Revista Cuba

Derechos humanos en Cuba: el cuartico está igualito

Publicado el 14 diciembre 2015 por Yusnaby Pérez @yusnaby
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Pasados más de siete años de la firma de los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y de los Económicos, Sociales y Culturales, y a una semana de que se cumpla un año justo desde el anuncio de restablecimiento de relacionesCuba-EE.UU. valdría la pena llamarnos a recuento sobre el punto en que nos encontramos ya en los umbrales de 2016.

Quienes han propugnado durante el último año la eliminación de los mecanismos de presión política a que permanece supeditado el Gobierno cubano –entiéndase básicamente el embargo estadounidense y la posición común europea– con frecuencia argumentan sobre las presuntas reformas emprendidas por Raúl Castro durante los últimos años.

Pero si aceptamos como premisa que desde 1959 en Cuba ha existido un único gobierno –pues se ha evidenciado que en esencia el mandato de Raúl ha sido una prolongación del mandato de Fidel– podemos asumir también con un grado sólido de certidumbre que la psicología del régimen sigue siendo exactamente la misma, y esto nos conduce a un cuestionamiento lógico: ¿cabría esperarse que, en caso de ser levantadas aquellas sanciones, la oligarquía verdeolivo por fin le concediera al pueblo cubano los derechos contemplados en los Pactos de DD. HH. cuya ratificación e implementación La Habana mantiene como tema pendiente desde febrero de 2008?

Los optimistas volverían sobre la idea de las reformas raulistas, pero quien haga un acercamiento más detenido a estas pretendidas “transformaciones” encontrará que realmente muy pocas han representado un giro práctico, beneficioso e inmediato en la vida de los cubanos de dentro y fuera de la isla.

Pero obremos desde una muy buena fe que la contraparte no se ha merecido y aceptemos que entre estas medidas algunas representaron un giro más drástico y positivo que otras: entre estas se encuentran la liberación del derecho de viajar al extranjero y la autorización a la compra y venta de viviendas entre personas naturales.

No podemos olvidar, sin embargo, que la reforma migratoria entrada en vigor en 2013 dispone que no se le permitirá viajar libremente a algunos profesionales “…en virtud de las normas dirigidas a preservar la fuerza de trabajo calificada…”; ni podemos desdeñar que también establece como “…inadmisible…” para entrar al país a todo aquel acusado por el Gobierno cubano de “…Organizar, estimular, realizar o participar en acciones hostiles contra los fundamentos políticos, económicos y sociales del Estado cubano…”, “…Cuando razones de Defensa y Seguridad Nacional así lo aconsejen…” y a todo aquel que el Gobierno considere que deba “…Tener prohibida su entrada al país, por estar declarado indeseable o expulsado.” Es evidente el amplio margen de maniobrabilidad que deja a los represores esta deliciosa herramienta de coacción.

En cuanto a la autorización a la compra y venta de viviendas, recordemos que a esta ley se le endilgó este año una serie de molestas regulaciones en los precios a pactar que vuelven a inmiscuir la mano del gobierno donde no se le llamó, como para recordarnos que aquí las buenas nunca duran demasiado tiempo.

Ahora bien, una mirada al resto del paquete sí ya nos denunciará sospechosas aristas en estas pretendidas “reformas”. Es sumamente difícil aceptar la sinceridad de la “autorización” a la compra de autos usados a precios estratosféricos; o el viciado enfoque impuesto a la gestión de las nuevas cooperativas subordinadas a empresas estatales ineficientes; o la imposición a todos los cuentapropistas de impuestos desmesurados mientras se les mantiene privados de un mercado minorista de materias primas; o todas las limitantes que provocan el evidente fracaso de la política agraria, por citar sólo algunos ejemplos.

Pero más grave aún que estas “nimiedades” de corte económico, lo es la persistencia de la política represiva que sigue fomentando el dueto Partido Comunista/Seguridad del Estado: desde las oficinas del que continúa siendo el único partido legalmente reconocido, se siguen trazando las tácticas y estrategias que luego en la calle ejecutan los esbirros de la policía política.

