Revista Diario

Corazones de resaca

Por Jmsalas @drjmsalas

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Comenzó de manera impuntual su domingo de guardia, atrás quedó una noche de música, buena compañía y copas. Pensó que los pacientes tal vez le darían un respiro, pero se equivocó.
No pasaron ni cinco minutos desde que inauguró su guardia y ya tuvo que hacer su primer aviso. Un traumatismo craneoencefálico en un paciente con aliento etílico, su pan nuestro de cada domingo.
Esta mañana le tocaba lidiar con sus compañeros de fiesta, pero esta vez él estaba del otro lado de la barra.
La cabeza le estallaba y los ojos se le cerraban, su corazón de resaca y su cuerpo de madrugada, continuaban añorando aquel rincón tan exquisito que abandonó esa mañana entre sus sábanas.
Él disfrazado de médico con cuerpo de paciente, intentaba sobrevivir a este inusual día.
Las horas pasaron, usuarios y compañeros no le dieron tregua. Lentamente aterrizaban al Servicio de Urgencias los vestigios de una noche de fiesta en Archena, esguinces de tobillo, vómitos, gastroenteritis, contusiones, intoxicaciones etílicas y algún que otro agitado que se lamentaba porque las fiestas llegaban a su fin.
La guardia transcurría como su vida, últimamente un poco accidentada pero se iba encauzando con el paso de las horas. Su sed de amor y su corazón embriagado de nostalgia, luchaban contra un mundo abstemio y descafeinado. Y así consiguió llegar a la noche.
La marea de pacientes se detuvo durante unos minutos. El silencio se hizo su mejor aliado, la cefalea remitió y los efectos de la última copa adulterada comenzaban a caducar en su interior.
El reloj marcaba las diez y un café americano le acompañaba en la sala. Sentado en un sillón cubierto por una agujereada sábana, comenzó a recordar los detalles de la noche pasada, la canción de Lucifer de OBK volvió a sonar y dibujó una malévola sonrisa sobre su cara.
Como todo Domingo era el momento apropiado para escribir un post, porque el que tenía escrito fue rechazado por ser una incómoda verdad, que seguramente ofendería a aquella personalidad límite que nada le importaba.
El sonido del teléfono golpeó su inspiración y los pacientes comenzaron a inundar otra vez la sala.
Él se acabó tranquilamente su café, abrazando esa inteligente pausa que algunos compañeros necesitarían tener también en sus guardias. Terminó de escribir un aburrido post autobiográfico y se puso su fonendo de bufanda.
La noche comenzaba a latir, y el diablo comenzaba a despertar.
Benditos corazones de resaca, bendita resaca de corazones.

{Continuará en el libro Con Tinta de Médico, diario de un médico de urgencias adicto a la noche}


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