Revista Cultura y Ocio

Charlas con músicos: Florencia Ruiz (pt. 2)

Publicado el 12 abril 2013 por Tucho
Charlas con músicos: Florencia Ruiz (pt. 2)
Segunda parte de la grandiosa charla que tuvimos con Florencia Ruiz. Aquí nos cuenta de sus viajes por Japón, su maternidad, las canciones propias y ajenas, la labor fundamental de un maestro y el gran objetivo de este 2013: tocar y tocar su último disco, Luz de la noche.
Tan buena como la primera parte (o mejor).
Texto: Tucho
Fotos: Victoria Schwindt
JAPÓN, UN HOGAR ARTÍSTICO
¿Cómo te reciben en Japón? Hace muchos años que vas.
Hace cinco años que empecé a viajar. Tengo mis amigos y también tengo mi grupo allá, un grupo estable que armó y dirige Tomohiro Yahiro. El año que viene vamos a volver para allá.
¿Te acostumbraste a esas giras y a ese mundo, esa vida tan distinta?
Ahora que leí el plan de gira del año que viene… ¡estoy cansada desde hoy! (risas). Pienso dormir y acumular horas de sueño porque son seis shows por semana, creo que descansamos los lunes nomás. Y en realidad, no te olvides que ese día que no tocamos, viajamos, es viaje seguro.
Me encanta Japón, y además ahora voy a ir con mi hijo; no quise ir este año porque él es muy bebé y no le encontraba mucho sentido. Sobre todo para que a él le quede en la memoria que fue a Japón, que esté ahí, aprenda y pueda generar recuerdos de eso. Va a ser cuidado por las señoras de allá, que son lo más...
Conozco mucha gente y además soy re amiguera, entonces donde voy, ciudad que no puede ser, tengo un amigo. Una amiga que trabaja en la embajada argentina me dice “yo no puedo creer que vos tengas una amiga en Obihiro”. Es como si ella viniera acá y tuviera amigos en un pueblo a 50 kilómetros de Resistencia, que vos decís “¿quién va a tener un amigo allá?”. Y bueno, así es.
¿Y cómo te comunicás? ¿Aprendiste algo de japonés?
No, no sé nada de japonés y no aprendí nada allá. Es inaccesible y a ellos les encanta que sea inaccesible, aunque algo te enseñan. Pero en los dos viajes largos que hice y hablándolo con Hugo [Fattoruso], entendí que es imposible. Él va hace muchos años a Japón, estudia e intenta aprender, intenta e intenta... ¡Y no sabe nada! (risas). A mí me gusta el idioma pero tenés que dedicarle mucho tiempo y yo no tengo tiempo ni para tocar la guitarra, imaginate para aprender japonés.
Charlas con músicos: Florencia Ruiz (pt. 2)
MADRE, MAESTRA, COMPOSITORA, ESCUCHA
¿Por qué no tenés tiempo para tocar la guitarra? ¿Por el niño?
Sí, ¡porque tengo un niño! Estoy tocando prácticamente con la guitarra eléctrica desenchufada para poder escucharlo. Si llora, si se despierta…
¿Y cómo estás laburando, entonces, la composición del nuevo disco? ¿Tenés canciones del baúl?
No, no, no (insiste). Son todas canciones de ahora. No creo mucho en la canción del baúl porque me produce mucha alegría el momento de componer algo nuevo, necesito físicamente esa adrenalina de no saber qué notas y que palabras van a venir.
Esa necesidad, por lo que estuve leyendo, la tuviste desde chica.
Sí, me pasa desde siempre. Mirá: mi abuelo tocaba el bandoneón arriba, en un cuarto que tenía para tocar donde había pilas de partituras; y él solo ahí adentro, como preso. El tipo se pasaba todo el día, yo subía y le decía “abuelo tocá esto, abuelo tocá aquello”, buscando la melodía. Y no era nada de eso. Después me regalaron un disco de Charly [García, claro], y es medio por acá pero no, tampoco. Y no era. Las primeras canciones que hice eran una freakeada que no puede ser, tengo grabaciones de eso en un casetito. Grabaciones de rec-play a los diez u once años, muy graciosas, ¡con letra y todo!
