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Desastre de la Armada Invencible

Publicado el 07 febrero 2011 por Alma2061
Desastre de la Armada InvencibleLos historiadores británicos Colin Martin y Geoffrey Parker escribieron en 1987 un brillante ensayo dedicado a analizar la flota de guerra promovida por el monarca español Felipe II a finales de su reinado, que ha pasado a ser más conocida como la Armada Invencible. El siguiente texto es un extracto del epígrafe titulado “Vencedores y vencidos” en el cual se describe el desastre de la también llamada Gran Armada, acaecido en 1588.Fragmento de La Gran Armada, 1588.De Colin Martin y Geoffrey Parker.Parte cuarta, 13.Escribiendo alrededor de cuarenta años después, el biógrafo de Felipe II, Baltasar Porreño, minimizó el shock que causó el descubrimiento del fracaso de la Armada, y atribuyó a su héroe, por el contrario, una estoica indiferencia. «Contra los hombres la embié», se hace decir a Felipe cuando éste tuvo conocimiento de las primeras noticias, «no contra los vientos y la mar». Pero la correspondencia conservada del rey y sus ministros en el otoño de 1588 descubre una historia diferente –y mucho más reveladora. El 31 de agosto llegó a la Corte una misiva del duque de Parma. Aunque había sido escrita tres semanas antes, el día 10, constituía el primer informe completo y fiable que el Rey recibió respecto a los enfrentamientos en el Canal. Parma, por supuesto, sólo sabía, en el momento de escribir, que la Armada (tras perder algunos barcos) navegaba a toda vela rumbo al norte; pero estas noticias eran más que suficientes para provocar la inquietud del Rey. Intentó inmediatamente, desde su escritorio, retomar el control de la situación con su pluma. A Medina Sidonia, donde quiera que éste se encontrase, le escribió lo siguiente: «(la nueva de) la derrota que desde sobre Calés la forzó a tomar el temporal...me tiene con más cuydado que se puede encarecer». Pero urgió al duque que lo intentara de nuevo. Se permitió a sí mismo manifestar a Parma la esperanza de que Dios hubiera recibido el servicio que se pretendía hacerles, y de conseguir «el reparo de la reputación de todos, que está tan empeñado». Pero cuando el Rey releyó la carta, le asaltaron dudas y subrayó este fragmento. «Myrese si sería bien», dijo a su secretario, «quitar esto... pues en lo que Dios haze y es servido no hay perder ni ganar reputación. Y es mejor no hablar en ello». La autoconfianza del Rey había sufrido un rudo golpe. Al escribir a Parma ese mismo día, el 31 de agosto, Don Juan de Idiáquez admitía que:«no se puede encarecer la pena que causa ver que una cosa que ha costado tanto tiempo, dinero y trabajo, y en que va tanto servicio de Dios y del rey, se aya puesto en tal estado al punto que se estaba en víspera de coger el fructo de todo. Su Majestad lo ha sentido más que se puede creer, y si todavía no quedase alguna esperança en Dios de que podría averse servido de responder por su causa... no se cómo se llevaría un sentimiento tan grande... Cierto, este negocio no da lugar a tratar de otro, ni dél sin demasiada pena».Pero el tiempo no trajo alivio alguno. Muy al contrario, el 3 de septiembre un correo procedente de Francia trajo nuevas y más explícitas noticias referidas a la derrota de la Armada y su huída hacia el norte. Los encargados de descifrar el mensaje y los demás ministros del rey se acobardaron, y discutieron entre ellos quién había de llevar la noticia al rey. Al final la elección recayó en Mateo Vázquez, secretario privado y capellán con largos años de servicio; y lo hizo, aunque por carta, y con enorme azoramiento. Ciertamente, dio bastantes rodeos antes de entrar en materia. «Quien vio», comenzó con cautela, «al Rey Luis de Francia, siendo santo, y en una empresa tan santa, morírsele su exército de pestilencia, ser vencido y captivado, cierto que no puede dejar de temerse mucho este sucesso (de la Armada)». Quizás cabía elevar un número mayor de plegarias por su salvación, aventuró Vázquez. Pero esto era demasiado para el rey: «yo espero en Dios que no habrá permitido