Revista Cine

'El árbol de la vida' (The tree of life, 2011) de Terrence Malick

Publicado el 20 septiembre 2011 por Loquecoppolaquiera @coppolablogcine

EL ÁRBOL DE LA VIDA (THE TREE OF LIFE, 2011) de Terrence Malick
Siempre me ha fascinado el prólogo de 2001: Una odisea del espacio (1968, Stanley Kubrick) por lo que representa. La genial idea de Kubrick de iniciar su relato, ambientado en un tecnológico y avanzado año 2001, en el amanecer del hombre (The Dawn of man, versaba el sugestivo rótulo), significaba retrotaer el preámbulo de su historia, y de cualquier historia, al punto de origen más lejano que se pueda pensar.
Terrence Malick (no sé si cineasta, místico, filósofo o todos ellos) utiliza esta idea para su inclasificable y maravillosa El árbol de la vida, film que arrebató, con razón, la flamante Palma de Oro de Cannes a un claro favorito: el cineasta Pedro Almodóvar por La piel que habito (2011). El árbol de la vida, tras unos pocos minutos transcurridos en los que se presenta brillantemente a una familia de los años 50 que ha sufrido una irreparable pérdida, nos sumerge en una fascinante digresión no esperada sobre el origen de la vida. Hasta hace muy poco creíamos que el citado prólogo de Kubrick conllevaba situar el origen de un relato al punto más lejano posible. Estábamos equivocados. El valiente Malick, en pleno 2011, se atreve a situarlo aún más allá y seremos testigos, así, de las partículas existentes en el principio de los tiempos que, repartidas por el espacio infinito, van creando poco a poco galaxias y planetas; y de cómo va surgiendo vida, mucho más tarde, en el planeta Tierra, comenzando en el mar. Hubo espectadores que tiraron la toalla. Conté en la sala de cine hasta ocho deserciones. La gente se levantaba y salía, sin más. Curioso, tal vez, pero no sorprendente. El cine de Malick siempre ha gozado de denominadores comunes que en El árbol de la vida se aprecian quizá más que en otras ocasiones. No se utiliza un esquema que podríamos denominar clásico y que convertiría a este film en un melodrama común. En vez de eso, utiliza los recursos más puros y esenciales del cine como vehículo para transmitir emociones y sensaciones. Se sirve únicamente del poder de la imagen para hilvanar su narración y por eso apenas necesita diálogos, que suelen ser en off y, dicho sea de paso, necesarios para transmitir los pensamientos de los personajes. Al respecto es importante señalar que los múltiples narradores son frecuentes, sobre todo en sus últimas películas. Además, ante una cinta de Malick, muchos son los afirman que no sucede nada en su magnífico edificio de imágenes impolutas. Nada más lejos de la realidad. En un plano que pudiéramos extraer al azar de El árbol de la vida, tan sólo en uno, la riqueza de sus símbolos es absoluta. Estamos ante un cine que no se termina de ver nunca.
EL ÁRBOL DE LA VIDA (THE TREE OF LIFE, 2011) de Terrence Malick
En este film asistimos a una espiral de imágenes, una tras otra, en las que sin un orden riguroso de lo que sería un montaje tradicional (otra característica de su cine) podemos ver algo así como diferentes aspectos de la vida: un recién nacido con un pie tan pequeño que cabe en la palma de la mano de su padre (Brad Pitt), imágenes del cielo, niños descubriendo la vida a través del juego, insertos de montañas, cataratas, playas, una mujer jugando con una mariposa… Todo forma parte de lo mismo y los seres humanos somos una ínfima parte de un vasto mosaico que en su totalidad denominamos Universo, o lo que es lo mismo según Malick, vida. El árbol de la vida se ha de calificar como una experiencia cinematográfica única y aceptarla como un regalo, como hace Malick con la vida. Es una película para dejarse llevar y dar rienda suelta a nuestros más recónditos sentimientos y pasiones. Lo más asombroso que se descubre en ella es el poder sin límites del cine en manos de su director. De sus bellísimas imágenes se desprende un arte que parece nuevo, como si acabara de inventarse. Terrence Malick exprime cada plano a su antojo para devolver al cine su definición de historia contada en imágenes. Esto puede sonar a obviedad, pero el cine en estado puro que es creado por Malick, no sólo no está al alcance de cualquiera, sino que está en vías de extinción. 
EL ÁRBOL DE LA VIDA (THE TREE OF LIFE, 2011) de Terrence Malick
Terrence Malick muestra la esencia de la vida con su cámara a través de la vida misma. Parece decirnos que Dios está en cada rincón, en cada atributo, incluso en la muerte, que forma parte de ella. La película está impregnada de un misticismo judeocristiano patente, con poderosas dosis de panteísmo spinozista, en el que Malick cree y nos invita a creer. Al margen de aceptarlo o no, a la salida de la proyección se ha conseguido un estado de ánimo óptimo, vigoroso, espléndido, estoico. El film deja buen sabor de boca e influye optimismo. Nos recuerda el valor y la belleza de la vida pese a los malos momentos. Como en aquélla sentencia que Heráclito formula cuando se está calentando del frío ante un horno de pan: "También aquí hay dioses".
El cineasta americano Terrence Malick, leyenda viva del cine, consigue con su quinta película un espléndido ejercicio cinematógrafico, una de esas obras en las que no se puede dejar de pensar durante días. En sus imágenes hallamos únicamente cine, puro cine, pura poesía, puro sentimiento, pura obra de arte. La experiencia que produce su visionado se acerca a lo místico, a lo religioso. Será imposible superar o siquiera igualar una mirada tan profunda, tan íntima, tan introspectiva, que ya merece estar entre los mejores films americanos de los últimos treinta o cuarenta años.
EDUARDO MUÑOZ


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