Revista Psicología

Cuando los somníferos dejan de ayudar para convertirse en pesadilla

Por Mundotlp @MundoTLP
Cuando los somníferos dejan de ayudar para convertirse en pesadilla

Son eficaces, seguros y accesibles, por lo que cumplen su objetivo: facilitar el sueño. Están entre los fármacos más consumidos, pero su éxito va aparejado al riesgo de desarrollar tolerancia y 'dependencia'. ¿Es imposible dormir sin la pastilla?


Todos sabemos lo que es pasar una noche en blanco, sin pegar ojo. No tiene nada de extraordinario ni de malo. Otra cosa diferente es cuando la dificultad para dormir se repite un día tras otro, y ese es un mal de muchos. Doce millones de personas en España se despiertan con la sensación de no haber tenido un sueño reparador y cuatro millones sufren insomnio. Como advierte la Sociedad Española de Neurología (SEN), los problemas del sueño han aumentado durante la pandemia de forma notable (más de un tercio), un dato que se corresponde con el relevante incremento del consumo de ‘somníferos’ (el nombre que incluye a fármacos ansiolíticos, hipnóticos y sedantes).

Según la información recogida en el Observatorio del Uso de Medicamentos del Ministerio de Sanidad, en 2021, el 9,3% de la población usó estos fármacos a diario frente al 8,7% que lo hizo en 2019, pero las cifras pueden ser superiores porque corresponden a los consumos recetados, no a los que se hacen sin prescripción, algo que no es excepcional dado que, como alerta la SEN, menos de un tercio de los afectados por algún trastorno del sueño consulta con un profesional.

¿La salida? Tirar de diferentes remedios, y el más directo y eficaz es recurrir a pastillas, que procurarán el ansiado descanso aunque “el sueño no será, ni objetiva ni subjetivamente, tan reparador como el sueño natural”, advierten los especialistas, una objeción que, a priori, no tiene en cuenta el insomne, que comprueba que es capaz de dormir por la noche, totalmente ajeno a los potenciales riesgos asociados a estos medicamentos, como es que pasado un tiempo disminuye su efecto.

Benzodiacepinas: las más populares

Ahora bien, no todos los fármacos para dormir acarrean idénticas consecuencias, por la simple razón de que no todos los ‘somníferos’ tienen el mismo mecanismo de acción. Hipnóticos (benzodiacepinas o no benzodiacepinas), antidepresivos y antihistamínicos, entre otros, son habituales en el tratamiento de los problemas del sueño. “Los hipnóticos ayudan a conciliar el sueño, a mantenerlo y mejorar su calidad; y los antidepresivos sirven para tratar específicamente los trastornos depresivos y la ansiedad, pero entre sus efectos secundarios está el de mejorar la calidad del sueño”, aclara la doctora María del Mar Unceta, del Departamento de Psiquiatría de Clínica Universidad de Navarra.

Ante un insomnio, lo primero es determinar la causa para acertar mejor con el tratamiento, pero en líneas generales “en una persona con dificultad para dormir, con insomnio de aparición aguda y que suponemos que será de corta duración, tendemos a prescribir una benzodiacepina”, añade la psiquiatra. Bajo ese paraguas se encuentran los cuatro ‘somníferos’ más populares: lorazepam (Orfidal); lormetazepam (Noctamid), alprazolam (Trankimazin) y diazepam (Valium).

El éxito de las benzodiacepinas radica en su versatilidad y en su baja toxicidad para casi todos los órganos, “excepto para el cerebro, donde tienen algunos problemas”, destaca el doctor Diego García-Borreguero, director del Instituto de Investigaciones del Sueño (IIS). Esas consecuencias son: pérdida de eficacia cuando se toman durante largos periodos de tiempo (lo que los especialistas llaman tolerancia); no siempre actúan las horas deseadas, y afectan a la memoria (“tomar benzodiacepinas durante mucho tiempo parece que acelera el deterioro cognitivo leve”, refiere el neurólogo).

¿Más dosis o menos efecto?

Los antidepresivos y los antihistamínicos carecen de estos riesgos, pero “son mucho menos eficaces”, de aquí que las benzodiacepinas sean la primera opción para resolver el problema. Pero la posibilidad y el miedo a hacerse adicto al somnífero existe, si bien los dos expertos descartan emplear el término adicción y prefieren utilizar el de tolerancia, “más cuantificable, que consiste en que la misma dosis de un fármaco cada vez produce menos efecto”. ¿La solución? “Subir la dosis, con lo que entramos en dosis supraterapéuticas, o aceptar tener menos eficacia”, explica García-Borreguero.

La psiquiatra añade: “Cuando hablamos de adicción, hablamos de dependencia, y eso sucede cuando un medicamento, además de inducir tolerancia, desencadena síntomas de abstinencia al suspenderlo o disminuir sus dosis”. La causa está en que “el uso continuado ha llevado a unos cambios adaptativos en la estructura cerebral”.