Empecé tocando el bandoneón, pero después por diferencias ideológicas con mi abuelo tuve que dejar. Él había aprendido en los años ’30... Digamos: por eso yo también soy maestra de esto.
¿Seguís dando clases?
Sigo dando clases de música en jardín, y además doy cursos de armonía, uno acá en casa y el otro en Estudio Urbano (soy de la primera camada). Lo sigo haciendo porque me da bronca haber conocido muchos chicos, amigos y compañeros de música, que han dejado de tocar porque tuvieron maestros malos, esos que no aman su profesión y te frustran. Y yo soy bastante de creer que pasa mucho por nosotros -los maestros- el tema. Mirá: yo le doy clases formalmente a dos hijas de amigos. Una es la hija de Ariel [Minimal] y la otra es la hija de Rosario Bléfari, a quien más le di clases en mi vida. Cuando ella vino acá tenía ocho años, ahora tiene casi doce. Y hacía unos temas... no buenos, buenísimos. Ella toca la guitarra y canta... ¡y me dio una responsabilidad! Yo pensaba, “¿cómo hago para incentivarla y no meterle mi influencia?”.
Enseñarle sin que pierda la naturalidad que ella tenía.
Que ella siga su camino, su rumbo, y que yo como maestra enriquezca ese camino, que le diga “fijate tal cosa”. Había días en los que me quedaba pensando si estaba haciendo las cosas bien o no; por suerte como Rosario es mi amiga lo charlaba con ella. Creo que recién el año pasado encontramos bien en qué la podía ayudar yo perfectamente.
Igual es buenísimo cómo uno ve en el otro, en el chico, en qué puede ayudar.
¿Te interesa particularmente trabajar con chicos?
No, me interesa bastante también ayudar a otros que hacen canciones porque les ahorrás mucho tiempo. Yo no tuve eso, fui a la educación formal, que no contempla nada de eso y va para adelante, pum-pum-pum. Y en el Conservatorio siempre fui como el bicho raro, empecé a los dieciséis años y cuando me preguntaban yo decía que quería hacer canciones, pero necesitaba tocar bien el instrumento y aprender. Los maestros me miraban como diciendo “para qué venís acá”.
Yo tenía que laburar, no me podía dar el lujo de no trabajar y empecé a laburar cuando terminé el secundario.
Digamos que entraste en el Conservatorio pensando en ser profesora, con esa idea de asegurarte el trabajo.
Sí, totalmente, porque no iba a poder hacer nada, ni comprarme una guitarra ni nada. Y esto me abrió un mundo alucinante. Yo empecé dando clases en el campo, donde termina La Matanza, en Virrey del Pino. Y siempre pensé en la composición, a mí siempre me costó mucho tocar canciones de otros, nunca sentí la necesidad ni me interesó.
¿Es cierto que escuchás muy poca música?
Sí, ¡es un defecto grande no tener curiosidad! Me llegan discos y me alucino. Ahora me mandó su disco Edgardo Cardozo, 6 de copas. ¡Y está buenísimo, no puede más, es precioso! Pero quizá hasta junio sólo escucho eso porque no tengo tanta capacidad de asimilar. Hay gente que sí, que puede disociar... y no es que tenga temor a que me influencien, al contrario: me encantaría influenciarme con algo. Pero mi relación con la música es de necesidad, de estar en otra dimensión.
Recuerdo cuando nació Julián. Es muy agotador ser mamá los primeros días, y yo en vez de dormir agarraba la guitarra. Compuse mucho por esto que te digo: el bebé necesita atención de la mamá, comer y todo eso. Y él siempre durmió joya, perfecto, pero yo en vez de dormir siempre estaba con el tema de que este era mi descanso: entrar en otra dimensión.
Vos te nutrís sola.
