Revista Tendencias

Capítulo 10: Hong Kong, la capital asiática del mundo

Publicado el 04 septiembre 2016 por Packandclick

Cinco días de relax y desconexión han sido suficientes para recargar mis pilas y volver al ritmo que he estado llevando durante el último mes. Y es que, aunque parezca mentira, hace ya más de treinta días desde que salí del aeropuerto de Loiu/Bilbao. ¿Quién me lo iba a decir?

A veces siento que el tiempo está transcurriendo demasiado deprisa y otras veces, sin embargo, parece como si las agujas del reloj se detuviesen durante días. Es curiosa la noción del tiempo, ¿verdad?

Supongo que el haber vivido los últimos días a otro ritmo ha hecho que todo se ralentice un poco... pero esto sólo ha sido así durante el tiempo que he estado en Nepal.

Ahora en Hong Kong, la ciudad mundial de Asia (eslogan oficial), vuelvo a sentir que el ritmo frenético entra nuevamente por mis venas.

He dejado atrás los rickshaws y tuk tuks, el silencio de los templos y las tardes de tés con masala, por una de las mayores metrópolis del mundo. Y me gusta.

El cuerpo volvía a pedirme cambiar de marcha y Hong Kong me proporciona esa adrenalina que necesito.

Lo cierto es que aterricé en Hong Kong sin haber hecho ningún tipo de planes. Parece que esto se está volviendo en un hábito en este viaje y para lo planificadora que suelo ser, me está gustando no saber dónde voy a ir en determinado día ni qué voy a ver.

Decía que aterricé en Hong Kong a las 7:00AM. Estaba en el aeropuerto sin saber muy bien qué hacer hasta que supe en el Big Buddha, Tin Tian Buddha, se encontraba relativamente cerca del aeropuerto. Así que, siguiendo con la costumbre, inicié una nueva aventura, en un nuevo país, visitando un lugar sagrado.

Pero no quería centrar mi actividad en el aspecto espiritual o religioso. Hong Kong es una Nueva York asiática, que ofrece un sinfín de actividades y atracciones al turista, y aunque sólo disponía de 48 horas, quería sacarle el máximo partido, todo el jugo, a mi tiempo en esta región administrativa especial de China.

Y eso hice. Descargué varias aplicaciones prácticas, pregunté cuáles eran los lugares de interés y me colgué la mochila a los hombros.

A caminar. Y vaya si caminé. Más de 30,000 pasos y 21 kms en un solo día.

Llegué a Hong Kong un poco temerosa. A finales de año visité Tokyo con unos amigos.

Era la primera vez que pisaba tierra asiática (descartando Turquía) y en mi vida me había sentido tan perdida visitando una ciudad. Después de una semana recorriendo sus calles, Tokyo aún se me hacía difícil. Nunca llegaba a situarme.

Pensé que se debía a los nombres, que estaban todos escritos en caligrafía japonesa (shodo).

Cuando viajo, acostumbro a hacer fotografías mentales de los sitios que voy recorriendo y así me resulta más fácil regresar sobre mis propios pasos en caso de perderme.

En Tokyo no conseguí almacenar esa información en mi mente y quizá por eso nunca supe ubicarme en la ciudad.

Temía que lo mismo sucediese en Hong Kong y malgastase mis preciadas 48 horas en la ciudad asiática perdiéndome cada cinco minutos.

Pero no fue así. La diferencia entre Hong Kong y Tokyo es que la primera fue colonia británica hasta hace veinte años y aún hoy se siente la influencia del Reino Unido. Muchas de las calles tienen nombre inglés y absolutamente todo está traducido.

Además, al tratarse de una ciudad cosmopolita, es fácil encontrar muchas franquicias conocidas como McDonald's, Starbucks, Subway, Pizza Hut, etc.

Creo que gracias a estos dos motivos, y a que el sistema de transporte público sea excelente, nunca anduve desorientada en Hong Kong.

Disfruté mucho de Hong Kong y de su multculturalidad. Es una ciudad mundial, pero que también mantiene sus costumbres ancestrales y así, uno puede subir sus empinadas calles en un sistema de escaleras mecánicas conocido como midway y unos metros más allá disfrutar del silencio de su templo más antiguo.

La principal atracción de Hong Kong es la vista que se obtiene de su peculiar skyline desde el puerto de Victoria (¿ves la influencia británica?). Quise despedirme de la ciudad asiática presenciando su espectáculo de luces y sonido.

Tenía entendido que, al tratarse de un espectáculo tan llamativo, el puerto suele empezar a llenarse temprano. Así que apresuré mis últimos pasos por Hong Kong para llegar al embarcadero sobre las seis y media de la tarde. El espectáculo no empezaba hasta las ocho, pero quería sacar una buena foto del lugar.

Y como dije en su día, en este viaje dispongo del tiempo para sacar las fotos que siempre he querido congelar con mi cámara.

No me moví ni un centímetro de mi lugar durante todo este tiempo. Pensé que terminaría aburridísima pero, afortunadamente, a los quince minutos de marcar territorio, se acercó una mujer y se sentó a mi lado.

Tendría unos 45 años. Iba elegantemente vestida, con un precioso salwar kameez blanco y azul (conjunto de túnica y pantalón holgado que llevan las mujeres en la India). Empezamos a conversar y resultó ser de Hyberabad aunque residente en Dubai.

Tener a Manisha a mi lado hizo que la hora y media transcurriese volando. Me pareció una señora tan simpática y de conversación tan sumamente fácil, que inmediatamente sentí que la conocía de toda la vida.

Al igual que yo, Manisha estaba en Hong Kong de paso. Había estado en Singapur visitando a su hermano y ahora regresaba a la India, a Hyberabad, para dejar a su madre y después volver a Dubai, donde la esperaba su marido.

Manisha y yo hablamos largo y tendido de muchas cosas. Le compartí la idea que tenía con mi viaje y le mostré fotos de los destinos que ya había visitado hasta la fecha.

Me alegró ver su rostro de sorpresa con las imágenes que capturé de la India. Creo que vio un país que reconoció, pero también es el que los indios quieren transmitir al exterior.Amablemente, me dijo que si necesitaba más información sobre el Hinduismo contactase con ella. Y probablemente lo haga, porque el Hinduismo, por mucho que haya leído sobre él, sigue siendo una religión compleja para mí.

A las ocho en punto comenzó el espectáculo de luces y sonido en el embarcadero. Con una sincronización perfecta, que sólo en una ciudad como Hong Kong se puede realizar con éxito, las luces de los distintos rascacielos se iban encendiendo y apagando al ritmo de la música que sonaba en ese momento.

Fueron quince minutos fascinantes, que tanto Manisha y yo disfrutamos como si fuéramos niñas.

A las 8:15 en punto concluyó el show y el skyline volvió a iluminar toda la ciudad.

Así me despedí de Hong Kong. Fue una visita breve, pero muy productiva y que disfruté muchísimo.

Después de un mes recorriendo países por mi cuenta, ahora voy a tener compañía durante unos días. Mi hermano y su novia se unen a mi paso por... Tailandia!


Volver a la Portada de Logo Paperblog