Revista Cultura y Ocio

Dulce guerra – @dtrejoz

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

“Todo se vale en la guerra y en el amor” así reza el viejo adagio, y yo no termino de explicármelo. Porque si lo piensas un momento, verás que no existe relación alguna entre la guerra y el amor, no hay punto de comparación, no existe un lugar donde converjan. La guerra es inhumana, es en estos episodios donde se han dado las mayores barbaries de las que se tenga conocimiento. Muerte y destrucción, la guerra arrasa con ciudades enteras, con la flora y la fauna de las regiones, con la vida de miles de personas tanto inocentes como culpables, la guerra destruye hogares, familias enteras, su acción devastadora no hace excepción entre clases sociales. Por otra parte tenemos al amor. Nada es más humano y más divino que el amor. El amor es puro, eterno. El amor construye puentes donde el hombre en su arrogancia confiesa que hay abismos, el amor es vida y esperanza, la razón por la que soñamos un despertar para seguirlo intentando, el motivo que nos hace creer que sí podemos, la opción que nos abre las puertas a la posibilidad de despojarnos de imposibles. Hay tanto de fe en el amor, pero para nada se me parece a la guerra.

Ahora bien… es posible que hayan relaciones en guerra, pero eso es otra historia. Sé de parejas que “viven” enfrascados en una batalla por sus intereses, donde el respeto se perdió hace tiempo y donde cada quien permanece a la defensiva esperando el momento exacto para contraatacar. Ni siquiera vamos a llamarlo “vida”, porque se parece más a morir, no tiene caso alargar la espera en esos casos, sin embargo, he visto personas que se quedan durante mucho tiempo en una situación incómoda, denigrante, porque piensan que no habrá otra oportunidad para amar y sentirse amado, aunque lo que viven tenga más parecido a la muerte que otra cosa. A veces se queda uno por miedo a despertar solo, por el que dirán, por no tirar a la basura los años que se han compartido, por los hijos, por tantas cosas y personas ajenas a lo que importa…nosotros mismos. Eso es muy parecido a ser prisionero de guerra, cuando una persona no puede decidir por si mismo lo que quiere, cuando se deja gobernar por las dudas, por los miedos, eso es algo que no se puede permitir.

Otra cosa es cuando hablamos de sexo. Oooh sí. El sexo, por solo sexo, el que no lleva los sentimientos a la cama, ese sí que es una guerra… ¿oh acaso usted, querido lector, jamás ha hecho cosas despreciables por tener sexo­? ¿No guarda usted ningún recuerdo vil, ninguna acción oscura, ninguna madrugada de desenfreno, dejándose embriagar por la lujuria de una piel, de una boca…de una lengua? Voy a darle sesenta segundos más para que se despoje de toda su hipocresía y lo acepte…solo asienta con su barbilla, si quiere puede sonreír con malicia (yo no me daré cuenta)…

…pero tampoco con tanto descaro… ¿qué es eso? Nada de chuparse los labios.

Pues bien, yo sí tengo que aceptarlo, sino éste corto ensayo perdería credibilidad. Yo sí he tenido noches perdidas, de las que no me arrepiento. He tenido sexo por tenerlo, por lujuria, y las parejas del momento estuvieron de acuerdo, sexo sin compromiso, revolcones sin desayuno por la mañana, sin intercambiar números de teléfono, sin conservar las direcciones, y es lo más vacío que puede existir, llega el momento en que lo comprendes y lo evitas…no he dicho que te arrepientes.

Y un día, luego de perderlo todo, de reconocer que has cometido todos los errores que existían, luego de aceptar que quizás tu destino sea quedarte solo para siempre, porque ya no quieres que te hieran, porque ya no quieres complicarte, es ahí cuando encuentras a alguien que no buscabas, alguien que te despierta todos los sueños que tenías dormidos, alguien que saca todo lo bueno que hay en ti, te hace ser mejor, te hace reír, te hace comprender que lo que verdaderamente necesitas es eso, empezar de cero, conocer a alguien que no conozca tu pasado, alguien que esté dispuesto a amarte a partir de hoy   – literalmente –  y entonces encuentras el otro ángulo del polígono, donde ya no comparas el amor con la guerra, donde ya no piensas en el sexo como guerra por placer, donde el deseo se convierte en el deseo de dar amor, de hacer las cosas por la paz, de respetar a esa mujer como si fuera un ángel, porque quieres todo con ella y no vas a “cagarla” como tantas veces en la vida.

