Revista Cine

Diferentes

Publicado el 11 junio 2012 por Josep2010

Leroy acaba de regresar a su país: vuelve de la guerra que le ha llevado hasta las islas Filipinas donde ha dejado algún que otro amigo y está esperando licenciarse para regresar con su familia, allá en Tennessee, y mientras tanto pasa en la gran capital unos días de descanso y reincorporación a la vida civil.
Van de copas con los compañeros de armas, todavía usando sus uniformes, buscando el ligue fácil, dando tumbos sin sentido de un lado a otro en la noche urbana, tan distinta del ambiente donde creció. Leroy es un buen tipo, callado, casi avergonzado de su acento sureño porque alguno se mofa de él, tan poca cosa, apenas un soldadito que ansía dejar de serlo.
Una noche, tres de sus compañeros le dejan solo y se largan con un civil que parece disponer de bebidas en su apartamento: Mitchell, Floyd y Monty le dejan plantado, se lo quitan de encima, y luego Floyd, ya en la madrugada, le llama angustiado porque parece que ha habido un problema y Mitchell ha desaparecido y le busca la policía.
Y al cabo de dos días, un temeroso Leroy se encuentra frente al detective Finlay que le dice:
Hace 100 años, en Irlanda, se perdió la cosecha de patatas.
Muchos irlandeses emigraron aquí.
Hablaban de un modo distinto, como usted.
Su religión era diferente. Eran católicos.
Se instalaron en distintos lugares.
Uno de ellos, un granjero, se quedó en Filadelfia.
Trabajó y ahorró para comprar tierra.
Se consideraba un americano más.
Pero un día algo cambió.
Se había desatado el odio contra los católicos irlandeses.
Y se había extendido como una plaga.
Ya no era un americano más.
¡Era un puerco irlandés! ¡Un amigo de los curas! ¡Un espía de Roma!
¡Un extranjero que robaba puestos de trabajo!
No comprendía nada.
No sabía qué hacer.
No hizo gran cosa.
No podía.
Pero un día, un grupo de hombres atacó a su párroco.
Fue a ayudarle. Le escondió en un almacén.
Ese día, al volver del trabajo, quiso tomar una cerveza.
Cuando salió del bar, le siguieron dos hombres armados con botellas.
No pretendían matarle. Sólo iban a vapulearle un poco.
Sólo les guiaba el odio.
20 minutos más tarde, mi abuelo había muerto.
Eso es historia, Leroy.
No la enseñan en el colegio, pero es historia americana.
Thomas Finlay murió en 1848 porque era irlandés y católico.
Ocurrió muchas veces.
Resulta difícil de creer, pero es verdad.
La noche pasada, Samuels murió porque era judío.
¿ Ve alguna diferencia?
El odio siempre es igual, nunca tiene sentido.
Un día mata irlandés, al siguiente protestantes,
otro cuáqueros.
No es fácil detenerlo.
Puede acabar matando a quien lleva corbata,
o a la gente de Tennessee.

