Revista Comunicación

Desaparecida. Capítulo III

Por Hluisgarcia

Campanario

Había pasado una semana y la excitación inicial de los hombres del pueblo ante la expectativa de cazar a otro ser humano se había transformado en la rutina y el tedio de la espera del cazador. Aunque las obligaciones domesticas habían quedado relegadas en un principio, tras el paso del tiempo volvían a ocupar su sitio en el día a día y lo que era una estricta vigilancia de las calles se había convertido en un paseo de pequeñas cuadrillas de vez en cuanto, cuando las obligaciones del campo o del ganado lo permitían. El ambiente era relajado y ante la falta de más incidentes, las personas sencillas de aquella población enseguida volvieron a sus costumbres.

Aquella mañana de domingo, el monaguillo, montado en la bicicleta de su padre, corría por las calles camino de la iglesia. Era muy temprano aún, pero su obligación era abrir la iglesia y comenzar a tocar las campanas, pues la primera misa comenzaría en media hora. Sacó de su bolsillo la gran llave de hierro e hizo girar la cerradura. Está cedió con un fuerte crujido, y el enorme portón se abrió rechinando sus goznes como si un grito alargado y contenido durante toda la noche escapase por la abertura. Abrir aquella iglesia a primera hora de la mañana era algo que siempre le ponía nervioso, pues aquel rechinar lo sentía siempre como una especie de aviso que le recordaba que se disponía a entrar en un templo oscuro y frío; tétrico, lleno de cuerpos inmóviles ocultos en la penumbra que le miraban con ojos muertos. Aunque conocía perfectamente cada una las estatuas de aquel lugar, cruzaba siempre la iglesia a la carrera hasta la sacristía, estancia que por ser bastante más pequeña, era el único lugar donde el niño se sentía seguro y a salvo en aquellas tempranas horas.

Tras abrir el gran armario de roble donde se guardaba el ropaje ceremonial y colocarse su túnica y su cordón en la cintura, se dispuso de nuevo a cruzar nuevamente la iglesia hasta el coro, pues allí se encontraba la puerta de acceso a las empinadas escaleras del campanario. Siempre, antes de comenzar a correr, se paraba en el quicio de la puerta de la sacristía y oteaba la oscuridad en dirección a la puerta del campanario. Era algo que no podía evitar. Sentía la necesidad imperiosa de comprobar que todo seguía exactamente igual a cuando él entro, como para confirmar que su presencia no había alterado a los espíritus del lugar. Y espíritus había seguro. El señor cura no dejaba de hablar de ellos. ¡Y demonios!

Tras asegurarse que todo era normal, el niño echó a correr. Sus pasos resonaban fuertes, apenas un segundo después de haber él colocado el pie en el suelo, de tal manera que sus zancadas no estaban sincronizadas con el ruido que producía su carrera. Esto era algo normal, le había dicho el cura. Se debía a la alta bóveda del templo, pero él siempre se asustaba. Más que el eco de sus pisadas parecía que alguien corría tras él, a escasos metros. Y aunque el sacerdote le había tranquilizado en numerosas ocasiones, el siempre corría como alma que lleva el diablo. A más pisadas resonando por el edificio, mayor velocidad. Así, llegaba siempre extenuado a la puerta que comunicaba con la torre del campanario, pero hasta que no la abría y la volvía a cerrar a sus espaldas, no se daba un respiro para recuperarse del esfuerzo. Esa era su rutina. –La rutina del miedo– le había dicho su padre en una ocasión. Y aunque le había aconsejado muchas veces que tratase de cruzar andando y así controlar su miedo, él nunca había podido hacerlo. Cada domingo, llegado aquel punto, apoyaba su espalda en la puerta y comprobaba como, una vez que él dejaba de correr, el ruido de pasos cesaba casi un segundo después.

Pero aquel domingo los pasos siguieron sonando durante varios segundos… ¡Y un enorme portazo sonó en la puerta principal de la iglesia!