Y de paso en paso, de tarde en tarde, sin planearlo (lo juro)… llega el día.

Esa tarde regresamos de besarnos. Estuvimos en un café del centro compartiendo nuestros sueños, ella hablaba y hablaba de lo que soñaba…yo soñaba con sus labios. Tomamos un taxi frente al edificio del municipio, fuimos a terminar la tarde a mi apartamento en el Invu 3, ese lugar es un  caserío, muy accesible desde el centro de Alajuela, y mi apartamento de soltero, de escasos cuarenta metros cuadrados, estaba ubicado en un segundo piso, en un condominio de bonito aspecto, de acabados elegantes, y yo me esmeraba en ordenarlo los lunes, porque ya habían sido tres martes que ella venía a visitarme después del café, a terminar de robarse el ocaso desde mi ventana…y mis suspiros. Abrí la puerta y subimos. Al llegar arriba, luego del descanso de las gradas, se encontraba la pequeña y confortable sala, un sofá para dos, la pantalla de 42”, el home theater reproduciendo “Desde cuando” como solo Sanz lo sabe hacer  y una copa de vino para seguir soñando. Uno no planea esas cosas, lo juro. Un beso se salió de tono, incluyó una lamida exquisita que nos sacó de control, se nos movió el piso. Ese beso llevó a otro beso, y a otro, y a otro. Y esos besos a una caricia, y esa caricia a la aceleración del corazón. Ahora mismo me parece escuchar el ritmo de mi corazón bombeando sangre a discreción. En ese momento decidí que quería hacerle el amor. Sentado como estaba en el sofá, la tomé por la cintura y la puse de rodillas con sus piernas abiertas sobre mí, su escote se posó dulcemente frente a mis ojos, mis labios temblaban de deseo, y mis manos…mis manos…en mi defensa diré que cada vez que le sujetaba la cintura, enloquecía, entonces yo creía colgar del cielo. Yo no sé lo que decía, solo sé lo que sentía. Tenía una erección de campeonato mundial, y aun estando tan deseoso de amarla, de hacerla volar, de hacerle el amor de una manera tal que quisiera regresar, aun así no quería aventurarme a proponérselo, ustedes quizás me llamarán cobarde, tímido, ingenuo, yo solo quería hacerlo todo con cuidado, a su tiempo, no quería hacer algo que la asustase. Un beso se me escapó sin permiso. Mis labios se posaron lentamente entre la zona de sus senos que su escote dejaba ver. La vista se me nubló. Sentí sus labios besar mi frente, sentí el calor de su entrepierna quemando mi pantalón, sentí su pelvis apoyarse sutilmente en mi erección, y sentí como la guerra del amor abría fuego en nuestros cuerpos.

¿Recuerdan que la puerta quedó abierta y que estamos en un segundo piso?  – Ni se acuerdan!

Pues bien. La miré directo a los ojos con toda la inseguridad del mundo y le dije: – voy a bajar un momento a cerrar la puerta – y con esto pretendía averiguar si ella estaba dispuesta a dar el siguiente paso, porque cerrar la puerta significaba alejarnos de todo, crear nuestra intimidad, desatarnos los deseos. Ella me vio con una chispa de delicia en la mirada, con el deseo de ser amada humedecido en la sonrisa, y con un incendio de deseo devorándole la piel, y dijo: – Yo la cierro. (Me dijo que me estaba haciendo el amor con esa mirada, y fue tan intenso, que no pude imaginar cómo sería cuando nos quitáramos la ropa)

Desde afuera solo se pudo ver a una mujer bajar ansiosa las gradas de porcelanato, cerrar la puerta con cierta prisa mientras se acomodaba el escote y el deseo, y luego subió de nuevo para dejarme llevarla al cielo, le hice el amor con todo el amor que me quedaba en esa cama, porque la dulce guerra la hicimos en el sofá”

Y cuánta razón tenía Dyango… La culpa fue del primer beso.

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