Revista Cultura y Ocio

El General Narváez

Por Manu Perez @revistadehisto

Cuando el sacerdote que asistía al General Narváez en el momento de su muerte le preguntó si perdonaba a sus enemigos, éste respondió:

No tengo enemigos, los he fusilado a todos.

En otra ocasión anterior, un Secretario de su Gabinete se negó a firmar un decreto ley que no le gustaba. El funcionario dijo:

“Antes de firmar esa Ley, me corto la mano”,

El General Narváez le contestó:

Usted firmará y no se cortará ninguna manita, con la derecha firmará la Ley y la izquierda la necesito yo para rascarme los coj…

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El General Narváez

Ramón María Narváez y Campos, I duque de Valencia y Grande de España ((Loja, Granada), cinco de agosto de 1799 – Madrid, 23 de abril de 1868). Conocido como El Espadón de Loja. Hijo de una familia noble descendiente de los conquistadores de Granada. Recibió una buena educación. Muy joven ingresó en la escuela del selecto cuerpo de Guardias Valonas[1]. De un total de 80 alumnos, solo seis fueron seleccionados y recomendados al Rey para su ascenso en ese Regimiento de élite; entre ellos se encontraba Narváez.

Fue nombrado Alférez supernumerario de la Guardia Real en 1821. Durante el Trienio Constitucional (1820-1823) se decantó por los partidarios del liberalismo. Integrado en el Batallón Sagrado Evaristo San Miguel, líder exaltado, tuvo un papel destacado en la lucha contra la sublevación absolutista de la Guardia Real en Madrid, en julio de 1822, y sirvió bajo el mando de Francisco Espoz y Mina[2] en la guerra contra los realistas en 1822, en Cataluña, y contra los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823, con extraordinario valor, donde fue hecho prisionero, permaneciendo en Francia hasta 1824. En la Primera Guerra Carlista se ganó su prestigio como militar, y en la revolución contra Espartero se hizo el General más famoso del país. Al parecer, y en contra de sus deseos, llegó a Presidente del Gobierno, y aunque carente en absoluto de experiencia política, gobernó con habilidad y acierto.

“Su instrucción era incompleta, pero su talento clarísimo y su capacidad lo suplieron todo”,

dijo de él Fernández de Córdova, entonces Ministro de la Guerra. Sin los golpes de mal genio, que utópicamente se le atribuyen, tuvo una especial aptitud para presidir los Consejos de Ministros sin haber ocupado antes ningún otro cargo civil, manteniendo en ellos una especie de solemnidad grave. Nunca interrumpía ni permitía que se interrumpiese a ningún ministro mientras hacía uso de la palabra; pero si la discusión salía del objetivo principal a debatir, procuraba encauzarla en seguida, y siempre con mucho acierto y tino.

Narváez fue un político liberal, sin llegar a extremismos. Era hombre de pocas, pero firmes ideas; adoptó desde el principio un criterio definido y coherente, y supo mantenerlo durante mucho tiempo. No se limitó a ser un hombre de autoridad y soluciones prácticas. Estuvo tanto frente a las opciones más conservadoras de su partido, la de Viluma[3] y más tarde las de Bravo Murillo[4] o Miraflores[5], como frente a quienes deseaban hacer concesiones a la revolución. El embajador británico, Henry Lytton Bulwer, informó a lord Aberdeen[6] que el presidente del Gobierno: “como parlamentario y como jefe de su partido en las Cámaras ha demostrado, a la vez, talento y aptitud”.

