Revista Cultura y Ocio

Choque de trenes – @tearsinrain_

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

La lluvia fina se posa sobre la piel blanca, mortecina, ceniza. Con los ojos cerrados, oye el viento que a esas alturas es más frío, fuerte y cortante. De fondo las sirenas, las bocinas, la ciudad siguiendo su vida ajetreada y aparentemente ocupada, de postín. Imagina las gotas a su alrededor, envolviéndola en una especie de danza, sorteando los brazos extendidos en cruz, resiguiendo a milímetros el perfil de su rostro: la frente amplia, la nariz aguileña, los pómulos ligeramente hundidos, los labios de contrastado rosa contra la piel pálida, la barbilla delicada. Los ojos, de estar abiertos, serían de un verde ácido. El pelo enmarañado, un rubio opaco, cae hacia atrás con sus ondas erráticas llegando casi hasta la cintura delgada. Los pechos pequeños, cubiertos con el batín medio abierto, se abren paso por el tórax inclinado hacia adelante. Eso le hace la barriga más delgada, la convierte en un vientre liso que muestra, al esconderse, las crestas ilíacas sobresaliendo, tensando la piel. El pantalón de pijama, con los dos cordones mojados balanceándose suavemente, algo bajado, insinúa pero no muestra nada. Está empapado de tocar el suelo, está sucio y rasgado. En los pies, las zapatillas de plástico.

En ese último momento, le viene un capricho y con movimientos rápidos y bruscos se despoja del batín mostrando toda la parte superior, se deja caer los pantalones y tira las zapatillas a lo lejos como si pateara un balón. Finalmente se despoja de las bragas. Y la lluvia cambia y se vuelve más intensa, ya no flota, ahora pica sobre su cuerpo desnudo, imperfecto y joven. Se mira, con los ojos de quien escruta algo para poder decir que tenía razón, pasa sus manos de dedos esqueléticos y largos por los pechos firmes, poco desarrollados. Se acaricia los pezones con la yema del índice y recorre todo su contorno con el pulgar al mismo tiempo. Baja las manos siguiendo la silueta que forma una curva poco pronunciada hasta que los huesos destacan. Mano izquierda en el vientre, en el ombligo, mano derecha intentando acariciar la espalda en la que las vértebras se dejan notar. Luego ambas extremidades superiores pasean por los glúteos firmes, una de sus mayores virtudes, piensa. Usa agua fría de lluvia para fregarse, para limpiarse de las impurezas que imagina. Eso la anima y a pesar de ciertos temblores en piernas y torso, su mano derecha se sitúa sobre el sexo y la izquierda vuelve a los pechos. Allí arriba, a tantos y tantos metros, expuesta y a la vez escondida, se masturba recordando el choque de trenes de aquel momento explosivo, de aquel arrebato en un rincón imposible de un lugar improbable, hasta correrse en silencio, dejando que su flujo vaginal se mezcle con la lluvia que consigue llegar hasta su entrepierna, convirtiendo el vello púbico en un campo recién regado por el rocío. Entonces llora. Con la cabeza agachada y el pelo rubio turbio de ondas quedas cayendo por encima de su cara, casi hasta el punto que marcó su conexión y su desconexión de la madre. Otro choque de trenes. Dos caracteres demasiado parecidos y por ello, paradójicamente, incompatibles. La sombra de quien le dio a luz, otra paradoja, persiguiéndola constantemente, al menos en su subconsciente, en eso que no se sabe si existe pero molesta. Tarda unos minutos en levantar la cabeza, los mocos de densa trasparencia caen por los labios de ese rosa que destaca demasiado, pero que tanto disfrutaban besando. Le da igual. Ya no le da vergüenza que la vean llorar. Pero claro, aquí no la ve nadie, a pesar de que podría verla todo el mundo, ese mundo que sigue funcionando como si nada bajo sus pies descalzos, ahora tan fríos que rozan el dolor.

Es la hora, se dice, y da un paso adelante. Los dedos de las extremidades inferiores al vacío, la planta en la cornisa. ¿Por qué no viene nadie a decirle que no lo haga? ¿Dónde está esa voz segura y afectuosa que le dice que no vale la pena, que tiene que seguir luchando, que podrá salir de esta? ¿Dónde? ¿Y la mano firme que se posa sobre su hombro desnudo y la hace girarse? ¿Y los ojos tiernos que le suplican que siga viviendo, que la quieren, que la apoyan? Silencio. Solo la lluvia sobre aquel tejado y el ruido de fondo, como una banda sonora impuesta. Vuelve a cerrar los párpados para evitar que el vértigo la distraiga y extiende de nuevo los brazos, completamente desnuda, expuesta al universo. Grita con todas sus fuerzas, quedándose sin aliento y se dice a sí misma que ahora sí. Como un saltador desde el trampolín más alto, deja que el peso de la cabeza incline su cuerpo delgado y empieza el descenso. Le invade una sensación de terror, de pánico, de horror intenso, ya no hay vuelta atrás, se precipita. Le viene a la mente la imagen de su padre aquél día en que… no, mejor no recordarlo. El hijo de puta es ahora pasto de gusanos. Ella también lo será cuando su cuerpo se rompa al chocar, como un tren sin control, contra el muro del suelo. ¿Y si fuese de porcelana y quedara rota en tantos pedazos que no pudieran recogerla toda nunca? ¿Y si en vez de chocar se funde con el asfalto de calle? ¿Y si el suelo se abre y la caída no termina nunca?

Pero justo antes de tocar el suelo, su espalda se arquea, abre los brazos y sin saber cómo, vuela. Vuela primero a ras de suelo, sortea algunos coches que tocan la bocina y chocan entre ellos, luego se eleva ligeramente y tiene que hacer filigranas para no estamparse contra los postes y las farolas. Está asustada por sorprendida. El sueño que se repetía en su infancia, aquél en el que caía al vacío pero antes de morir volaba, se vuelve real. Se impulsa como si nadara y se eleva unos metros más, la gente sale anonadada de sus vehículos, miran por las ventanas de sus casas ese milagro de la naturaleza. La chica desnuda vuela intentando controlar el rumbo y la velocidad y cuando lo consigue, empieza a reír descontroladamente. Pasa rauda entre los altos edificios, da círculos alrededor de la torre de oficinas, hace algunos giros acrobáticos y finalmente sigue al tren que recorre la ciudad en vías elevadas. Sin parar de reír. Vuela, es libre y todos los recuerdos nefastos que la recorren, todos los fantasmas que la habitan, los monstruos que se guardan en sus recodos, se sueltan presas de su cobardía y, estos sí, chocan contra el suelo o se hunden en el río, desvaneciéndose. Su cuerpo le es ahora amigo, aerodinámico y firme, de proporciones adecuadas. El aire frío le parece acogedor, la lluvia son miles de notas formando una sintonía imposible…


– Tenía que acabar pasando –dijo la doctora, mientras los de la ambulancia recogían el cuerpo, destrozado por tantos metros de caída libre– demasiado dolor para una mente tan pequeña.
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