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De barrio

Publicado el 02 octubre 2014 por Pablo Ferreiro @pablinferreiro
En un barrio se sabe todo de alguna u otra manera, por lo menos antes te enterabas.
Yo sé que Jesús Andrada vió a Amparo por primera vez una noche de invierno, de esos inviernos fríos de la década del setenta. Fue en casa de su madre. Amparo era sobrina del General Romualdo Benítez, amigo de la familia de Jesús. El general era consejero político y espiritual de la familia Andrada, respetado, intocable, pulcro. Cada visita del General era una ceremonia en las que la familia se reunía a escuchar historias que tenía guardadas en la papada el hombre. Amparo había quedado bajo la custodia de Benítez por la muerte desafortunada de sus padres en el famoso accidente del tren 3772 en Benavídez. La relación entre Benítez y los Almada surge de la muerte súbita del padre de Jesús mientras hacía una guardia con El general allá por el cincuenta y pico. Romualdo juró que como hombre de bien se ocuparía de que nunca faltara nada a la familia de su amigo Andrada. Así lo hizo.
Y allí está Amparo, entrando por la puerta con un sobretodo que le queda grande.Estaba pronta a cumplir la mayoría de edad, era flaquita, de piernas chuecas. Tenía hoyitos en los cachetes, la sombra que acompaña los ojos de los tristes no hizo una excepción con ella. Pero la sonrisa, la sonrisa de Amparo era su carta de presentación. La sonrisa no tardó en llegar, el General la presentó como la sobrina de Zárate, la que tiene menos carne que una bicicleta. Amparo sonrió y los ojos de Jesús grabaron esa sonrisa. Y que decir de cuando se quitó el sobretodo dejando ver sus pequeños pechos llenar el vestido a lunares rojo de otra década.Y la vocación de servicio, ya no había mujeres así en la ciudad, apenas se sacó el sobretodo, acomodó su pelo finito y fue a ayudar a servir la mesa. Trajo la sopa con pulso delicado y luego la madre de Jesús no la dejó hacer más porque que caramba ella era la invitada.Se notaba la mano del general repetía la madre de Jesús mientras lo miraba a su hijo incomodando su sonrisa y cara de bobo permanente.
Jesús era un pibe fuerte, a los veinticinco se era un pibe todavía. No se metía en líos, trabajaba en la metalúrgica ubicada a la vuelta de su casa. Sus manos así lo hacían saber. Almorzaba todos los mediodías en silencio con su madre bajo la mirada atenta de panchuli, su perro. Perro ladino Panchuli, largo, de ojos brillosos, manioso. Jesús no había presentado candidata en su casa, era tímido, reservado. Ojo que el muchacho era buen mozo, corte a la romana, cara recia, pelo en pecho. Pero era mamero, y vió lo que es para un hombre la madre. Cuesta dejarla sola, no confiaba en el perro, estaba seguro que panchuli se iba a rajar o iba a encontrar el modo  de cagarla lisa y llanamente. La vieja sufrió mucho, la vieja vino con hambre de España, la vieja era Franquista, la vieja no era tan vieja, era fuerte. Esas viejas fuertes que aunque el marido estalle por los aires delante de ella no iba a largar una lágrima. No la quería dejar sola a la vieja, pero en el barrio se decían cosas y con eso no se jode “y porque no te casas niño dicen por los callejones” le cantaba la vieja. Vieja que yo que te quiero tanto y dudás así decía el Jesús. Que si sabré yo que se agarraba unas rabietas el pibe, que se encerraba en la pieza, que se fumaba los dedos, que se le pasaba a la hora del mate que podía ser cualquier hora.