tanto mal», garabateó irritado sobre la carta, «como algunos deven temer, pues todo se ha hecho por su servicio».Y luego, silencio. Durante las tres semanas siguientes, no llegó a España información alguna fiable acerca de la Armada. Parma habla enviado una pinaza a Escocia tratando de localizar a la flota, pero ésta hubo de volver sobre sus pasos después de llegar hasta Leith sin tener noticia de ningún barco español. Don Bernardino de Mendoza, en París, había reunido multitud de noticias, pero en la medida en que muchas de ellas procedían de Inglaterra, no les dió crédito. Sin embargo, en lo que se refería a la flota de Isabel, hizo más caso a su información; y ésto sugería que los barcos de la reina se estaban reagrupando, quizás preparando un contraataque sobre España. Despachó un correo urgente hacia España, que llegó el 20 de septiembre. Los ministros del rey enviaron prontamente a los puertos de mayor importancia, órdenes por las que bajo ningún concepto se autorizaba, al regreso de la Armada, que se permitiera desembarcar a marineros y soldados. Habían de mantenerse en sus puestos, a toda costa, listos para enfrentarse con cualquier emergencia. Cuatro días más tarde se hizo patente lo insensato de todo esto, al producirse la llegada a la Corte de un andrajoso Don Baltasar de Zúñiga.Zúñiga, debe recordarse, se había separado de la flota el 21 de agosto, frente a las Shetland, «300 leguas de España en 61 grado», siendo portador de un completo informe de Medina Sidonia, Don Francisco de Bobadilla y otros, acerca de la evolución de la Armada en Canal y de su posterior e inmediato trance. Llevaba también consigo una serie de peticiones de vituallas, medicamentos y provisiones que habían de disponerse a la vista del inminente retorno de la flota. Pero la pinaza de Zúñiga había sido azotada y zarandeada por la misma tormenta que tanto daño había hecho a la flota —un retraso que habría de suponer un elevado coste en sufrimientos humanos, pues, mientras tanto, los restos de la Armada consiguieron arribar a varios puertos del norte de España antes de que lo hicieran los suministros de socorro.El 21 de septiembre, a dos meses del día de la esperanzada partida de La Coruña, y tras una odisea en la cual en ocasiones algunos barcos habían recorrido 8.000 km, Medina Sidonia arribó con 8 deteriorados galeones a Santander, Diego de Flores condujo 22 hasta Laredo, y Miguel de Oquendo arribó con cinco más a los puertos de Vizcaya. Dos días más tarde, apesadumbrado y enfermo, el duque dictó su primera carta al rey, su señor, desde suelo español:«Los travajos y miserias que se an padecido no se podrán significar a vuestra majestad, pues an sido los mayores que se an visto en ninguna navegación, y tal navío a avido de los que an entrado aquí que an passado 14 días sin vever gota de agua».Su propio barco hacía agua de tal manera, que había sido necesario ceñirlo mediante tres «maromas gruesas», para evitar que sus costuras se abrieran. Y hubo de efectuar el regreso así, literalmente envuelto en cuerdas. De los 500 hombres que partieron con el duque en julio, «se me an muerto 180 personas de enfermedad, y de quatro pilotos que troya, los tres dellos» (una eventualidad que quizás explica por qué, tras haber puesto rumbo al cabo Finisterre, «aviendo reconocido tierra... creyendo todos ser la de La Coruña... nos hallamos 100 leguas de aquel puerto, sin saver dónde ny cómo estávamos»). Durante el viaje, Medina Sidonia había dado los dos capotes marineros que llevaba consigo a un clérigo aterido de frío y a un grumete herido; sólo le quedaba ahora la delgada capa corta que llevaba. La mayoría de los supervivientes padecían disentería, tifus, o ambas cosas. En cuanto a él mismo, informó, «mi falta de salud se va continuando, y assi para ninguna cosa soy de provecho... y toda la gente de mi servicio, que eran como 60, se me an muerto y enfermado, de manera que con sólo dos me he hallado, sea nuestro Señor bendito por todo lo que a ordenado».El duque hizo lo que estaba a su alcance por sus desdichados hombres. Envió peticiones urgentes a las