Durante el “Gobierno largo” de Narváez (1847-1851) estalló la revolución europea de 1848[7], el movimiento subversivo de más amplias dimensiones en el la época central del siglo XIX, que en todas partes y por cierto tiempo derribó regímenes e impuso reformas drásticas, excepto en España, donde la energía de Narváez como Presidente del Gobierno, supo imponerse por dos veces a los revolucionarios. Durante el Gobierno de Narváez las libertades fundamentales fueron mantenidas, las Cortes solo cerraron por espacio de unos meses, y en cuanto a la libertad de prensa; nunca se fundaron más periódicos de corte progresista y demócrata que durante los años 1849-1851. Narváez fue celebrado en toda Europa como el héroe de la contrarrevolución, y pocas veces se vio tan acentuado el prestigio internacional de España como en aquellos años. Siguió una política activa internacional, contribuyendo al restablecimiento de la normalidad en la Europa revolucionaria; expulsó al embajador británico Bulwer, – se dice que a patadas – que había apoyado la conspiración revolucionaria, en un gesto de energía que causó sensación en el continente y que causó una inmediata ruptura de relaciones diplomáticas con Gran Bretaña, pero por contrapartida los Imperios Centrales reconocieron a Isabel II por vez primera; ayudó a Luis Napoleón, intuyendo que el nuevo Bonaparte era una garantía de la restauración del orden en Francia, y envió la expedición de Fernández de Córdova a Italia, para restablecer en el solio pontificio a Pío IX y alejar la amenaza revolucionaria personada por Garibaldi[8], en aquella península. Su prestigio europeo fue inmenso.

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Narváez fue el típico “hombre fuerte” del partido moderado y de la época isabelina. Con su energía hizo fracasar docenas de revoluciones, ni una sola triunfó con él en el poder o cerca del poder. En 1848 demostró una capacidad de mando excepcional, recorriendo a caballo todos los escenarios de la lucha, a veces casi absolutamente solo. En 1843, estuvo a punto de perecer en la calle de Jacometrezo (o en la calle del Desengaño, según historiadores), en Madrid, donde fue rodeado por un grupo de revoltosos y de forma increíble, logró zafarse de ellos y aparecer como vencedor.

Que Narváez era un hombre de temperamento sanguíneo e irascible nadie lo pone en duda; paseando en sus años juveniles, cuando era Cadete en las Guardias Valonas con varios compañeros junto al estante del Retiro, uno de ellos, bromista, le quitó la gorra y la arrojó al agua. Narváez, en el acto, arrojó al agua al compañero, para que le recogiera la gorra. Según Jesús Pabón:

“en su época de General o de Presidente del Gobierno, sus dotes innatas de mando, esa capacidad casi increíble de hacer callar a los demás, de disolver un motín de una sola mirada… es el principal de los secretos de su éxito, tal vez su único secreto”.

Narváez acertó en colocar a Alejandro Mon [9]como Ministro de Hacienda, que aparte de no transigir con el trasiego de funcionarios que había; consolidó el tres por ciento la enorme deuda flotante que tenía España; creo un sistema un sistema de impuestos uniforme para toda la Nación basado en una imposición gradual de las tierras; un impuesto sobre las rentas urbanas y sobre los beneficios comerciales e industriales, los derechos de hipoteca y los consumos. El sistema de Mon fue la base del presupuesto español para todo el siglo XIX, aunque fue muy impopular y suscitó la revuelta gallega, explica en gran parte la naturaleza del descontento de las provincias hasta 1868, año de la Gloriosa. Al redistribuir la carga fiscal más equitativamente por toda España, Mon acabó con los privilegios relativos que disfrutaba Cataluña: de ahí la sensación de opresión ejercida por Castilla y la posterior exigencia de un concierto económico catalán, negociado con Hacienda. Durante el Gobierno de Narváez se potenció y controló el sistema educativo con una centralización uniforme. Las Universidades, cuyos primeros rectores fueron los Gobernadores civiles “con las espuelas puestas” y las escuelas, las controlaba el Estado; la Universidad Central de Madrid se convirtió en la única fábrica de grados superiores; se implantó una escala uniforme de salarios para los catedráticos y su designación se normalizó por medio de la oposición. La hegemonía de los moderados y por tanto de Narváez se basó en la Constitución de 1845. Narváez fue el único político capaz y dispuesto “a combatir, sin tregua, la anarquía moral y material”.

