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Cleo, Marco y unos amigos

Publicado el 29 marzo 2011 por Cosechadel66

- Venga, cogemos una peli antigua, hacemos un cambio aquí y allá, la lavamos un pelín la cara, y ganamos unas perras.

Esta frase, o parecida, debe ser una de las que más se han oído en los despachos de las productoras de Hollywood.  Cierto es que con los años la tendencia parece haber ido aumentando y creciendo con ello el número de películas que aprovechan el tirón del título y argumento conocidos para conseguir dinero fácil, pero ha existido siempre. Por ejemplo, eso es exactamente lo que quiso Walter Wanger cuando en 1958 compró los derechos de una novela italiana sobre la vida de una Reina Egipcia y pensó en hacer una nueva versión de la exitosa Cleopatra de Claudette Colbert de 1934. Su idea primaria era una película con un presupuesto de 2 millones de dólares. Pobrecito.

Imagínate todo lo que puede salir mal en una película. Pues habrás acertado. Paso en el rodaje de Cleopatra. Empecemos con los actores. La actriz originariamente elegida para el papel era Joan Collins, pero no se encontraba disponible. La lista de los nombres que se barajaron para hacer de Cleo podía valer para jugar al Pasapalabra. Audrey Hepburn, Brigitte Bardot, Kim Novak, Gina Lollobrigida, Sophia Loren… Lo mejor fue que también existieron posibilidades de que lo hubiera hecho Marilyn. Habría salido algo así como El Faraón vive arriba o Con Egipcios y a lo loco. Al final, algo debió encajar y fue la de los ojos violetas quien acepto el papel. Eso si, ella dijo un millón de dólares como si digo yo ahora que me paguéis 1000 € por leer este post y… pagáis. Un millón, más un porcentaje de los beneficios y una cantidad extra por cada semana de rodaje de más, y alguna otra cosilla sin importancia… ¿quien dijo que la belleza está reñida con la inteligencia?

En cuanto a los protagonistas masculinos, tampoco fueron los que iban a ser en un principio, aunque sin tanto lío ni tantos billetes verdes por el medio. De Peter Finch y Stephen Boyd a Rex Harrison y Richard Burton. ¿Problemas con los decorados? No faltaron. Primero, que si filmaban en Roma, pero que el alojamiento del equipo iba a ser complicado al coincidir con las Olimpiadas. Alguna mente pensante decidió que se fueran a Londres. Y todo el mundo sabe lo que se asemeja el clima de la capital británica al de Egipto. El caso es que suponieron que la magia del cine iba a poder con aquello y se montaron allí los decorados, con disfraz de Nilo para el Tamesis incluido, desviación mediante. Lógicamente, si juntamos que el vestuario apropiado para representar a los egipcios no es precisamente parecido al finlandes y que la niebla de Londres no es una actriz muy dócil, el equipo empezó a tener la sensación de que aquello no iba demasiado bien.

La cosa se puso aun mejor cuando la Taylor enfermó. Entre una meningitis, primero, y una gripe que casi le cuesta la vida (incluida una traqueotomia in extremis cuya cicatriz puede apreciarse en alguna que otra escena), después, Isabelita se ausentó del rodaje seis meses. En resumen, se terminó decidiendo que se recogian los bártulos en Londres y se buscaban los más cálidos aires de Roma. Resultados del rodaje hasta ese momento: 16 minutos inservibles, un director nuevo (Mankiewicz por Mamoulian), nuevos intérpretes masculinos, una estrella enferma y 6 millones de dólares tirados a la basura. Habían pasado tres años desde que Wanger habia comprado los derechos de la novela. Haciendo honor a su apodo de “eterna”, en Roma se eternizaron los problemas. De entrada, de la primera frase que Burton dijo a Liz Taylor nada más verla: “¿Te han dicho alguna vez que eres una chica muy guapa?” a compartir su cama no paso demasiado tiempo. El romance se convirtió en la comidilla de la prensa mundial. Por un lado, quizás fue lo mejor que le podía pasar a la película. Publicidad gratuita. Y un realismo más que acusado en las escenas de amor entre Marco y Cleo. Ella dijo que se enamoró de él en la primera escena que compartieron. Él, que había sido tras una noche de juerga cuando la morena le ayudó con el guión. No creo que importe demasiado.