ciudades e iglesias del Norte de España, solicitando camas, ropas y (algo bastante más sorprendente) «mermeladas, conservas y almendras», para los 4000 supervivientes enfermos que se encontraban en tierra. Esta cifra aumentó gradualmente, según llegaban nuevos barcos. Algunos se encontraban en un estado lamentable. Según los documentos, la urca San Salvador de Calderón no dispuso de agua potable durante los tres últimos días de viaje, y la tripulación estaba demasiado débil para bombear a un ritmo que permitiera estabilizar el nivel de agua que penetraba en la bodega. La capitana de Oquendo. que había tocado puerto felizmente, resultó inmediatamente devastado por el fuego, al explotar su santabárbara matando a cien hombres de su tripulación. Otros desafortunados veleros bajo el mando de Diego Flores, al dirigirse directamente hacia la costa cantábrica, colisionaron unos con otros, bien porque carecían de anclas, o porque no tenían hombres que se hicieran cargo de las velas.En este momento, no se tenían noticias respecto a multitud de barcos, pero a principios de octubre comenzaron a llegar noticias acerca de las pérdidas en Irlanda. Resultaba difícil llegar a establecer con alguna certeza qué es lo que había ocurrido exactamente. Ni siquiera los supervivientes podían arrojar mucha luz al respecto: uno de los hombres del Trinidad Valencera estaba tan traumatizado por la experiencia que «resultaba difícil entender qué intentaba decir». Al preguntársele dónde se había hundido su barco, sólo fue capaz de «señalar sobre el mapa que se trataba del promontorio de Irlanda situado más al norte». Sin embargo, el 14 de octubre llegaron testigos que se encontraban en una mejor posición para confirmar los peores temores de los españoles. Aramburu y Recalde, tras haber escapado de Blasket Sound, regresaron a puerto con sus zarandeados barcos y extenuadas tripulaciones, y sin excesiva disposición, afirmaron que creían ser los últimos. Su informe fue enviado al rey. «Todo esto he visto», escribió Felipe, «aunque creo que fuera mejor no averlo visto según lo que duele».Hizo falta todo un mes para asumir la impresionante envergadura del desastre. El 10 de noviembre el rey escribió a su capellán y secretario, Mateo Vázquez, totalmente desesperanzado:«Yo os prometo que si no se vencen (estas dificultades) y se da forma en lo que tanto es menester, que muy presto nos habremos de ver en cosa que no querríamos ser nacidos. Yo a lo menos por no verla. Y si Dios no haze milagro (que así espero en El) que antes que esto sea, me ha de llevar para sí, como yo se lo pido, por no ver tanta mala ventura y desdicha. Y esto sea para vos sólo. Y plega a Dios que yo me engañe, mas creo que no hago, sino que havemos de ver más presto de lo que nadie piensa lo que es tanto de temer, si Dios no vuelve por su causa. Y esto bien se ha visto en lo que ha sucedido, que no lo haze que deve ser por nuestros pecados».El inventario completo de las pérdidas de la Armada era verdaderamente aterrador. De los 130 barcos que se hicieron a la vela hacia Inglaterra, sólo se contabilizaban ahora 60 —44 en Santander, 9 en San Sebastián, 6 en La Coruña, y uno (el Zúñiga) en El Havre. Algunos de los anotados como pérdidas puede que alcanzaran sus respectivos puertos sin que ello se reflejara en los registros oficiales —especialmente las urcas y pequeñas embarcaciones—, pero incluso en la hipótesis de la más baja de las estimaciones, un tercio de la flota había sido hundido o había naufragado. Las pérdidas más considerables las experimentó la escuadra de diez grandes buques levantinos de Bertendona, de los que sólo dos consiguieron regresar a salvo. En total, sólo 34 grandes barcos de guerra sobrevivieron a la campaña, y muchos se encontraban tan severamente dañados que resultaban incapaces de navegar. Y lo que es más, se encontraban dispersos en varios puertos a lo largo de 800 km de costa.Fuente: Martin, Colin y Parker, Geoffrey. La Gran Armada, 1588. Versión española de Julio A. Pardos. Madrid: Alianza Editorial, 1988.

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