Narváez, ya duque de Valencia, parecía ser lo que en realidad era: un hacendado andaluz, un político militar de estilo español, “muy brutal”. Amaba el poder por sí mismo y por los beneficios que le proporcionaba: un palacio, comprado a un Grande de España por 20.000 libras esterlinas, en el que oficiaba de anfitrión “literalmente cubierto de oro y diamantes”; información previa sobre los movimientos de la bolsa[10], – hizo operaciones bursátiles con el marqués de Salamanca -, bailarinas y carrozas de lujo. Consideraba que la base de su poder estaba en un ejército obediente y satisfecho. Para asegurarse la lealtad política de éste estaba dispuesto a dedicar “todos los recursos del país sólo al mantenimiento del Ejército”. La paga regular, ahora posible gracias al superávit que dejaban los presupuestos de Mon y la “vara”, restaurarían la disciplina. Para 1849, el Ejército era un dócil instrumento de los Generales, ya que no de la Corona. Estaba decidido a evitar la injerencia de los Ministros civiles en su jurisdicción. Es mejor que no molestemos a los abogados con estas cuestiones… – dijo a su Ministro de la Guerra. Llamaba abogados a los Ministros civiles.

En los 24 años que transcurrieron hasta la revolución de 1868, la Gloriosa, fue siete veces jefe del Gobierno – el español que en más ocasiones ejerció ese privilegio en toda la Historia Contemporánea de España – con un programa basado en el axioma de que gobernar es resistir y en la inmovilidad política del partido moderado.

El duque se consideraba un liberal. La obligación del Ejército consistía en defender la Constitución contra el clericalismo de la Corte, contra las intrigas de la reina Madre, María Cristina de Borbón, y sobre todo contra la sedición democrática. Su autoritarismo estaba más arraigado en su carácter que en sus convicciones políticas. Su temperamento, violento, no soportaba que le llevaran la contraria, lo hiciese la reina madre, los políticos, o sus compañeros Generales. En esa violencia es donde estaba la raíz de sus dificultades políticas: sus opositores más mesurados eran cochinos amotinados. El 11 de febrero de 1846, cayó Narváez, a quien comenzaban a hacer “guerra abierta muchos importantes hombres del partido moderado, capitaneados por Francisco Pacheco[11]” y muy posiblemente a consecuencia de su enfrentamiento con la Reina madre por la cuestión de la boda real. Narváez se oponía a la candidatura del conde de Trápani, hermano de María Cristina, y ésta no le perdonó su actitud. En justa compensación, él estaba dispuesto a deshacerse de ella.

Enfrentado a una sedición permanente que ponía en peligro el Gobierno Constitucional, tal y como él lo entendía, Narváez abandonó fácilmente las promesas liberales con que había comienzos en sus Gobiernos en 1844 y 1847. Para “salvar la Constitución” no vaciló en amordazar la prensa, implantar la Ley de los Ayuntamientos de 1840, desarme progresivo y disolución de la milicia nacional, extensión del estado de sitio a todo el país, emplear espías y agentes provocadores y, en legislar y señalar impuestos por decreto. La crudeza del concepto de Narváez no solamente horrorizaba a los civiles, sino a sus mismos rivales dentro del Generalato. El General Manuel Concha[12], miembro de un poderoso clan militar moderado, le dijo al embajador inglés Bulwer: “gobernar con un ejército es bastante bueno, pero ser gobernado por un ejército es cosa intolerable, es preferible la autoridad civil en manos de cualquiera”.

