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Diario de duelo, de Roland Barthes

Publicado el 07 febrero 2011 por José Angel Barrueco
Diario de duelo, de Roland Barthes
Leí hace (más o menos) un mes el magnífico Diario de duelo (Paidós) que Roland Barthes escribió tras la muerte de su madre. Me sirvió para tomar abundantes notas sobre un libro que estoy escribiendo, relacionado con ese y otros temas. No lo había reseñado aquí porque es un libro duro, áspero, incómodo porque habla de la pérdida en cada página, pero vi que en el Babelia de este sábado lo recomendaban y he recordado dicho diario y he decidido poner aquí unas cuantas entradas. En cada página hay unas pocas anotaciones, de modo que se lee casi de una sentada:
29 de octubre
Los deseos que yo tenía antes de su muerte (durante su enfermedad) ahora ya no pueden cumplirse, pues ello significaría que es su muerte la que me permite cumplirlos, que su muerte podría ser en un sentido liberadora respecto de mis deseos. Pero su muerte me ha cambiado, ya no deseo lo que deseaba. Hay que esperar –suponiendo que esto se produzca– que un nuevo deseo se forme, un deseo de después de su muerte.
***
10 de noviembre
Se recomienda “ánimo”. Pero el tiempo del ánimo era cuando ella estaba enferma, cuando la cuidaba viendo sus sufrimientos, sus tristezas, cuando me tenía que esconder para llorar. A cada momento había que tomar una decisión, asumir una figura, y eso es el ánimo. Ahora, ánimo querría decir querer vivir, y de eso ya se tiene demasiado.
***
12 de noviembre
Hoy –día de mi cumpleaños– estoy enfermo y no puedo –no puedo decírselo ya a ella.
***
18 de febrero de 1978
Creí que la muerte de mamá haría de mí alguien “fuerte”, puesto que accedo a la indiferencia de lo mundano. Pero ha sido todo lo contrario: soy todavía más frágil (normal: por una nada en estado de abandono).
***
18 de mayo de 1978
[…]
Pienso: mamá no está aquí y la vida estúpida continúa.
***
15 de junio
Todo volvía a empezar en seguida: llegadas de manuscritos, peticiones, historias de los unos y de los otros y, cada uno empujando ante él, despiadadamente su pequeña petición (de amor, de reconocimiento): apenas había ella desaparecido, el mundo me ensordecía con: todo sigue.

[Traducción de Adolfo Castañón]

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