El niño, aterrorizado, subió las estrechas escaleras a oscuras, con la cara llena de lágrimas y tropezando a cada dos pasos. Corrió hacia la luz del amanecer que iluminaba ya el campanario y que él veía desde la garganta oscura en que se había convertido aquella escalera. Ni siquiera pensó qué haría una vez llegase arriba, por dónde huiría. Solamente quería alejarse del templo lo más deprisa posible.

Y así llegó al último escalón, el que le dejaría en lo alto de aquella torre dominada por dos enormes campanas que él debería de haber comenzado ya a tocar, tirando de una gruesa cuerda que unía sus dos badajos. Siempre se agachaba para pasar bajo aquella maroma, pues cruzaba el campanario de lado a lado, ya que las campanas estaban enfrentadas. Pero en aquella ocasión, debido a su loca carrera, esperaba chocar contra ella. La sentiría de un momento a otro contra su cuello, quemándoselo, haciéndole caer al suelo. Quizás incluso rebotase para atrás y cayese escaleras abajo…

En lugar de todo eso, ocurrió algo inesperado. Su cara se clavó en algo blando y cálido. Instintivamente alargó sus brazos para protegerse del choque y sintió cómo se abrazaba a un cuerpo. Parecía vestir un suave vestido. A la vez, la dos campanas emitieron su estridente tañido. Aquello heló su sangre –¡Un espíritu maligno me ha atrapado y toca las campanas anunciando mi muerte– pensó. Calló de espaldas, sintiendo como su orina mojaba sus pantalones.

Desde el suelo levantó la cabeza. Sobre él había un chica joven. Estaba de rodillas y con la cabeza contra su pecho. No podía verle la cara. Parecía tener los brazos abiertos, como queriendo dar un abrazo, aunque más bien parecía estar haciendo una penitencia como otras muchas personas que el niño había visto en la iglesia, con los brazos en cruz. Enseguida se fijó que la cuerda para tocar las campanas pasaba por sus mangas y era la que sujetaba aquel cuerpo inerte. Porque era evidente que aquella mujer estaba muerta. Entonces se dio cuenta. El pecho de aquella mujer estaba manchado de sangre. Sangre que aún corría por las mejillas de aquella cara tapada por el pelo. Haciendo un titánico esfuerzo, el monaguillo se atrevió a levantarse y acercarse poco a poco, para mirar aquel rostro. Así pudo comprobar como la sangre, aún cálida y espesa, de un rojo intenso, manaba abundantemente de sendos crucifijos que tenía clavados en sus ojos. Las figuras de los cristos, bañadas en sangre, le miraban con diminutos ojos rojos y brillantes, con una expresión maléfica, terrible.

Trató de gritar. El monaguillo creía estar gritando como nunca lo había hecho en su vida. Un grito desgarrador que le arañaba la garganta y le daba la vuelta al estómago. La realidad fue que aunque abrió enormemente la boca, nunca salió un sonido de ella. Ni entonces ni nunca más a partir de aquella mañana. Aquella experiencia le dejó mudo para siempre.

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Aquella tarde, nuevamente, los hombre con influencia del pueblo se arremolinaban en el casino alrededor de la mesa del médico. El miedo los dominaba. Pero esta vez aquel hombre no se hizo de rogar. Se levantó y, levantando la voz para que todos le oyeran, comenzó a hablar:

Sé que el cura anda diciendo que el demonio ha sido, nuevamente, el autor de éste asesinato. Pero yo os digo que ha sido un hombre. He analizado el cuerpo con detalle. La chica ha sido estrangulada de la misma manera que la anterior. Y todo lo demás ha sido solamente una teatralización de la tragedia de su asesinato. Los crucifijos clavados en su ojos eran de la misma iglesia, y el rojo demoniaco que se desprendía de los ojos de sus imágenes no era nada más que purpurina. ¡Tenemos en el pueblo a un asesino que os quiere atemorizar!

¿Y por qué alguien de éste pueblo haría algo tan terrible? –gritó alguien desde el fondo del salón.

Pues no lo sé –respondió el médico. Pero os prometo que lo averiguaré.

Continuará.

Capítulos anteriores:

  • Introducción.
  • Capítulo 1.
  • Capítulo 2.

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