Para evitar esas consecuencias, hay que ser escrupuloso en el cumplimiento de las indicaciones médicas. La ficha técnica de todos estos medicamentos indica claramente que hay que usarlos durante unas pocas semanas y solo se debe prolongar bajo criterio médico. Sin embargo, hay personas que llevan ‘enganchadas’ a la pastilla durante muchos años, de forma que, como explica el director del IIS, han ido desarrollando tolerancia lentamente, a lo largo del tiempo, y “cuando intentan suspenderla, aparecen síntomas de abstinencia y ansiedad de forma que vuelven a la sustancia. Se cae en un círculo vicioso del que es complicado salir por uno mismo, y se necesita ayuda médica”.

El gran cambio viene de los antagonistas de las hipocretinas (también llamadas orexinas), unas sustancias que actúan como una 'cafeína natural'

Una opción para reducir ese riesgo es, según Unceta, optar por medicamentos de vida larga, ya que “los de vida corta se toman a dosis más altas y durante más tiempo, por lo que tienen más riesgo de generar dependencia”

Con todo, como dicen los médicos, no todas las personas tienen la misma susceptibilidad, pero todas deben que cumplir la condición de limitar el número de semanas seguidas de tratamiento (entre 8 y 12, incluido el tiempo de retirada del fármaco, que ha de hacerse de manera gradual).

Los somníferos que vienen

A pesar del reinado indiscutible de las benzodiacepinas (que ya se prolonga durante medio siglo), hay otros ‘somníferos’ más nuevos. Diego García-Borreguero nombra a los agonistas selectivos de las benzodiacepinas, “conocidos como las drogas Z” (zolpidem, zopiclona), que “aunque son más manejables que las benzodiacepinas, actúan sobre las mismas sustancias y tienen los mismos problemas de dependencia y rebote”.

El gran cambio que se espera viene de los antagonistas de las hipocretinas (también llamadas orexinas), unas sustancias producidas en el hipotálamo y que tienen como función mantener la vigilia (según el neurólogo, son una especie de cafeína natural). La FDA americana ya ha aprobado el daridorexan, uno de estos medicamentos llamados DORA (dual orexin receptor antagonist) -en cuyo estudio está colaborando el Instituto de Investigaciones del Sueño-, y “es muy probable que también se apruebe en Europa”.

Tenemos un problema

García-Borreguero confirma que “tenemos un problema con el consumo de somníferos entre la población”, porque “como sucede en los países de nuestro entorno, entre el 5 y el 10% de la población los toma a diario y durante periodos de tiempo más largos que los indicados”.

Sin embargo, paradójicamente, en las consultas son más frecuentes las personas que prefieren quedarse cortas de dosis, confirman los dos expertos. “También hay quienes se inclinan por ‘fármacos naturales’, aunque las formulaciones de muchos de ellos no están bien reguladas y no están exentos de efectos psicoactivos”, dice la psiquiatra de la Clínica Universidad de Navarra, que pone como ejemplo la hierba de San Juan, que “interacciona con los fármacos anticoagulantes o los antidepresivos”.

Otra alternativa a los fármacos es la melatonina, que “puede ser de utilidad para adelantar la inducción del sueño en las personas con un retraso en la fase de concialicion, con jet-lag o en trabajadores a turnos”. Nuevamente, no hay que ignorar sus potenciales efectos, entre ellos “interaccionar con otras sustancias sedativas y combinadas con melatonina pueden causar más sedación y efectos residuales diurnos”.

Entonces, ¿es seguro tomar somníferos? En general sí, pero no por cuenta propia y en ‘barra libre’.

Higiene del sueño

Una ayuda muy eficaz para dormir es “tener una buena higiene del sueño, algo que parece muy obvio y que, sin embargo, con frecuencia se olvida”, enfatiza María del Mar Unceta.

Las pautas son:

  • Mantener un horario regular de levantarse y acostarse.
  • Sincronización adecuada con las horas de luz.
  • Hacer ejercicio físico (pero no en las 3 horas previas a irse a la cama).
  • Intentar exponerse a la luz solar al menos dos horas diarias.
  • Estar en la cama solo el tiempo suficiente de dormir.
  • Evitar la siesta y si se duerme que no supere un máximo de 30 minutos.
  • Procurar que la cama y la ropa de la misma sea adecuada.
  • Mantener la habitación en orden, a una temperatura de entre 18 y 21 grados, colores neutros.
  • Evitar las pantallas dos horas antes porque la luz azul puede dañar el cerebro.
  • Separación ambiental del espacio de descanso.
  • Las cenas ligeras pero sin pasar hambre.
  • Evitar sustancias estimulantes seis horas antes de acostarse, el tabaco y el alcohol.
  • Acostarse cuando se está cansado.
  • No mirar el reloj durante el sueño.
  • Evitar dormirse con la tele o la radio encendidas.
  • Respetar los relojes internos.
  • Ajustar las expectativas de sueño.

FUENTE: elconfidencial 

http://elmundotlp.blogspot.com/es

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