Revista Espiritualidad

El buen psicoterapeuta (y 2)

Por José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta

Si en el último post hablamos del "buen paciente", hoy debemos hablar del "buen terapeuta". ¿Qué es un buen terapeuta? ¿Es una persona como las demás o es alguien distinto o superior en algún sentido? ¿Su secreto está en sus conocimientos, su forma de ser, algún tipo de talento o en un poco de todo eso? ¿El terapeuta nace o se hace? ¿Todos los buenos terapeutas son iguales o habría muchas formas de hacerlo "bien"? Etcétera. Siempre desde mi experiencia personal de muchos años como paciente y, más tarde, como terapeuta, expondré aquí mi modelo al respecto.

El buen terapeuta es, ante todo, un neurótico como los demás. Pero es un neurótico que lo sabe y por ello hizo (y sigue haciendo) todo lo posible (terapias, autoanálisis, etc.) para reducir las consecuencias. En esto sí es distinto de los demás. Su conciencia y experiencia en asuntos emocionales, sobre todo los inconscientes, le dan una cierta ventaja, una mayor perspectiva sobre sus clientes, gracias a lo cual puede precisamente ayudarlos. Porque un ciego no puede guiar a otro ciego, pero un gran miope, sí.

El buen terapeuta está, pues, algo más "sano" que su cliente. No porque ya dejó de sufrir, es feliz para siempre, etc. (tales cosas no existen), sino porque ya descubrió, aceptó y aprendió a convivir con sus heridas. Se liberó en gran medida de sus principales miedos, culpas y bloqueos, de modo que puede vivir con un mínimo de síntomas y una razonable espontaneidad y autorrealización personal, pese a sus traumas. En otras palabras, se conoce mínimamente a sí mismo.

Por eso es también fundamentalmente honesto. Esto significa que, además de la sensibilidad, inteligencia y conocimientos que necesita para su trabajo, posee también una gran bondad y un alto sentido ético. Su vocación principal es ayudar a los que sufren, y todo lo demás es secundario. Se ciñe por ello escrupulosamente a las normas técnicas y deontológicas de su oficio y, cuando lamentablemente se equivoca, se apresura a disculparse y/o analizarse interiormente (a veces con ayuda de otros profesionales) para que no vuelva a sucederle.

El buen terapeuta no es egocéntrico, soberbio ni autoritario. Es llano, respetuoso y afectivo con sus clientes, pero siempre sin "fusionarse" con ellos ni utilizarlos en ningún sentido. Sus principales necesidades afectivas, sexuales e intelectuales ya las tiene resueltas, de modo que no los necesita para "ser feliz". Por eso puede atenderlos con desapego y neutralidad, como si fuera un gran espejo.

Debe también poseer una cultura general y una experiencia vital lo más amplias posibles, así como un espíritu crítico en lo social, a fin de empatizar mejor con cualquier clase de persona, desde el ignorante o el catedrático hasta el obrero o el rey. Ahora bien, ni por un momento se le ocurrirá pensar que "ya lo sabe todo", ni dejará de aprender y crecer gracias a sus consultantes. La mayoría de éstos poseen experiencias y recursos que el terapeuta no tiene, o han sufrido tormentos que éste no puede ni soñar. Por eso el buen terapeuta se limita a ofrecer con humildad a cada persona lo que buenamente puede, que es comprensión, apoyo, orientación y, sobre todo, conciencia.

El rol del buen terapeuta es complejo, hermoso y no muy fácil de entender por quienes -clientes o terapeutas- no lo han experimentado en sí mismos. Digamos que es una especie de "mezcla" dinámica de funciones de madre, padre, cómplice, abogado, entrenador y maestro, todo ello en proporciones variables según cada caso y cada etapa de la terapia, y desde luego siempre hasta cierto punto y sólo transitoriamente. Hay un finísimo "cristal" terapéutico entre ambos, que los protege y nunca debe quebrarse. Todo esto confiere al terapeuta un gran poder que, sin embargo, sabrá administrar con el máximo respeto, sensibilidad y lucidez.

La paradoja del buen terapeuta es que, en última instancia, su principal herramienta de trabajo no son sus conocimientos, sus métodos, etc., sino él mismo. Su propia personalidad. Es dicha personalidad -distinta en cada terapeuta- la que, configurando su estilo, su arte, su modo de sentir y trabajar, determinará finalmente, junto con la personalidad del cliente, la calidad del indispensable vínculo terapéutico. Al contrario de lo que suele creerse, no son las técnicas por sí mismas las que ayudan, sino las relaciones humanas de las que forman parte.

Tales son, en fin, a mi entender, algunos de los rasgos que caracterizan a un buen terapeuta. Éste es, al menos, el modelo en que creo. La mayoría de terapeutas tenemos el nuestro y, pese a nuestros inevitables errores, nos esforzamos cada día por realizarlo.


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