Pero por el otro lado, más quebraderos de cabeza para el director, que reescribia el guión diariamente y que debía soportar las presiones del estudio por un lado, y las de sus estrellas por otro. Burton desaparecia sólo o con Liz y la noche romana hacia el resto. Rex Harrison tenía que parar de interpretar una escena porque la evidente borrachera le hacia parecerse más a Claudio que a César. A pesar de que el tiempo en Roma no tenia nada que ver con el de Londres, un director de fotografía pelín tiquismiquis retrasó el rodaje del desfile de la entrada de Cleopatra en Roma durante 6 meses, por que la luz no le terminaba de convencer. En Inglaterra, el rodaje ya había sufrido una huelga de peluqueras, y ahora en Roma, eran las actrices que interpretaban a las servidoras de la Reina de Egipto quienes la hicieron para protestar por las excesivas atenciones que les prodigaban las manos de los italianos que las acompañaban como extras. Sufrieron tantos robos que Mankiewicz dijo “Desde que Marco Polo volvió de China, no habian aparecido tantos ricos en Italia. El director de producción murió de un infarto. Todo llegó al punto de que todos los recursos del estudio estaban destinados a Cleopatra. No había dinero para más.

Al final, el desastre le costó el puesto al jefe supremo de la Fox y obligó a Daryl F. Zanuck a volver a coger las riendas del estudio y de aquel proyecto que amenazaba con llevar a la quiebra a medio Hollywood. Como de Londres a Roma había sido poco, todo el equipo se trasladó a Egipto. Hasta el final del rodaje, hubo hasta intentos de suicidio. Pero el término de aquel suplicio no significó el de los problemas. Zanuck despidió a Mankiewicz por un “quitame allá esas horas”. En concreto por las tres horas de más que el director quería añadir al montaje final, incluso convirtiéndola en dos películas independientes. A Zanuck no le hizo puñetera gracia el tema y se encargó personalmente del montaje, pero era tan titánica la tarea, que tuvo que llamar de nuevo a Joseph, que aceptó a cambio de una buena cantidad de dinero. Ya sabía de que tela era el percal. Por haber, hasta hubo problemas con el cartel de la película. Conscientes de que su principal atractivo para el público eran los escarceos de Liz y Richard, se diseño con una figura recostada de Cleopatra siendo observada por Marco Antonio. Y he allí que César Harrison saltó esgrimiendo un contrato que le aseguraba un trato exactamente igual que los pipiolos. Como resultado, se le tuvo que incluir a los pies de la reina, al otro lado de Marco Antonio Burton.

Y después de todo, nos quedan las cifras por un lado y las miradas por otro. Las cifras: 44 millones de coste, unos 300 millones al cambio actual. 14 meses de rodaje efectivo. 7 millones de dólares para Liz Taylor (serían casi 50 en la actualidad). 24 millones de recaudación en un tiempo record, insuficiente a todas luces, pero todo un éxito. Casi dejamos de ver el logo del 20 iluminado por los focos.

Y las miradas. La de una chica de ojos violetas que hizo que nadie pueda hablar de Cleopatra sin hacer mención a su nombre, magistralmente (a pesar de todo) llevada por el mejor director de actrices de la historia, Joseph Mankiewicz. Dos más que buenos interpretaciones de Harrison y Burton. Un colosal friso que reflexiona sobre el poder y sus consecuencias en la vida de sus protagonistas. Un espectáculo para los ojos y para la mente. Una obra que ha ido más allá de su leyenda para que podamos decir que de aquellos polvos, vienen estos… diamantes.

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