Muchas veces los músicos se nutren de lo que escuchan. Para mí, en cierto sentido, la música no tiene tanto misterio: conozco los acordes, ya sé cuando va a venir un estribillo, pero no porque sea una genia sino porque llevo años de analizar y de laburar de eso. El oficio, ¿no? Villavicencio le regaló a Julián El clave bien temperado, y vos decís “ah, es acá”. Suena un poco creído decir algo así, pero es quizá la música que a vos te puede dar paz. A otro le pasará con los Sex Pistols.
¿Necesitás eso, que la música te dé paz?
Y... en cierto sentido sí. O que me sorprenda. Por ejemplo, el otro día me dio su nuevo disco Franquito Salvador. Y estaba acá haciendo la comida, lo puse y me sorprendió cómo está tocando la viola, pensé “¡qué bueno!”. Y es algo que no tiene ninguna relación con lo que te decía de Cardozo, pero yo me hago fan igual. Me puedo copar con todo, pero no puedo salir a buscar. Nunca bajé un disco.
¡Debes ser una de las pocas personas en el mundo que nunca bajó un disco! (Risas).
Claro, me dicen “buscalo en internet”... ¡y no sé cómo se busca, viste! (Más risas). No estoy muy interesada en la tecnología, mirá el celular que tengo, y lo tengo desde que soy madre, sino tampoco lo tendría. Voy a Japón y no miro nada de tecnología, recién ahora entendí lo del Guitar hero y todo eso, cuando salió yo estaba ahí y no tenía idea. Nadie me pide que le traiga cosas porque saben que soy re momia y que no voy a llevar nada, es la verdad.
Soy muy poco consumista y esa situación no es una virtud, no es que te digo “qué bueno ser así”. Entre las dos cosas, creo que seguramente es mejor bajarse cien discos y estar conectado, en sintonía con tu profesión.
Lo decís sólo en lo referido a tu profesión, imagino, al “estar informado”.
Sí, lo digo en ese sentido. Por ahí voy a un bar y está Fulanito de Tal, ¡y yo no sé quién es! Me ha pasado con gente que no podés creer...
¿Por ejemplo?
No, no voy a decir... (Risas).
Ah, ¡son ejemplos muy famosos!
¡Son ejemplos extremos! (Más risas). Yo les decía “ah, ¡¿sos vos?! ¡No lo puedo creer, qué bueno!” (Muchas risas). Por eso Villa siempre me carga y me dice “vos, con tu simpatía arrolladora” porque, claro, como yo no tengo muchas caras y no retengo datos que se suponen importantes... El mundo de la música es un mundo de egos, viste: “yo soy Zutanito, no sé cuánto” y aunque me dé vergüenza no saber, no puedo andar googleando, más ahora que estoy haciendo el duelo de la paz y la tranquilidad. Porque yo llegaba a mi casa y estaba sola, en silencio, callada: eso no me pasa más. Y desde que sé leer, yo leía dos horas por día y eso tampoco existe más. Tu hijo una sola vez va a tener tres meses, un año... Los discos y los libros pueden esperar, y ya los haré.
Charlas con músicos: Florencia Ruiz (pt. 2)
EL OBJETIVO DEL AÑO
Aparte las canciones te brotan...
Sí, aunque quizá un día no surjan más, y ahí es donde quizá sí sea el momento de tocar canciones de otro.
Lo que yo estoy tratando de conseguir –vamos a decir esa palabra– es que la gente nos venga a ver, porque creo que la banda está sonando y están sonando todos los arreglos y dirige Villavicencio que hace que todo tenga otra dimensión... Logra sacar lo mejor de cada músico.
Pienso que todavía estamos en una etapa medio prejuiciosa como público, en general.
¿En qué sentido?
