Revista Cultura y Ocio

De la Felicidad.

Por Alguien

De la Felicidad.

“Grandes y sublimes lecciones  hemos recibido desde Job hasta nuestros días sobre la miseria de la condición humana. Salomón, después de haber experimentado cuantas prosperidades son concebibles, viene a deducir que todo es vanidad y mentira: Risum reputavi errorem, et gaudio dixi: quid frustra deciperis? Píndaro llama a la vida del hombre el sueño de una sombra; y por otra parte Shakspeare ha dicho: «la felicidad consiste en no haber nacido.»

Si entrásemos en una prolija enumeración de los testimonios de lo pasado, veríamos de acuerdo a todos los filósofos y poetas sobre que, examinándolo bien, la felicidad no es más que una quimera, y (si vale hablar así) un mirage o ilusión moral que extraviará siempre a los que piensen hallar realidad en lo que representa. Entro los filósofos el mismo Epicuro defendía que nuestras mayores satisfacciones tienen su asiento en la memoria, y que dependen únicamente del recuerdo de las cosas pasadas. En cuanto a los poetas, los más felices en la apariencia, los más entusiastas de la mansión terrestre, en medio de su alegría prorrumpen en acentos de dolor que descubren el secreto de su alma. Anacreón conceptúa a la cigarra más feliz que al hombre. Horacio comienza sus sátiras por echar en cara a los hombres que ninguno está contento con su suerte.

Ninguno es feliz, según él; pujes si por una parte el vulgo se labra inevitablemente su desgracia, por otra el sabio está condenado a no poder apartar su vista de la fragilidad de todas las cosas, y a saborear, por decirlo así, la muerte, para aprender a tolerar la vida y a gustar de ella.

Los modernos no han podido menos de coincidir con los antiguos en que la felicidad no es más que una idea imaginaria. «Si se da el nombre de felicidad», dice el mismo Voltaire, «a algunos placeres momentáneos esparcidos en la vida, la hay en efecto; mas si por ella se entiende otra cosa, la felicidad no se ha hecho para este globo: buscadla en otra parte…» «Confiesa», añade, «con todo el linaje humano que hay mal sobre la tierra: confiesa que ningún filósofo ha podido explicar jamás el origen del mal: confiesa que Bayle con toda su dialéctica no ha hecho otra cosa que aprender a dudar, y que se combate a sí propio: confiesa que hay tantas imperfecciones en las luces del hombre como miseria en su vida… La revelación sola puede desatar este gran nudo que los filósofos han enredado: solo la esperanza de un desarrollo de nuestro ser en un nuevo orden de cosas, puede consolarnos en las desgracias presentes: la bondad de la Providencia es el único asilo a que puede recurrir el hombre en las tinieblas de su razón y en las calamidades de su naturaleza débil y mortal.»

Antes de Voltaire, a principios del siglo diez y ocho había Fontenelle hablado sobre la felicidad. Él también, como Bolingbroke y todos los deístas puros, no conoce otra cosa más que la naturaleza y su orden inmutable. Lo presente, he aquí su único horizonte: su filosofía está desnuda de lo puramente ideal: su arte de ser feliz consiste en sacar el partido mejor posible en medio de las innumerables calamidades que nos rodea. «Aprendamos,» dice, [20] «cuan peligroso es ser hombre, y contemos todas las desgracias de que estamos exentos por otros tantos peligros de que hemos escapado.» Establece preliminarmente que sus lecciones sólo pueden convenir a un pequeño número de almas escogidas. Sus lecciones (es menester confesarlo) son lecciones de egoísmo; pero no es esto lo que aquí nos importa. Lo que intentamos probar es que, limitando hasta el punto más mezquino la felicidad, todavía la conceptúa casi imposible y denegada a casi la totalidad del género humano. «El estado,» continúa, «es lo que constituye la felicidad; pero esto es demasiado triste. Una infinidad de hombres se hallan en estados que con razón detestan; y un número casi igual son incapaces de contentarse con ningún estado. Helos aquí pues a casi todos excluidos de la felicidad, y sin quedarles otro recurso que el de los mezquinos placeres, es decir, el que ofrecerles pudieran algunos relámpagos de alegría sobre un fondo de continua amargura. Los hombres sin embargo en estos fugaces momentos se rehacen para sufrir. El que quisiere fijar su estado, no por miedo de estar peor, sino porque se hallase en él gustoso, merecería ciertamente el nombre de feliz: su inmovilidad haría su ventura. Pero semejante hombre no se ha dejado ver en ningún lugar de la tierra.»

