Revista Cine

'El árbol de la vida': Sinfonía sobre la fe

Publicado el 22 septiembre 2011 por Bill Jimenez

Por Elisenda N. Frisach

Desde la convicción de que todo galardón es relativo y de que, en realidad, su presencia o ausencia ni confirma ni desmiente la calidad intrínseca de una obra, hay que decir que las películas ganadoras en las tres últimas ediciones del Festival de Cannes (La cinta blanca, Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas y El árbol de la vida) son rotundas demostraciones de la potencialidad de un arte, el cinematográfico, a menudo demasiado limitado por la rentabilización de sus nada económicos costes.

En este sentido, es difícil creer que este tipo de piezas, exigentes con el espectador, logren recuperar la inversión empleada en ellas, y mucho menos obtener beneficios; aunque es justo señalar que el filme de Terrence Malick cuenta con varias ventajas al respecto, tales como el idioma en que está rodado, su nacionalidad o la presencia de dos estrellas de Hollywood en su reparto. Sin embargo, aquí empiezan y terminan las similitudes con cualquier otra realización al uso de la industria yanqui.

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Construido con una estructura sinfónica de varios movimientos, con sus pausas, sus cambios de ritmo y sus leitmotiv, y asentado su guión sobre el stream of consciouness de los personajes que el director americano ha acuñado con maestría a partir de su soberbia La delgada línea roja, su último trabajo es un ambicioso tratado de metafísica expuesto mediante un viaje paralelo a través de la memoria individual (la de la infancia de Jack O’Brien, interpretado por Sean Penn) y colectiva (la del origen del universo). Los dos procesos complementarios que vive el protagonista, como niño y como adulto (el del desengaño de la madurez y el de la alegría del perdón), finalmente devienen una loa al amor en tanto sublimación de la condición humana. La religiosidad de Malick, presente en toda su producción desde los esbozos panteístas de su misma ópera prima, la más sombría Malas tierras, da una respuesta afirmativa a la existencia de Dios, y lo hace como un verdadero creyente, sin prédicas ni escolasticismo, solamente por medio de un discurso visual sutil y hermoso, emocionante y honesto, donde el espectador es arrancado de su papel de simple voyeur e invitado a la comunión misal, a una celebración activa del sentido de la trascendencia. La película discurre pausadamente merced a un estilo preciosista y alambicado, basado en una serie de recursos prototípicos del realizador: la enfatización de la presencia de la cámara, bien sea por su colocación atípica o por sus hipnóticos movimientos; los primeros planos y los planos-detalle que se rinden a la expresividad del rostro humano o a la belleza cotidiana de unas manos callosas o de los pies de un bebé; la delectación en la magnificencia de la naturaleza (y, en este caso, también del cosmos), recogida en admirativos planos generales, etc.

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De una exquisitez sensorial abrumadora, la cinta fluye en una corriente de símbolos y sensaciones que envuelven progresivamente al público, hasta sumergirlo en la revelación y la epifanía. De hecho, su autor rompe con las convenciones de la narrativa clásica en busca de una experiencia fílmica que, como la fe, se asiente más en la intuición que en la racionalidad; una dualidad que conforma toda la existencia humana y que por ello patentiza sus tensiones a lo largo del relato: mente y corazón, divinidad y naturaleza, padre y madre, sumisión y libertad, sufrimiento y gozo…

Con El árbol de la vida Terrence Malick ha dado a luz una obra tan absoluta, tan apabullante, tan capacitada para superar los constreñidos márgenes del artefacto artístico que es fácil caer en análisis extrafílmicos para atacarla o elogiarla. Sin embargo, hay que evitar semejante tentación y juzgarla en tanto obra de arte, cuyas innumerables cualidades me aventuro a afirmar que harán de ella un clásico del cine espiritual de la categoría de Ordet o Stalker. Ni siquiera la discutible elección de un actor limitado como Brad Pitt para un papel tan complejo empaña el conjunto. Y es que no hay que olvidar que, cimentada temáticamente en el caudal filosófico y religioso del director (el episcopalismo, Heidegger…), la película también se nutre de referencias culturales, de ahí la cuidada selección musical que arropa los momentos más sublimes del filme (con piezas de Preisner, Taverner, Gorecki, Smetana…) o las múltiples alusiones cinéfilas que lo pueblan, yendo desde 2001: una odisea del espacio de Kubrick hasta Persona de Bergman.

Decía Kirkegaard que “todo individuo que no vive poética o religiosamente es un tonto”; El árbol de la vida sacude ese anonadamiento que nos imponen las vanidades humanas (dinero, fama…) y nos devuelve la mirada primigenia del niño, el sentido de lo milagroso, el asombro reverencial ante  el ilimitado prodigio de la creación.


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LOS COMENTARIOS (2)

Por  Fotografia y Contingencia
publicado el 25 septiembre a las 19:25
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Cuando dices absoluta y apabullante, ¿quieres decir pretenciosa, efectista y grandilocuente? Por no hablar del fallido final que buscando el final lacrimógeno se acaba perdiendo en su propia sensiblería. Lástima de Malick. Debe haberle sucedido como a Eastwood con su "Más allá de la vida" (y el aburrimiento), ve el final cerca y prefiere renunciar a buen guión y una película solida a cambio de un mensaje de angelitos, esperanza y vida más allá de la muerte.

Por  cimientos
publicado el 24 septiembre a las 21:12
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recomiendo Leer los articulos y ya luego despues del conocimiento ;entonces Opinar sobre los mismo , nosolo leyendo el encabezado no podemos dicernir de lo q. se trata...Gracias por permitirme opinar. Vendiciones

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