En todos los sentidos, desde que tu disco no se puede publicar hasta que es una música rara o difícil; te puedo llegar a decir que hasta hay machismo muchas veces. Y tengo fe que eso sea una cosa que llegue hasta mi generación, que las chicas de veinte años ya no lo sufran más. Igual, es un cambio nuestro, como mujeres y como mamás: educar a nuestros hijos con otra mentalidad. Muchas veces pasa que las mujeres arman bandas sólo de mujeres, creyendo que “nosotras también podemos”.    
Y en realidad se están etiquetando así.
¡Claro! Yo no te distingo hombre, mujer o lo que sea; si toca, toca, vale. Creo que el tema de la Presidenta suma mucho, sobre todo en los niños que nacen y tienen una presidenta mujer, algo que cuando yo era chica era impensado. Y pienso que a Cristina también le dan más porque es mujer, si fuera hombre no la criticarían tanto; significa que todavía nos cuesta más, y eso no puede pasar.
Y también sucede una cosa re loca: capaz viene alguien de afuera y la gente va a verlo, y a mí me conoce la gente pero no me va a ver, porque estoy acá en Boedo y se supone que la semana que viene vuelvo a tocar.
La gente mira lo de afuera con otros ojos, pasa eso.
Por eso lo veo como un desafío, es el desafío que tengo este año. Quiero desarrollar Luz de la noche, aunque ya tenga muchas canciones nuevas para trabajar. Es dar un paso, no importa si son estas canciones, aquellas o las otras; ahora son las de Luz de la noche porque muchas –la gran mayoría– nunca fueron tocadas en vivo. Y siento que no lo puedo dejar así, sería un egoísmo con la música que no me gusta tener. A otros les puede funcionar lo de sacar discos seguido y no parar, y me parece genial.
Al mismo Ariel, quizá...
¡Ariel es una aplanadora! (Risas). Escucha mucho, toca mucho, graba mucho, ¡es tremendo! Está enchufado y tiene mucha energía; yo también tengo mucha energía, pero es otra cosa. Me encanta tener amigos así y por eso me encantó hacer el disco con él y la pasamos re bien. Quizá surja hacer algo de nuevo, siempre lo hablamos, pero ahora estoy con esto y él está tocando mucho con Flopa y va a sacar el disco con Pez, que lo hicieron en tres días.
¡Vos nunca podrías! (Risas).
Me encantaría llegar a ese momento, lo que pasa es que yo disfruto mucho el momento. Es como que te llegue un helado buenísimo, hacer ¡arghh!” y comértelo entero. Creo que es interesante acompasarse con el alma, porque sino (te lo repito) son intentos de uno, porque ¿quién te apura? A mí ciertas cuestiones de los sellos de afuera, por ejemplo, me apuran. Como estoy comprometida con ellos, hago algo si debo hacerlo.
Además de que siempre fui mucho más tranquila que el resto, ahora soy mamá, entonces tengo que saber poner los puntos sobre las íes. A veces digo “bueno, tengo que hacer tal cosa” y después pienso “pero tengo que llevar a Julián a la plaza...”.
Y gana la opción dos.
Y... me pongo las zapatillas y vamos a la plaza. Siento que es la manera de estar en equilibrio con la naturaleza, porque es difícil parir. Es raro, vos estás embarazada y un día te dicen que va a nacer tu hijo... Fui al médico a revisarme, estaba acá con Facu Guevara y Tomo, arreglando para hacer unos ravioles a la noche y Tomohiro me tuvo que preparar el bolso, porque de golpe iba a nacer Julián.
¡¿Tomohiro te hizo el bolso?!
¡Sí! (Risas). Los tiempos de la naturaleza no son tus tiempos, ni los tiempos de la medicina. Y yo siento que hay que volver un poco a eso: a los amigos, a brindarse. Sino la cuestión cibernética te consume totalmente y no tuviste un minuto de decir “mirá el cielo”; y no soporto perder el tiempo, me desespera.
Por algo soy música: porque quiero tener una vida distinta a lo que se impone, o a lo que le hubiese gustado a mis parientes; que tuviera un consultorio de algo... Me empecé a plantear eso: cómo estar en la de uno.

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