Y ahí estaban los dos, ya de sobremesa , el General fumaba importados y decía algo de algo que se veía venir y que iba a haber que ser muy fuerte, había que hacerlo por la patria. Jesús lo miraba y decía que sí a todo. Jesús no se iba a jugar por la Patria un carajo, Jesús laburaba en la matalúrgica, no era militar ni estaba metido en nada “raro”. Pero el General tenía razón siempre. Amparo se paró, levantó la mesa con destreza, solo volcó un poquito de café pero muy poquito. Y ahí la madre de Jesús sacó un librito de fotos viejas que ya lo había sacado muchas veces y que el General siempre se complacía en recorrer y que le dejaba contar historias de Comodoro Rivadavia y el clima seco. Y la madre lo rajó al Jesús con la mirada y lo mandó a la cocina. Amparo fumaba nerviosa apoyada en la cocina económica y jesús creo que le tomó la mano y apareció la sonrisa otra vez.
Lo demás es lo que hacíamos todos en ese momento. Ir al cine de saco y corbata, comer pizza, conocer a la familia, chapear estabilidad, pelearse callados, que los viejos no se enteren que no se aguantaron hasta el casorio, que las agarraderas  y repasadores para que vayan juntando para cuando se muden, que el departamentito cerca de la casa de la mamá de Jesús, que el nacimiento de Graciela nueve meses después del casorio y que después llegó la segunda chancleta y que le ponemos Carmen. 
Amparo era una madre dedicada, como bien se dió cuenta Jesús la primera vez que la vió, de esas que no vienen más.Las nenas andaban siempre peinaditas, el delantal almidonado, las piernas al aire por más que haya un frío de esos que te hacen doler la panza. Cocinaba bien, la reina de la tortilla de papa babosa. Era la dueña del departamento, todo tenía su orden, digo el de Amparo.
Los años iban pasando, el amor era difícil, las chicas siempre estaban cerca, que los dos estamos cansados, que tenés olor a vino. Y eso a los hombres nos hace odiar decía el bueno de Jesús. Y Amparo no cebaba mate como mamá ni como antes de casarnos. Habla todo el día de guita o de precios o de la señora del almacén que tiene un hijo falopero o de la prima de Roque, que había resultado ser una putona. Y ahí después de decir todo eso por enésima vez  vaciaba el vaso de cerveza y se limpiaba la espuma del bigote con un manotazo que moría en sus patillas.
Ese tema le interesaba a Jesús, María de los Angeles, la prima de Roque, el de la ferretería. A todos nos interesaba, que mujer potente, que labios, poca cintura pero que fuerza, todo parecía querer salir. Sonrisa pícara pelo negro inflado. Ninguno de los muchachos nos habíamos enterado por exploración o comentarios que fuera de armas tomar. Creíamos por una investigación del pelado Farías en la ferretería que ella tenía un novio de otro barrio, universitario pintón. Después descubrimos que era una mentira de Roque porque resultó ser un guardabosques. Y que iba a hacer el infeliz sino cuidar a la prima, el ferretero virgen al que le faltaba el brazo. El que tenía fama de bufarrón. Se la perdonamos por infeliz.
Nosotros nunca nos animamos a la turca, demasiada mina, de esas que te dejan en ridículo. Era el miedo al fracaso permanente. Pero el metalúrgico estaba desesperado las últimas semanas. Amparo ni siquiera le dejaba oler el camisón con colonia inglesa. Ni le dejaba mirar películas porque las chicas podían ver cosas y preguntar. El hombre era de carne y ya no podía más. Y no me sorprendió que al terminar la cerveza encare para la casa del ferretero sin decir una palabra. Me dí cuenta yo solo, los demás estaban jugando ese truco del que me dejaron afuera los reyes. Y pensé que se estaba mandando una cagada aunque lo entendía. Esas cosas que hizo Amparo eran normales, que espere. Por estas mesas pasaron un monton de tipos que sí y lo que estaba haciendo Jesús no estaba bien. Que aunque estuviera hinchado las pelotas esta no era la solución, pero que agallas la de este tipo que parecía tan otra cosa, tan tímido, tan pasota, se le metió en la cabeza la turca y fue derecho. ¿Como le iba a decir que no la turca? Agarró viaje enseguida, las pibas ahora son distintas y se encontró con un hombre así y no pudo aguantar. Al otro día vino con otra cara, como de culpa y desahogo y se me puso a llorar y me contó. Que la piba un fenómeno, una campeona y que el estuvo a la altura pero que lo destrozó ver cuando salían sus pibas para la escuela. Le había quedado la imagen de Amparo besándolas en la cabeza y no pudo ir a trabajar. Yo me quise hacer el gil para que no me tire el fardo, esas cosas entre hombres no se hablan, esa fue la última vez que fue al bar, le dió vergüenza hasta pasar por la puerta por llorar así tan temprano, tendría que haber esperado el alba,  a eso de las cinco de la mañana y ahí confundía pero no, me miró a los ojos y lloró. Sabía que yo sabía que él había hecho lo que había hecho. No volvió más al bar, y cada vez que alguno lo veía por la calle el saludaba apurado y se iba haciendo carreritas.
