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El dilema del escribidor inédito (y pardillo)

Por Ninyovampiro @ninyovampiro
El dilema del escribidor inédito (y pardillo)
Hace unos pocos años me di cuenta de que, si cogía los relatos que había escrito en mis ratos libres y los arrejuntaba, podían recordar vagamente la forma de una novela. Por lo tanto, entre nosotros, y en aras de la siempre necesaria brevedad, llamémosla así.
Continúo. Un día decidí que si la novela en cuestión estaba condenada a pudrirse en el disco duro, no perdía nada con dejarla que conociera mundo y que tuviera la libertad, si así lo quería, de pudrirse en el disco duro de algún editor. Así que empecé a enviarla a editoriales grandes y pequeñas, nuevas y viejas, conocidas e ignotas, siempre y cuando aceptaran manuscritos en formato digital, que no está el horno para impresiones. Cualquiera que haya hecho lo mismo, conoce de sobra la silenciosa experiencia que viene a continuación. En mi caso, no obstante, por muchas negativas y silencios que recibiera, el desánimo fue incapaz de cundir, dado que en ningún momento me había hecho demasiadas ilusiones.
El dilema del escribidor inédito (y pardillo)
No soy escritor. No tengo esa imperiosa necesidad de escribir que, dicen, tiene que tener todo escritor. Tampoco estoy dispuesto a realizar según qué sacrificios: levantarme a las 6 de la mañana para arañar un par de horas antes de que se levante toda la casa, sí. Encerrarme mañanas y tardes para escribir mi gran obra mientras mis hijos crecen y juegan y se pelean, no.
Luego está la cuestión del talento. Ya lo sé: ésta debería ser la primera cuestión. Lo sería en un mundo justo, donde los buenos escritores triunfan, y los petardos no. Yo, además de no ser escritor, tampoco soy bueno, pero, eso sí, sé escribir por lo menos igual de mal que algún que otro exitoso petardo. Claro que, bien mirado, eso no tiene mucho mérito.
Y todo este preámbulo viene a cuento porque hace unos días recibí el mensaje del director de una pequeña editorial que le encuentra "calidad literaria" a mi obra. Añadió, no obstante, que el aspecto comercial no lo veía del todo claro. Y yo que esperaba justo lo contrario, que mi novela fuera un bodrio y se convirtiera en best-seller...
El dilema del escribidor inédito (y pardillo)
No obstante, me volvió a escribir y al final quedamos en vernos en su oficina. En la charla que tuvimos, me dijo que, a pesar del título algo ordinario que le he puesto a la obra, se trata, en el fondo, de una historia tierna (no es el adjetivo que yo hubiera utilizado; es más, jamás pensé que pudiera escribir algo tierno); alabó la recreación de una época, señalando que eso siempre es un valor literario, y, lo más importante, dijo que la obra es publicable. No sé si es que de repente había visto claro el aspecto comercial. Intuyo, más bien, que en aquel primer mensaje quería contener mi entusiasmo, o a lo mejor, simplemente es un poco despistado. De hecho, esa es la impresión que me dio al conocerlo y ver la oficina, con cajas de libros amontonadas por todas partes, que apenas nos dejaban sitio para sentarnos. Entre otras virtudes, aparte de apasionado por la literatura, me pareció, sí, un hombre un poco despistado y caótico, características, me parece, fundamentales en un hombre de letras.
Naturalmente hay un pero: me ofrecen ir al 50% en beneficios y en costes de la primera edición. Ya sabía que no iba a tener a Anagrama y Tusquets peleándose por mi manuscrito, y supongo que, a diferencia de otras formas de publicación, un 50% por parte de la editorial supone una apuesta medio real por la obra. Aun así, siento cierto recelo, al ser la primera vez. Me siento como un adolescente virgen que, a punto de echar su primer polvo, ve sorprendido cómo la chica, antes tan tierna y dulce, de repente extiende la mano.
No dudo de la honradez de este editor. Fue sincero al advertirme que no me hiciera ilusiones sobre el éxito de la obra en el caso de que finalmente se publique, y contestó sin divagaciones las pocas preguntas y dudas que me surgieron. Si las primeras impresiones tienen algún valor, pondría la mano en el fuego por su integridad.
Así que las dudas no vienen por ahí. Simplemente, la verdad, no tengo ni pajolera idea de lo que implica publicar un libro de esa manera. Así que tengo un par de semanas por delante para acabar de pensármelo, y esperar que en septiembre no se le haya vuelto a oscurecer el aspecto comercial.
Mientras tanto, Alfaguara, Acantilado y compañía tienen todavía tiempo de pujar. De lo contrario, quizá tendrán que lamentarlo...

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