Revista Cultura y Ocio

Dulce guerra – @soy_tumusa

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

El corazón tieso, mudo; la mente fría, al borde del abismo, en guerra conmigo.

Nunca había tenido tanto miedo como el que me recorre la piel ahora mismo, desde la punta de los dedos de mis pies hasta el último mechón de pelo de mi cabeza;  nunca tres minutos me habían parecido toda la eternidad; nunca pensé que dos rayas rosas en un palito de plástico golpearan así de fuerte.

Con los ojos negros por el rimel, hinchados de haber llorado durante poco más de una hora, aquí yazgo, tirada en el suelo del cuarto de baño, apenas sin fuerzas para poder levantarme. El reloj se paró a las 12:40 y con él, mi mundo. Ahora mismo todo es abismo y yo queriendo saltar. Siempre me gustó caminar por el borde arriesgando, pero, ahora, ahora me sostengo con una sola mano y estoy lista para caer. Vuelvo a mirar el dichoso palo de plástico, pero por mucho que mire esas dos rayas rosas siguen en el mismo lugar, más vibrantes que al principio, golpeando más fuerte en cada parte de mi piel.

Con la mano aferrada al “Predictor” y la otra a mi móvil, lucho con la agenda intentando localizarle. Mi mano tiembla demasiado, casi tanto como mi corazón derrumbado; <<Sé que no son horas, estará trabajando y nunca le llamo sin avisar>>, habla mi mente en guerra. Pero él ha de saber que nuestra locura y toda esa pasión desatada acaban de convertirse en llanto y miedo, en vacío y ruinas. Algo dentro de mí se está formando, sin ni siquiera saber yo si lo que tengo con él está a medio construir… En mi cabeza la misma frase se repite sin cesar… él no la dejará por ti.

Lo que duelen las palabras que no se dicen, casi tanto como las miradas que no se miran y los gestos que no se tienen; después de dos mensajes en su buzón de voz, tres días sin saber de su presencia, se me encogió el alma. Mi mente no podía asimilar cómo ante esta situación no medió palabra alguna, no quiso saber, ni una mísera llamada, ni un triste mensaje. En esos tristes días supe lo que era el vacío, las ruinas y el desengaño y, aferrándome a los malos recuerdos, a los días que eran grises porque él no venía, al daño que me producía su ausencia cuando estaba con ella, conseguí sobrevivir.

Aquel frío mensaje me llegó a las dos de la mañana. Fría y petrificada, mis ojos no daban crédito a lo que leía, “Deshazte de eso y todo seguirá igual. TQ”. Me rompí, desde aquella noche fui pedazos que intentaban unirse, pero no podían porque las cicatrices eran inmensas. Cuánto lamento haber tropezado en la piedra equivocada, me digo una y otra vez, lamento haberme creído que era yo por encima de su familia, su casa, su trabajo… Lamento cada hora compartida, esos besos que no eran míos y lamento que la vida que engendra mi ser, en parte, le pertenezca.

Llegó el momento, es hora de huir, pero ahí estaba yo, sentada en el quicio de la cama mientras mi cabeza se debatía en una dulce guerra entre mi corazón y mi alma contra mi cabeza, esperando a ver quién gana, si un “No lo quiero” o  un “Tenlo, ya es parte de ti”.

Mírame, ahora estoy aquí, viva, desnuda frente al espejo, observando cada nueva curva de mi cuerpo. Me gusto, sonrío. Mi corazón ganó la batalla y el latido del suyo ganó mi guerra y llenó de vida la mía y completó los vacíos y apartó las ruinas y los miedos y ahora realmente sé mucho más del amor de lo que yo pensaba, sé que quiero paz y sé que es contigo, hijo.

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