿Y si hubiera durado más tiempo aquella tormenta? Podría haberse prolongado varios días y no sólo tres, ¿porqué no? ¿Habría aguantado la jarcia los envites del mar cuando había capeado el temporal, incapaz de maniobrar? Tenía que reconocerlo, me había agotado hasta la médula de mis huesos.

Sola, en plena #tormenta, en medio del #Atlántico Sur… @Telebego te cuenta su #aventura

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Pero la dificultad de movimiento constante que requería la maniobra en la bañera, que ahora ya podía reconocer inmensa para mi persona, no era ya mi mayor temor. Tampoco la idea de volver a acudir agotada a proa para izar el tormentín, y al mástil para envergar la vela de capa. Ni el temor de que el eje del timón torcido acabara por romperse, o se atascara de nuevo el cabo del enrollador, o se partiera otro winche o, mucho peor, el arraigo de la contra que estaba muy dañado, o las crucetas dobladas… ¡Dios mío! La lista de averías era importante, para por lo menos una semana de reparaciones, algunas sin solución antes de llegar a puerto… Eso, si no volvía a cometer el primero y mayor de mis errores: no había reconocido suficientemente ni la dirección ni la fuerza de ese temporal. ¡No podía entenderlo! La borrasca había progresado de una forma tan rápida que todos mis cálculos no valieron para nada cuando se me vino encima. Su dirección y su forma de trasladarse habían sido completamente erráticas. Ni siquiera era de recibo que se formase una borrasca en aquella latitud y en pleno verano austral. Atentaba contra todas las leyes meteorológicas conocidas. El océano es inmenso y la meteorología un misterio que yo había creído comprender. Cuando consiguiese arreglar la antena, era imprescindible conectar vía satélite y averiguar qué era lo que las estaciones meteorológicas sabían sobre semejante tormenta y su formación y traslado. Debía además reunir todos los datos que había podido llegar a recoger y examinar todo lo que había pasado y que todavía no alcanzaba a comprender. Pero ahora ya lo tenía claro,… muy claro: si volvía a suceder, volvería a afrontarlo sola, en un barco demasiado grande para maniobrar una única persona.

Capeando Atlantico - Oceano2 - Inshala Travel

Con la electricidad dañada y casi sin instrumentación, lo más importante era sacar el sextante y tomar la posición. Había dejado de preocuparme por ella al segundo día de tormenta. Sólo importaba si estaba en el valle o en la cresta de la ola, si el mástil y el timón seguían en su sitio y la quilla en lo posible dentro del agua. Había sido muy variable el viento durante la tormenta. Y había pasado doce horas dormida y dos ensimismada, complacida de simplemente flotar, con el piloto de viento a poco más del través y confiada mi suerte de no ser arrollada a los reflectores de radar… Podía estar en cualquier parte… del Atlántico… eso seguro. En el Sur, era de suponer.

El radar no captaba barcos. No había captado tampoco ninguno durante la tormenta. Quizás no debía fiarme. Pero lo cierto es que el radar parecía funcionar. Debía intentar de nuevo comunicar con algún barco, pero la radio de larga distancia sí que había dejado de funcionar ¡Dios! Cómo deseaba poder hablar con alguien… y cómo deseaba el abrigo de un puerto… lo necesitaba para las reparaciones y para meditar, sin miedo a dormirme y despertarme ante una borrasca sorpresa.

Llevaba menos de dos horas enfrascada en reconstruir el curso de la borrasca y de mi navegación, cuando saltó una señal en el radar. Era muy clara, a unas diez millas. Tenía pinta de ser un barco grande. Intenté establecer comunicación por radio, pero nadie contestaba. ¿Y si mi emisión no se oía? Hice una llamada de seguridad en morse, por si la emisión, aunque no fuese clara, podía por lo menos ser captada. Nada. Sin respuesta. Quizás tenía yo dañada la recepción. Claro, sería yo la que no les oía. Me desesperaba. Al cabo de unos minutos pude darme cuenta de que la única que se desplazaba era yo.

Capeando el temporal... Aventura en el Atlántico - Inshala Travel
Por lo tanto, aquel barco debía tener máquinas averiadas y quizás la radio y la navegación también. Mis reflectores no era seguro que los estuviesen captando. Pero podía acercarme con cautela, ya que ellos no se movían. En unas pocas millas, en menos de una hora en rumbo directo, podría intentar comunicarme con señales luminosas. Lucía un buen sol y aún no era mediodía. Fueran cuales fueran su situación y condiciones, era esperanzador no encontrarse sola. Puse rumbo sur suroeste directo a ellos a las once y cincuenta y tres minutos, en un descuartelar con fuerza tres, con toda la mayor y también toda la vela de proa.

Pocos minutos antes de la una pude divisar a unas cuatro millas una mancha en el horizonte. Bajé corriendo a por los prismáticos, y ni siquiera me molesté en anotar nada en el cuaderno de bitácora. Era imposible distinguir el tipo de embarcación. Grande, era bastante grande. No había piratas por aquellas aguas, ni en cualquier caso los piratas gastaban embarcaciones de semejante tamaño. No había motivos para temer por mi seguridad, seguían inmóviles. Saqué el espejo de señales e intenté contactar varias veces. Seguían sin responder. Resultaba frustrante y no podía evitar inquietarme. No se da la callada por respuesta en medio del océano a una señal de emergencia.

Capeando el temporal... Aventura en el Atlántico - Inshala Travel

A dos millas de distancia, aquel océano se convirtió en una incógnita que ya no podía descifrar con la seguridad con la que partí al iniciar aquel viaje. En la era del satélite no quedaba nada por descubrir, pero lo que creí un barco, era en realidad una isla. Una isla que no aparecía en las cartas.

                                                                                                TeleBego

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