Revista Ciencia

Células madre de nuestro cuerpo: Su lado oscuro

Publicado el 18 noviembre 2020 por Rafael García Del Valle @erraticario

Si no dispusieramos de células madre en nuestros cuerpos, moriríamos poco después del nacimiento.

Nuestra piel se desgastaria tras los pequeños roces y un arañazo se convertiría en una herida incurable. Nuestro revestimiento intestinal sufriría la acción de los potentes agentes químicos digestivos y no podría renovarse, etc.

Las células madre son absolutamente vitales. En cada tejido residen pequeñas reservas de células indiferenciadas, capaces de generar los distintos tipos celulares presentes en él y reparar de este modo los constantes daños que sufrimos. Por ejemplo, en la médula ósea, hay células que son capaces de generar todos los tipos de células de la sangre: las distintas clases de leucocitos, los glóbulos rojos, plaquetas y linfocitos B y T, a través de linajes intermedios de células cada vez con menor capacidad de multiplicación y de diferenciación.

La célula madre de la sangre tiene capacidad de autorrenovación: cada vez que se divide, genera una copia idéntica de sí misma y también produce una célula progenitora, que ya no se autorrenueva, que puede generar dos tipos celulares, uno que dará lugar a los linfocitos y otro que producirá el resto de células sanguíneas.

Su escaso grado de diferenciación, su vida muy dilatada y su capacidad de multiplicarse indefinidamente hacen a las células madre los reparadores idóneos de nuestros cuerpos. Pero estas cualidades maravillosas tienen también su lado oscuro: las facultan para convertirse en origen de tumores. Ahora parecen las principales culpables de la más temida de las enfermedades humanas.

Se sabe que el cáncer se produce cuando las células acumulan una gran cantidad de mutaciones génicas y aberraciones cromosómicas, que acaban anulando todos los controles de la proliferación celular. Para llegar a ese estado, normalmente se necesita mucho tiempo (varios decenios), y por tanto las células más propensas a convertirse en cancerosas son las que poseen una vida muy larga, como las células madre. Seguramente para minimizar el riesgo de desarrollar tumores, no todas las células de un tejido tienen capacidad de proliferar y ésta está reservada a un pequeño número de células madre.

Se ha descubierto que las células madre pueden perder por mutación el control de la renovación y originar un gran número de células madre predispuestas a convertirse en malignas por nuevas mutaciones. También puede darse el caso de que las células madre se hagan cancerosas, pero sean las células progenitoras las que desarrollan el tumor, tras recuperar por algún accidente la capacidad de autorrenovación. Estos mecanismos actúan en diversos tipos de cáncer (por ejemplo, en la leucemia mielógena crónica intervienen los dos).

Aún más importante que estos descubrimientos es el de que, en numerosos tipos de cáncer, sólo un reducido número de células madre son las que impulsan el desarrollo del tumor. No todas las células de un tumor poseen la misma capacidad para proliferar (pueden establecerse jerarquías entre ellas) y hay muchas que no se dividen. Este hecho puede tener implicaciones muy profundas en la terapéutica del cáncer.

Cada vez se tiene más claro que los tratamientos deben dirigirse exclusivamente contra las células del tumor con capacidad proliferativa (células madre y las de su progenie con capacidad de división). Con ello se aumentaría la eficacia, al concentrar las fuerzas en los verdaderos motores del tumor, y se podrían reducir las dosis de medicamentos y radioterapia, suavizando los efectos secundarios. El problema que se plantea ahora a los oncólogos es el de identificar a estas células dentro del tumor y encontrar agentes que actúen específicamente frente a ellas.

Este enfoque tiene ya aplicación por ejemplo en el cáncer de testículos. Tras tratar al paciente con quimioterapia, se examina el tumor: si sólo contiene células de aspecto maduro, no suele haber recaídas (estas células no tienen ya capacidad de proliferación). En cambio, si abundan las células con aspecto inmaduro (no totalmente diferenciadas) es probable que el tumor se reproduzca y hay que aplicar de nuevo la quimioterapia.

Pero el problema general es mucho más complicado. Muchas células madre no pueden reconocerse sólo por su aspecto. Hay que descubrir las mutaciones y factores ambientales que convierten en cancerosas a cada tipo concreto de células madre. Las moléculas implicadas en estos procesos podrían convertirse en dianas para una nueva generación de fármacos.

Ya hay un ejemplo esperanzador (aunque queda mucho camino por recorrer): se han identificado las características moleculares de las células madre cancerosas de la leucemia mieloide aguda y se ha comprobado que son objetivo preferente de determinados fármacos. Un compuesto obtenido de la matricaria, una planta, induce a las células madre de esta leucemia a suicidarse, sin afectar a las células madre normales.

Otros investigadores están tratando de “adiestrar” al sistema inmunitario para que reconozca y ataque específicamente a las células madre cancerosas. Otros intentan alterar las señales moleculares del nicho donde se encuentran las células madre tumorales (dependiendo del lugar donde estén, las células madre cancerosas pueden ser o no inhibidas en su proliferación por moléculas que producen sus células vecinas). Otra estrategia imaginativa es la de obligar por medio de fármacos a las células madre cancerosas a diferenciarse, para que pierdan su capacidad de autorrenovación.

En los últimos tiempos, la buena noticia con respecto al cáncer es que cada vez se afina más, tanto a nivel celular como genético, en sus verdaderas causas. Se están personalizando mucho las terapias y se están dirigiendo hacia moléculas esenciales (recientemente se ha conseguido activar el gen P53 silenciado en células cancerosas, con lo que son inducidas al suicidio o al cese en su división).

La mala noticia es que se está comprobando que hay muchos culpables, por lo menos a nivel genético (se están descubriendo muchas nuevas familias de genes implicados en el cáncer). Pero todo este conocimiento indudablemente se traducirá en tratamientos eficaces a medio o largo plazo.

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