Narváez, durante su primer Gobierno, sofocó la sublevación de Zurbano[13] y condenó a Prim por intrigar contra su persona. Sus principales medidas fueron: Reforma fiscal, llevada a cabo por Alejandro Mon, que unió la constelación de impuestos heredada del Antiguo Régimen en sólo cuatro; Guardia Civil, creada en 1844 por el Teniente General, Francisco Javier Girón, II duque de Ahumada y V marqués de las Amarillas; Declaración del catolicismo religión del Estado; Instrucción pública, reorganización dirigida por el Ministro de la Gobernación Pedro José Pidal[14], y por la cual el Estado asume las competencias de la instrucción pública como propias; Desamortización, cese de la venta de bienes del clero; Centralización administrativa, Ley de 8 de enero de 1845; Delitos de imprenta, Decreto del 6 de julio de 1845, por el cual se ponía fin a la competencia exclusiva de los juicios por jurados; Sufragio censitario, Ley electoral de 1846.

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Las depresiones de Narváez, aunque no han pasado a la historia, ni son muy conocidas, fueron tremendas y pudieron llevarle al borde del suicidio. El General tenía una cicatriz en el cuello, que él atribuía a una reyerta con unos gitanos, pero en una investigación en los archivos franceses en busca de exiliados políticos, apareció el nombre del capitán Narváez, “hombre con un carácter muy violento” (sic) que figuraba entre los prisioneros españoles capturados en 1823 por los Cien Mil Hijos de San Luis. De pronto llegó el rumor de que los presos iban ser liberados casi de inmediato, con la enorme alegría de los interesados, pero cuando más tarde se desmintió el rumor asegurando que la prisión podría prologarse incluso años, Narváez “en un acto de desesperación” (sic) se encerró en su cuarto e “intentó suicidarse dándose cortes con un cuchillo” (sic) hasta que uno de los vigilantes, apercibido de lo que ocurría, lo desarmó. En un momento de la guerra civil, cuando las operaciones iban bien, Narváez tuvo otra depresión muy fuerte e inexplicable; pidió el retiro, y confesó que se conformaba con la Administración de Correos de Bilbao teniendo que convencerle para que no lo hiciera. Parece que los intentos de retirarse en plena guerra carlista, fueron cuatro, y en dos ocasiones se retiró a su casa de Loja, sin querer saber nada de lo que pasaba fuera de ella.

Todo me es ya indiferente, escribió a Fernández de Córdova en 1839, Estoy cansado y aburrido, y solo espero el día en que pueda meterme definitivamente en mi casa. La misma cantilena la repetiría en septiembre de 1845, momento de su máximo prestigio y poder: Estoy… disgustadísimo…veré si puedo organizar y subordinar el partido moderado. Si no lo consigo, y por poca que sea la resistencia que encuentre, dejo el puesto y me meto en mi casa, para no volver a figurar en mi vida…

En otras tres “espantadas” abandonó el poder durante la época moderada, acompañadas de una depresión y derrotismo increíble en un hombre ante quien se doblegaban todas las voluntades. Estos momentos depresivos, junto con otros de euforia con una seguridad en sí mismo y un dominio de la situación fuera de lo común, indica que Narváez tenía un temperamento maniaco-depresivo, característico de los hombres de mando de su tipo.

Se puede decir que si Espartero llegó a lo máximo gracias su victoria en la Batalla de Luchana, a Narváez lo aupó la victoria de Torrejón[15] y la posterior conquista de Madrid que le deparó casi automáticamente la Capitanía General de la capital: era ya, por personalidad y por la dialéctica de los hechos, el hombre fuerte de la nueva situación. Pero Narváez no tenía la menor experiencia política, y gracias a la inteligencia natural que siempre le distinguió, lo sabía muy bien. Por tal razón, Narváez y los suyos esperaron y operaron una auténtica “traición”, concediendo el poder inicial a López[16] y Olózaga[17] para enviarles por delante y desprestigiarles, y así monopolizar el mando más tarde. Efectivamente, la jugada le salió bien; el tres de mayo de 1844, Narváez fue encargado por Isabel II para formar Gobierno.

