Revista Salud y Bienestar

Carta de amor a tu cuerpo – Al final de la guerra

Por Facildedigerir @facildedigerir

Texto original escrito por Ana.  Sígueme en Twitter.

 

 

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Hoy les presento la segunda carta ganadora del concurso  carta de amor a tu cuerpo titulada “Al final de la guerra” escrita por Mónica.

Desde que empecé a leer esta carta me conmovió porque toca un punto crucial de la relación con nuestro cuerpo. Muchas personas no logran cambios en su salud y en su peso porque asumen que  están en GUERRA y que por lo tanto tienen que ir EN CONTRA de su cuerpo.

De hecho, es muy común escuchar la frase “llevo años BATALLANDO CON… (mi peso, X enfermedad, X defecto).”

Es hasta que las personas nos damos que lo que teneos  que hacer es dejar de ir en contra y empezar a estar  A FAVOR de nuestro cuerpo, cuando todos los cambios se dan de forma natural.

 

“Por Mónica.

 

Al final de la guerra.

 

No había conocido la paz, desde los nueve años viví en guerra, la guerra, mi guerra. Una guerra atroz que por décadas me carcomió el alma y me ennegreció el corazón, a tal punto, que me volví inhumana, no podía ni verte porque los deseos de destruirte me superaban, deseaba matarte, incluso de la manera más cruel, de hambre, de pura y física hambre. Pero los que dicen que matar no es fácil tienen razón, la vida siempre encontrará la forma y tú, lo hiciste aguantando estoicamente en la trinchera mis embestidas, mis delirios al examinarte cada noche y verte aún con vida, conservándote para sobrevivir con lo poco que te dejaba y el resultado de esos exámenes era un odio aún más atroz, un desprecio aún más corrosivo y unas arremetidas más feroces para lograr mi cometido. Y esa vez, casi lo consigo, desaparecerte en mi guerra.

 

Fueron muchos los años de batallas, de meses y meses atrincherados, de lágrimas, de dolores, porque la guerra solo trae eso, llanto y sufrimiento. Pero como somos animales de costumbre, a la guerra también nos acostumbramos y así fue que aprendimos a soportar las jornadas de lucha. Las noches de puñaladas en el estómago que no dejan dormir. Los días aparentando calma pero, por dentro, devastadas por las bombas cayendo de parte y parte. Y en uno de esos días, largos, fue que apareció el problema real de nuestro enfrentamiento: el no vernos.

 

En la guerra, como en todo, el odio te ciega, te nubla la vista y empiezas a evitar mirar a los ojos a tu enemigo, a no querer oírlo, porque muchas veces, ese enemigo no es más que un espejo de nosotros mismos y la terquedad cuando toma las riendas es tirana, desde chica dejé de oírte, bien lo sabes, y eso fue, sin duda, el causante de nuestros males. Pero “no hay mal que dure cien años…”.

 

Un año, fue hace exactamente un año y por eso es que te escribo, que tuve el coraje para mirarte a los ojos, de verdad, y preguntar “por qué”. En un diálogo mudo nos lo dijimos y tras el perdón cayeron los besos sobre las heridas, las caricias sobre los campos de batalla derruidos y tras el roce redentor la paz se hizo. Por eso, hoy, después de veinte años de guerra fría puedo decir sin temor a equivocarme cómo se hace la paz: con el perdón que, al igual que el amor, no es otra cosa que aceptación. Al final de la guerra, solo sobrevivirá el amor.”

 


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