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Crítica de TV: 'Black Sails', el desembarco pirata de Michael Bay en Starz

Publicado el 24 enero 2014 por Lapalomitamecanica
De barcos rápidos, Jacks Sparrows y tesoros sin isla
Crítica de TV: 'Black Sails', el desembarco pirata de Michael Bay en Starz
Nota: 6,5
Resulta bastante paradójico que el principal discurso que articula en este capítulo piloto el protagonista de Black Sails, el estoico Capitán Flint, se centre en revelar a su tripulación que la auténtica amenaza para los de su clase, más allá de bucaneros aún más sanguinarios u oficiales británicos ansiosos por colgarse medallas, se encuentra en la llegada de la civilización, del adoctrinamiento social por parte de unos poderosos que harán todo lo posible por mantenerse en el puesto, aunque ello signifique demonizar a aquellos valientes que se niegan a acatar cualquier tipo de norma. Y resulta hasta contradictorio porque el principal defecto que impide que la nueva obra de la cadena Starz nos convenza sin miramientos se encuentra en un retrato demasiado "civilizado" de sus protagonistas, unos piratas a los que su contexto histórico no les presuponía tanta elocuencia y necesidad de explicar cada uno de sus actos. En ese punto, con un guiño a Deadwood por aprovechar las posibilidades del contexto pero sin la valentía de la citada serie de HBO o la reciente Vikings por abrazar la fidelidad, se encuentra Black Sails. 
Lo cierto es que la llegada tardía de Michael Bay a la producción televisiva se antoja más sólida de lo esperado, aunque por desgracia no lo suficiente como para irrumpir en escena como el estruendoso cañonazo pretendido. El abordaje del barco protagonista a una embarcación corrientucha que abre el episodio no resulta tan espectacular como se esperaba del realizador Neil Marshall, responsable del ya mítico capítulo Blackwater de Juego de Tronos, además de películas tan dignas como The Descent y Centurión. Es en tareas de ambientación, con los planos generales de los barcos e islas, así como por su trabajado diseño de interiores, cuando realmente nos trasladamos a la Indias Orientales de 1715, paraíso en el que se ambienta esta precuela bastardísima del clásico de Robert Louis Stevenson, La Isla del Tesoro.
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De entrada, también es de agradecer que un capitán pirata se pasee por una cubierta con algo de solemnidad y sin batir ningún récord de muecas por minuto. En este caso, aunque el Capitán Flint (Toby Stephens) no goce del apoyo completo de su tripulación en el que es el eje argumental de este episodio debut, sí que posee las características necesarias para llevar las riendas de la historia, a caballo entre Errol Flynn y Al Swearengen. Sólo a él en su faceta de protagonista, como hombre que ha logrado su privilegiada posición por ser tan aguerrido como cultivado, se le presupone esa dualidad entre el salvaje y el ciudadano en sus conversaciones con el perspicaz intendente o en sus discursos en cubierta. El problema es que en Black Sails, lejos de las miradas reveladoras de la tribu de Ragnar Lodbrok, todos los personajes sienten la necesidad de abrir su personalidad a las primeras de cambio, rompiendo la magia de una época en la que la vida tenía un valor diferente y sus habitantes no revelaban sus cartas como actitud general.
En ese espectro negativo se enmarcan casi por completo el resto de personajes, más propios de la reinvención pulp de Leonardo da Vinci que del drama histórico al que apunta la propuesta en sus mejores momentos. Desde la dueña del almacén de contrabando, Eleanor (Hannah New), protagonista a su vez de un triángulo amoroso compartido con una prostituta chantajista y la blandengue némesis de Flint, el Capitán Vane (Zach McGowan), hasta el propio contramaestre de la tripulación protagonista, Billy (Tom Hopper), todos ellos responden a un retrato tan estereotipado como machacón, cuyo nulo sentido del ridículo también es compartido en parte por la última estrella de la función, un joven John Silver encarnado por Luke Arnold, disfrazado a su vez del Óscar Jaenada de nuestra Piratas de Telecinco.
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El misterio de la temporada, en forma de la búsqueda de un galeón español cargado con una fortuna capaz de desestabilizar el marco económico de la época, tampoco resulta un argumento central tan apasionante como debería. En su intención por retratar a los piratas casi como un grupo de soñadores, de últimos salvadores del libre albedrío antes del asentamiento de la época contemporánea, a los creadores de la serie Robert Levine y Jonathan E. Steinberg (Escudo Humano) se les ha escapado la camaradería y el buen rollo de las manos; y aunque recurren nuevamente a Flint y a sus estallidos de violencia para equilibrar la balanza, nos vuelven a dejar al que en su día encarnara a uno de los villanos Bond más risibles de la saga en Muere Otro Día -y poco avenido en su filmografía general-, Toby Stephens, como único atractivo de la primera apuesta lúdica del año a la que no merece la pena descartar de salida.

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