En la Cuba de 2015 aún persisten las detenciones arbitrarias y la más abyecta precariedad de las garantías procesales, hijas bastardas de la no división de poderes; continúan perpetrándose impunemente golpizas y mítines de repudio sin que ninguna autoridad se moleste en evitarlas; se ordena a los sicarios acuchillar a líderes opositores y se reprime en plena calle a mujeres que no llevan más armas que gladiolos blancos; persiste una censura férrea y absoluta al pensamiento disidente, se sigue ejerciendo un hermético monopolio sobre los medios de difusión y todos los tipos de prensa, y se continúa vetando nuestro acceso efectivo a Internet ya avanzada la segunda década del siglo XXI. Por consiguiente, podemos concluir que en Cuba los “cambios” que se han producido hasta ahora son insustanciales y epidérmicos, pura cosmética.

Esta fauna verdeocre no está en capacidad de ofrecer ya nada diferente, por lo que se hace muy natural y lógico dudar de sus futuras “buenas” intenciones o de su capacidad para concebir un esquema de prosperidad real, y muchísimo menos si la fórmula para que así sea incluye que se aparten del camino. Es completamente cuestionable que estas “reformas” reflejen una sincera intención de abrirle las puertas al pueblo cubano hacia una economía globalizada. Es más coherente suponer que siempre se ha tratado de una interminable saga de maniobras dilatorias para perpetuar a la misma oligarquía de antaño en el poder.

Porque en caso de que la comunidad internacional, el pueblo cubano y su oposición interna decidieran dar su voto de confianza ¿hasta qué punto esto garantizaría que luego sean ratificados e implementados los mencionados Pactos de DD.HH. y que se produzca una apertura hacia la democracia? El innegable razonamiento lógico, a la luz de la psicología mostrada hasta hoy por el régimen, conduce a la conclusión inequívoca de que esto nunca sucedería, de que esto sólo redundaría en una oxigenación inmediata de todos los resortes represivos del régimen y en una inmerecida legitimación internacional de la dictadura.

No pasaría a ser el Gobierno cubano económicamente más eficiente, sólo contaría con más recursos para dilapidar, cebar aún más sus millonarias cuentas en el extranjero y enaltecer sus delirios de grandeza. Ya la fiera probó la sangre y no se detendrá ante nada: un gobierno autocrático como el de los Castro, una vez liberado de estos instrumentos de presión política y con el tácito visto bueno que esto internacionalmente implicaría, jamás ratificaría los Pactos de DD. HH. sino que se volcaría con mayor saña que nunca, como ya se ha hecho patente, a reprimir el pensamiento disidente desde una posición más cómoda y distendida.

La Historia nos enseña que definitivamente hay gente que nunca cambia. Las tres décadas de maridaje con la desmerengada Unión Soviética evidenciaron que nunca fue el pueblo cubano el destinatario de aquella riqueza, y si no lo fue entonces ¿por qué suponer que lo sería ahora, cuando se han acumulado más aún la indolencia y la corruptela gubernamental?

Es muy cierto que la libertad de Cuba no depende de las acciones de ningún gobierno extranjero sino del valor y la sagacidad que sepa demostrar su pueblo, pero hacer todas las concesiones internacionales incondicionalmente sin que ese pueblo que dentro de la isla sufre, lucha o espera nada reciba no parece ser precisamente una ayuda.

Se cierra 2015 sin haberse percibido la más leve señal de distención hacia nuestros derechos cívicos, ni haberse logrado algo tan básico como la ratificación de los mencionados Pactos Internacionales de Derechos Humanos. En este contexto hacer regalías gratuitas al régimen totalitario de La Habana, justo ahora que se tambalea Caracas, sería una catástrofe estratégica para mi pueblo, y retrasaría varias décadas la llegada tan largamente sufrida de la democracia para la nación cubana. El tiempo dirá la última palabra.

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Por: Jeovany Jiménez

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