Revista Cultura y Ocio

Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa

Publicado el 07 septiembre 2011 por Flenning

Es difícil mantenerse puro, Santiago, cuando todo lo que te rodea parece estar impregnado de tentación, o de corrupción, o de cualquier impureza contagiosa. Es difícil resistir, flaco, cuando hasta nuestros padres nos convocan al enojoso banquete de los buitres. Ser puro, Zavalita, es un privilegio raro, tan raro que hasta casi te imagino autista. Piensa. Quizás sea eso, quizás para estar a salvo hace falta ser impermeable, nada se te adhiere porque nada está ni bien, ni mal, ni regular.


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Desde La Crónica
«… DESDE la puerta de La Crónica, Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia la Colmena. Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la Plaza San Martín. El era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál? Frente al Hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución […]».

Si todo está jodido, flaco, entonces algo te importa y te duele. Te importa más Ana, que tu viejo; te importa más Carlitos, que tu hermano, el Chispas; te importa más el zambo Ambrosio, que el mismísimo presidente, y hasta te importan más los perros abandonados de Lima, que todo el jodido Perú. Qué paradoja, ¿no? Parece que dijeras, al menos eso entiendo, que para resistir a lo jodido, el único camino es joderse. ¿Carlitos es un ejemplo de La resistencia? Ahí anda, partiéndose el hígado a golpe de cerveza trasnochada, meneándole el culo a la rumbera de Bimbambúm. Muriendo sin tregua. ¿Estás seguro de que Carlitos resiste, Zavalita? Piensa. Puesto a morir puro, mejor morir de pulmonía, que de cirrosis, flaco, piensa. Si hasta él te dice que estás loco. Supersabio. Es cierto, piensa, por lo menos Carlitos me escucha, por lo menos Carlitos es el único que me escucha, piensa. Piensa.

¿No habrás perdido ya la pureza, Santiago? Piensa. Se han llevado el perro, amor; se han llevado la ilusión, amor; se ha muerto tu padre, amor; ya nunca serás abogado, amor; si vas a buscar al perro en taxi, ya no podremos ir al cine, amor; ¿cuántos soles vale la pureza, amor?; ¿cuánta miseria, cuánta jodida miseria vale la pobreza, amor? Piensa.

Usted no ha cambiado, niño. Su padre lo quería mucho. Siempre decía que su mayor satisfacción sería enterarse de que dejó La Crónica y que terminó los estudios de leguleyo, niño. Eso decía su padre. Pero eso no sucederá, Ambrosio. Yo moriré resistiendo. Tengo ese secreto regocijo, aunque no sé para qué mierda me sirve regocijarme en la miseria. Ni siquiera sé si es regocijo, y tampoco sé si es secreto.

Todos dicen que usted está loco, niño Santiago. Su padre lo quería mucho. Todo el Perú está loco, Ambrosio, y yo también quería a mi viejo. Un día, Ambrosio, yo también me moriré, como mi padre y como Carlitos, pero moriré a mi manera y hasta luego. Adiós Perú, gracias por todo.

Se morirá jodido, niño, y gracias por nada. A veces, pienso que sí; a veces, que no, Ambrosio. Pobretón, sin pergaminos, pero limpio de tanta mierda, Ambrosio.

¿Cuánto vale la pureza, amor? Piensa. Piensa en Ana. Ella te ama. ¿Por qué la arrastras en esta locura? ¿Es venganza? Piensa. Me he quedado sin trabajo, amor. Debemos el alquiler, amor. Se han llevado el perro, amor. En San Isidro, hay más sol que en Miraflores, amor. Me gustaría mudarme, amor. Ni siquiera sé si amo a esta mujer, piensa. Mudarme adónde. Piensa.

¿Y por qué no les meten bala en lugar de matarlos a palos a los perros? Porque el Perú está tan jodido, que no tenemos balas, niño. Ya ve, niño, tampoco podemos matar como debemos. En este jodido Perú ni siquiera los perros mueren dignamente, niño.

¿Cuándo se habrá jodido el Perú, Ambrosio? Nunca conocí un Perú diferente, niño. Es tarde, niño Santiago, y usted ha tomado demasiadas cervezas. Es hora de irse.

Le llevaré el perro a Ana, piensa. Gracias, amor, lo encontraste. Lo traje en un taxi, nos quedamos sin cine para la semana. No importa, amor. Gracias por todo. Gracias por nada. Piensa. Me moriré un día de estos, volviendo de paseo, sin un grito ni un ay, piensa, Intentando ser puro. Piensa.


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