Revista Arte

El fulgor nocturno de la imagen, la Luna retratada, y el Arte.

Por Artepoesia
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Desde siempre la luz ha sido sinónimo de verdad, de conocimiento y de clarificación. La ausencia de ella, la oscuridad, ha sido y es motivo de desesperación, incapacidad, miedo o inconsciencia. Pero, hay una luz diferente, en donde la verdad no es lo que más importa, y en donde el conocimiento va más allá de lo que entendemos, generalmente, por él. Es la luz de Luna. Cuando basta, sólo, iluminar un camino, una estancia, una mente o un corazón.
¿Cómo los pintores, a lo largo del tiempo, han representado al cambiante satélite? Unos (Dalí), sin definición ni forma alguna, que con sólo su reflejo y sensación ayuda, por ejemplo, al filósofo, al sujeto pensador destinado a presenciarla, a encontrar la lucidez de lo profundo. Otros (Spilliaert), con lejana y tenebrosa vaguedad, sumida en las brumas de una noche intempestiva, sólo acompañada, en este caso, de sus acólitas lámparas, lastimeras y artificiales, de una ciudad. Algunos (Van Gogh), pocos, con la creatividad de los colores inéditos de la noche, donde aparece la Luna languideciente, menguante y desfigurada, todo un prodigio de genialidad artística. Siguen otros creadores (Manet) que la contrastan entre la oscuridad y la luz, en el comienzo de su sentido, cuando los azules celestes aún palidecen antes de morir, sobre un fondo casi negro de pronto. Entonces, su luz no ilumina del todo, pero ya no hay luz, ni grandes sombras, sólo ausencia de color.
Hay autores (Rousseau) que la pintan poderosa, completa y magnánima, en un mundo donde únicamente iluminan el alma de los seres que la viven, el resto no importa para nada; sólo ella y a los que ilumina con su luz. Luego, otros pintores (Allston), la muestran creadora de formas y de sombras, como en una maravillosa competencia solar. Aquí vuelven, de nuevo, la vida y las cosas a ser otra vez.  Su reflejo visible lo hace todo palpitar, pero de otro modo a como la luz directa de su estrella dadivosa, el Sol, lo hizo antes. Aquí todo se ve de otra manera, las ideas y las imágenes se clarifican aún más en lo concreto, en lo importante. Es cuando lo que se ve es lo que se mira, y nada distrae, ni deforma, ni acontece.
Después (Turner), finalmente, la Luna decide emular a su dador de luz con un fulgor exultante. En este lienzo todo se vislumbra, se sospecha y se confunde. El autor decide mostrarla como un resplandor tamizado de noche; poderosa, benefactora e impactante. Se ve y sus efectos se perciben, pero sigue la oscuridad reinando en sus reflejos. Sólo el ser humano cambia el color de la noche con el fuego, también refulgente, pero cálido, aterrador, seguro y poderoso.
(Cuadro de Dalí, Filosofía iluminada por la luz de la Luna y el Sol poniente, 1939; Cuadro de tinta china y pastel Claro de Luna y luces, 1909, del pintor simbolista belga Leon Spilliaert, 1882-1946; Óleo de Van Gogh, Paseo a la luz de la Luna, 1890; Cuadro Luz de Luna sobre el puerto de Boulogne, 1869, del pintor francés Manet;  Óleo del pintor naif francés Henri Rousseau, Noche de Carnaval, 1886; Óleo Paisaje de luz de Luna, 1809, del pintor norteamericano Washington Allston, 1779-1843; Óleo del pintor inglés Turner, Gabarras de Noche al claro de Luna, 1835.)

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