A mi me echó mi mujer y me tuve que volver a vivir con mi vieja, anduve con quilombos. Mi vieja estuvo jodida, poco a poco fui yendo cada vez menos al bar, tenía que laburar cada vez más. Pasaron como quince años y  me lo crucé en la cancha. Yo no sabía que era tan futbolero, pensé que era de esos que hablaba de coches y que para el fútbol decía que era hincha de Boca, por lo menos así lo había notado en el bar. Estaba sentado con un gorro de lana en los tablones de arriba, medio arrodillado con un pucho lleno de ceniza.Chacarita le ganaba 2 a 0 a Los Andes. El tipo no había cambiado mucho, alguna cana más, pero la pinta la mantenía. Me hizo una seña con la cabeza y me senté a su lado. Justo la cancha se levantó para putear un lineman. Vimos el partido callados, Chaca terminó ganando 3 a 2 sobre la hora. Salimos caminando para el lado del Golf Club. El silencio se había tornado incómodo para mí y ya le hablaba de la falta de wines izquierdos y de García Cambón. Jesús largo humo y me volvió a mirar a los ojos.
-Le conté todo a Amparo esa vez. Esa misma noche. Estamos juntos todavía. Las pibas están grandes, me cayeron a casa con dos boludos que no saben cambiar una lamparita. Sigo laburando en la metalúrgica. Ahora que ya sabés, dejá la incomodidad para las viejas y acompañame a escabiar algo.
Tomamos algunas cervezas. Jesús hablaba poco, yo también. Le dije que mi señora me pegó una patada en el culo, le importó un carajo preocupado porque los manices se acababan y los ceniceros estaban llenos y había una música de mierda. LLegando las cinco de la mañana se hizo un silencio largo, me miraba fijo. Necesitaba decir algo el muchacho, se le notaba, tenía la misma mirada que esa noche de la turca, esa misma mirada que tenía cuando vio entrar a Amparo con el vestido Rojo a lunares.
-Quince años llevo sin ponerla por la turca. No me mires con pena, soy feliz igual, la puta que te parió.
Jesús se levantó y se fue caminando chueco con los mocasines gastados. Yo andaba corto de guita y le tuve que pedir fiado al del bar. Ahí fue la última vez que lo ví,  el otro día el pelado Farías me dijo en la puerta del consultorio que se había muerto y me acordé del hombre. Fuimos a tomar algo al bar con Farías y lo miré:  El pelado estaba viviendo en la casa de la vieja de él que ya no estaba, estaba separado y me hablaba de fobal y de minas  y lo miré y me dió pena. Y me dí pena yo también y me pareció cada vez mejor Jesús que se bancó decirle la verdad a Amparo y se bancó la que vino. Que la mina se vengue de él todos los días un poco, que le haga esa tortura china aún cuando ella ya no era atractiva y a él no le funcionara. Y el tipo se la bancó y me parece que se la banco por las pibas y porque la noche en que lloró en el bar nos vió a todos nosotros, un montón de boludos solos jugando al truco calientes con una pendeja o con otra, llorando sólo después de las cinco de la mañana.

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