Si un filósofo tan árido como Fontenelle juzga tan difícil la felicidad, y tan problemática su existencia, ¿deberán sorprendernos los gritos de desesperación que hombres más apasionados que él y menos afortunados dotados para la felicidad negativa con que él se contentaba, han lanzado en estos siglos últimos, desde que apartaron sus ojos del cristianismo que les señalaba el porvenir en el cielo? ¿Será extraño que, en un tiempo en que la impiedad ha disminuido la creencia consoladora de la felicidad eterna, y cuando son tantos los que se encuentran sin esperanza de otra vida, en esta tierra en que tan difícilmente germina la felicidad, hayan resonado todas esas lamentaciones en nuestro oído como cantos del infierno? Los dolores que Byron y tantos otros nos han revelado, estaban implícitamente contenidos en la confesión de Fontenelle y de Voltaire. Era evidente que, siendo tan triste la realidad, y habiéndonos dejado la naturaleza a merced de tantos males, una vez que no creyésemos más que en la realidad presente y en la naturaleza, tocaríamos el extremo de la desesperación.

Confesemos francamente que la felicidad nos es denegada en nuestra vida actual. ¿Y podríamos hallarla en esta vida, y, como se dice, sobre esta tierra en que habita con nosotros el dolor y la muerte? Siendo perecedero todo cuanto amamos, por nuestro amor nos vemos expuestos a sufrir continuamente. Sería pues necesario no amar nada para no sufrir. Pero no amar nada es la muerte de nuestra alma, la muerte más espantosa, la verdadera muerte. Se pues que salgamos de nosotros mismos para adherirnos a algún objeto exterior, sea que nos desprensamos de todos los objetos que el mundo nos ofrece para excitar nuestro amor, estamos ciertos de sufrir. Pero no solamente sufrimos por que todos los objetos del mundo son mudables y perecederos: sufrimos porque ellos son tan miserablemente imperfectos que no podrían satisfacer nuestra sed de felicidad. Y no es su fragilidad sola y su imperfección las que causan nuestro martirio: el mismo gusano que los devora, nos devora a nosotros: sufrimos porque nosotros mismos somos horriblemente imperfectos, porque todo en nosotros es instable y perecedero. Las olas de nuestras pasiones en el momento en que nos sostienen y elevan se desvanecen, y, después de despedazarnos, nos abandonan sobre los escollos. El alma, cuando consigue la ventura que con más ardor ha deseado, se melancoliza y aún llena de horror al tocar su insuficiencia. Nuestro corazón es semejante al tonel de las Danaides, que nada podía llenarle.

En nosotros, en torno nuestro, todo es combate, todo es lucha. Si consideramos el mundo, todo en él lo vemos en guerra: las especies se devoran, los elementos luchan entre sí, la sociedad humana es por muchos conceptos una guerra y una lucha continua. ¡Cuántos filósofos han hallado que el más cruel enemigo del hombre es el hombre mismo! homo homini lupus.

El mundo que habitamos no es formado más que de ruinas, y sin destruir no podemos dar en él un solo paso. Conceptuémosle en el tiempo o en el espacio, bajo ambas dimensiones es un conjunto de mal, de destrucción y de carnicería, tan bien tejido y tan completo como aquel cuadro de Salvátor en que todo mata y es muerto a un tiempo mismo, en que hombres, caballos, y hasta un ave que vuela sobre el campo de batalla (que situó en una barranca profunda), todo es herido, todo muere bajo un cielo pálido, mientras que el sol se apaga tristemente en el horizonte. Admirable cuadro, sublime expresión de la melancolía que el mal moral y el mal físico, derramados en el mundo, pueden lanzar en nuestra alma.

San Pablo, el gran teólogo, el gran filósofo, ha resumido en una palabra este dolor universal de la naturaleza cuando dijo: omnis creatura ingemiscit.

La teología cristiana no es la única que ha justificado este gemido de toda criatura. Todas las antiguas religiones han tenido fábulas mitológicas para expresar esta idea; y acabamos de ver que los siglos llamados de luces y de filosofía, los siglos de incredulidad y de romanticismo, dan igualmente testimonio de lo vana y fútil que es en la tierra la palabra felicidad. Parecía que el desprecio que hacen del cielo los incrédulos, debiera haber cedido en provecho de la felicidad terrestre. Para destronar las antiguas religiones era necesario exaltar la materialidad a expensas del espiritualismo: puesto que no se poseía más que la tierra, era preciso gozar de la tierra: no creyéndose más que en lo presente, claro es que se debía aprovecharlo. Aquellos hombres, en la persuasión de que es un hallazgo la vida, según el sabio Fontenelle, debieron recibirle gustosos, y no ser muy exigentes con respecto a la naturaleza, aquella madre ciega que en su sentir reemplazaba a la Providencia. Por esta razón procuraron presentar lo menos posible el flanco a la fortuna: concentraron su atención y reunieron toda su prudencia sobre sí mismos: hicieron consistir el esfuerzo del talento en ser egoístas con arte (a esto se daba el nombre de sabiduría, de razón, de filosofía); y al cabo se vieron forzados a confesar que la dicha no se había hecho para el hombre”.

«De la Felicidad» de José Fernández Guerra.
Granada, domingo 28 de abril de 1839.


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