Richard Brooks fue un intelectual que por fortuna decidió que el cine era un medio idóneo para expresar sus ideas y así lo hemos comprobado ya en este bloc de notas: antes de que se le permitiera ocuparse de labores específicamente cinematográficas, ya empleaba con cierto éxito su tiempo como escritor y en una de sus novelas se basó John Paxton para escribir en 1947 el guión que le reportó más fama y reconocimiento, al servicio de la RKO que lo mismo rodaba una comedia -como vimos el viernes pasado- que encargaba a Edward Dmytryk la dirección de una película que se tituló Crossfire y recibió en castellano el título de Encrucijada de odios.
DiferentesUna producción económica -la RKO nunca fue lugar de grandes dispendios- para un metraje de menos de hora y media en blanco y negro con escenarios muy funcionales, minimalistas se podría decir buscando el halago pomposo y falso cuando permanece la sensación que ni a Dmytryk ni al productor Adrian Scott les importaba nada más que la idea que pretendían transmitir bajo la apariencia de una trama policial en la que algunos aspectos resultaban de actualidad como la vuelta de la soldadesca tras la contienda y las dificultades de reincorporación a la vida civil: matar deja huella.
Eso lo deja muy claro Keeley que viene a ser el militar con más graduación e influencia que cuida de Leroy y sus compadres, especialmente vigilando a Mitchell porque en una actitud celestinesca ha propiciado que la esposa de aquel se traslade en avión de la lejana California hasta la gran ciudad, para que al fin el reencuentro se produzca tras cuatro años de separación forzosa y Mitchell vuelva a ser lo que era antes.
Keeley lo dice sin ambages: he matado; a más de uno. Se lo dice a Finlay cuando éste, en sus pesquisas, empieza a interrogar militares. Soldados que regresan de una guerra iniciada por el régimen nazi.
Dmytryk hace de la necesidad virtud y consigue una concentración espectacular: mide al máximo el ritmo narrativo y mantiene la tensión de la incógnita y cuando ya el espectador ha llegado a la conclusión coincidente con Finlay sobre la identidad del asesino, sigue enganchando hasta el abrupto final la atención del espectador y vertiendo en sus oídos prestos las palabras que sostienen la idea que ser diferentes no debe conducir a la enemistad, y que sólo los ignorantes sienten temor a quien les es diferente, precisamente porque su propia ignorancia les impide asimilarlos.
El discurso de Richard Brooks, John Paxton y Edward Dmytryk se mantiene incólume y necesario en la actualidad pasados sesenta y cinco años: está claro que el racismo no se ha jubilado todavía y sigue presente y por ello es una buena oportunidad volver a esta pequeña joya y mientras comprobamos que no ha envejecido nada, aprovechamos para disfrutar del estupendo trabajo de los tres Robert:
Mitchum aporta su imagen fría y calmada al incorporar a ese militar al que todos acuden: la policía buscándolo como interlocutor válido con la autoridad necesaria, y los soldados -que ya no lo son, pues están licenciados- que han dependido de sus órdenes en el combate, para saber a qué atenerse respecto al problema suscitado.
Young compone con su prestancia habitual un policía atípico por lo tranquilo: un detective que pregunta sin imponerse, dando circunloquios socráticos y reteniendo en la memoria frases y miradas, moviéndose pausadamente sin dejar de acercarse al interrogado, obteniendo la respuesta como quien dice a plazos, uniéndolo todo como un rompezabezas hasta que le encaja el mosaico.
Ryan se muestra camaleónico desde su primera aparición: su estatura física se impone de inmediato y mientras Dmytryk mantiene la cámara fija, inmóvil a una altura, parece el propio personaje el que se sitúa en contra picado recibiendo de inmediato la importancia que tiene en la trama pero es cuando se sienta y la cámara le mira hacia abajo que sus ojos parecen sacar chispas y se adivina una vena rabiosa en su frente pálida mientras se muerde los labios para no soltar las palabras que surgen de su interior y luego se torna de repente afable y deseoso de ayudar en lo que sea.
DiferentesEsos tres Robert son sin duda la piedra sobre la que Dmytryk descansa los pilares de su joyita, con la inestimable ayuda de secundarios entre los que brilla como siempre la intensa Gloria Grahame como acompañante de pago y no puedo menos que llamar la atención sobre la brillantez de los diálogos que nos ofrece en una breve intervención otro secundario, Paul Kelly que con apenas cuatro frases crea expectación y desequilibrio sin que el ritmo decaiga a pesar de destinar unos preciados minutos a lapidar de forma inmisericorde las relaciones maritales en un número circense de la palabra bien escrita y el concepto rico, como una propina que director y guionista nos ofrecen por haber dedicado escasa hora y media de nuestras vidas a escuchar su propuesta, tan vigente todavía, un recordatorio al parecer eterno y necesario.
Absolutamente imperdible y recomendado verla en v.o.s.e. por supuesto, aunque el mayor placer se obtiene con la lección de interpretación corporal del grandísimo Robert Ryan.
Tráiler

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