Revista Cultura y Ocio

Choque de trenes – @Macon_inMotion

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

Jona, un chico con síndrome de down, custodiaba un voluminoso fajo de billetes sentado en una silla al fondo de la sala. Una decena de hombres miraban, entre trago y trago de cerveza que sujetaban en enormes jarras, como se estaba desarrollando la apuesta. Edi, un segurata amante del ciclado de esteroides anabólicos, jugaba con las bolas rayadas y Lalo, un motero de metro noventa y cinco, jugaba con las bolas lisas.

Una densa humareda rodeaba la escena y por los altavoces Axl Rose berreaba cualquier mierda de cuando los Guns’n’Roses eran buenos.

Edi entizaba su taco buscando con la mirada la carambola que le hiciera recuperar su ventaja. Con un gesto mecánico sopló la punta del taco para retirar el exceso de tiza azul y se inclinó sobre la bola blanca. Unos instantes después, esta impactaba contra una de las rayadas y la empujaba a una de las troneras. Un grito gutural de satisfacción salió de su garganta al tiempo que se echaba unos pasos atrás, notando el suelo pegajoso bajo sus pies.

Lalo maldecía en voz alta. El alcohol y la hierba le estaban afectando, aunque no más que a su contrincante. Por fin le llegó el turno y después de vaciar en su interior media jarra de cerveza se dirigió a la mesa. Con toda la concentración que su vidriosa mirada le permitía, se inclinó sobre la bola blanca y con un rápido movimiento de brazos esta salió disparada sobrepasando los límites de la mesa, propinándole un fuerte golpe a uno de los observadores, amigo del segurata, haciéndole doblarse de dolor y con las manos en la zona en la que había recibido el impacto.

Edi abrió los brazos pidiendo explicaciones pero su amigo ya se había recuperado y recogiendo la bola del suelo se fue directamente a por su involuntario agresor, que se llevó un bolazo en la cara provocando que uno de sus amarillentos dientes volase por los aires. No obstante, Lalo era un tipo duro y después de escupir al suelo un poco de sangre, empuñó con ambas manos el taco para partírselo en las costillas a quien le había golpeado.

Era oficial. La partida había terminado. Johnny Cash, tomando el relevo de Axl Rose, declaraba inaugurada la batalla campal. Las jarras volaban sobre las cabezas de aquella multitud y únicamente se escuchaban gritos, golpes y crujidos.
El chaleco de cuero de Lalo estaba hecho girones y la cara de Edi no tenía mejor aspecto. A pesar de ello, ambos sonreían como lunáticos. Estaban en su salsa y aquel espectáculo parecía formar parte de su día a día. Un par de camareros desde la barra se llevaban las manos a la cabeza horrorizados ante el destrozo, que empezaba a tomar tintes bíblicos. De pronto aquel maremagnum quedó inmóvil, dejando una estampa que parecía salida de la cabeza de El Bosco. El dueño del bar había aparecido por la puerta de la cocina emulando a Gary Cooper y con una escopeta de caza había disparado dos veces al techo dejando sendos agujeros humeantes, al lado de otros cuantos similares.
Una sirena de policía se empezaba a oír a lo lejos, anunciando cuál sería la residencia de la mayoría de los presentes durante los próximos días.
De lo que nadie se había apercibido con el estruendo es de que, presa del miedo y su no tan corta entendedera, Jona se había escabullido de allí con cerca de tres mil euros en efectivo.

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