Nombró un Gobierno que fue uno de los mejores, si no el mejor, en el partido moderado. Narváez supo escuchar en los Consejos de Ministros los consejos de sus colaboradores. Lo componía: el propio Narváez, en Presidencia y Guerra; Alejandro Mon, en Hacienda; Luís Mayans y Enríquez de Navarra, en Gracia y Justicia; Viluma y posteriormente Francisco de Paula Martínez de la Rosa Berdejo Gómez y Arroyo, en Estado y Francisco Armero y Fernández de Peñaranda, en Marina.

Narváez puede ufanarse de ser el autor de la única revolución de la historia hecha por un hombre solo.

En octubre de 1847 llevaba año y medio fuera de España, asqueado de la cochina política, como él decía, y presa de una de sus típicas depresiones, causada muy probablemente por el endemoniado tema del matrimonio de Isabel II. Este asunto, decido en ausencia de Narváez, se resolvió de la peor manera posible, y estuvo relacionado con una época de Gobiernos efímeros. Los moderados estaban todavía en el poder, pero ausente el único hombre capaz de mantenerlos disciplinados, se dividieron en numerosas “familias”, y España vivió meses muy inestables políticamente. Hacía 23 días que García Goyena[18] presidía el Gobierno y estando reunido el Consejo en su sala del Consejo de Palacio, de pronto se abrieron las puertas y entró de improviso el General Narváez, diciendo: Señores, queda disuelto el Consejo de Ministros. Pueden retirarse ustedes a sus casas. Obedecieron todos a una. El General se sentó en su sillón de la Presidencia, llamó a los edecanes y empezó a impartir órdenes. Nadie las discutió y pronto se formó un nuevo Gobierno presidido por él.

Narváez podría tener muchos defectos y resultar en ocasiones un tanto arbitrario, pero tenía un “innato eléctrico” sentido de la autoridad absolutamente irresistible. Quizá ningún español del siglo XIX llegó a poseer esta cualidad en el mismo grado. De este modo tan peculiar y peregrino se inauguró el “Gobierno largo” de Narváez, que hizo la reforma del sistema monetario; la inauguración de los primeros ferrocarriles; la terminación de las obras del palacio del Congreso y del Teatro Real; la remodelación de la Puerta del Sol; la aparición del sello de Correos; el Canal de Isabel II, para abastecer a Madrid de un sistema de aguas moderno; el Canal de Castilla, para abrir los mercados del Norte al trigo castellano; la creación de la Escuela de Ingenieros; la planificación de una nueva escuadra de barcos de vapor. “Jamás desde los tiempos del marqués de la Ensenada – comentó el marqués de Miraflores – se había visto tan incansable laboriosidad, tan inteligentes estudios y tan recio impulso comunicado a las actividades de la Nación”.

Un apocalíptico discurso de Donoso Cortés[19] denunciando casos de corrupción, por más que procurase dejar a salvo el buen nombre de Narváez, provocó en éste otra fuerte de presión que le llevó a presentar la dimisión irrevocable. Isabel II hizo lo imposible por hacerle desistir, pero el General estaba decidido a irse al fin del mundo. Al final, la dimisión fue aceptada el 10 de enero de 1851sucediendole Juan Bravo Murillo, que siguió la misma filosofía de la eficacia, corregida y aumentada, durante casi dos años más. El partido moderado rindió así, con los ferrocarriles, las carreteras, el Arreglo de la Deuda, el Concordato, los regadíos, la repoblación forestal, el plan de Escuadra, la Ley de Funcionarios y hasta la implantación del sistema métrico decimal sus frutos más destacados, pero ausente y disgustado Narváez, la división del partido, era ya inevitable.

Entre enero de 1851 y octubre de 1856 transcurren casi seis años en que Narváez estuvo alejado de la política. En París se codeaba con la élite de la sociedad, visitaba a Napoleón III, asistía a la ópera o a las fiestas de categoría, viajaba por otros países europeos, en donde era bien recibido y encontraba buenas relaciones. Esta ausencia se puede explicar por su disidencia con los jefes del partido moderado que le sucedieron: Bravo Murillo, Roncali, Lersundi, González Bravo y también por la elevación al poder, en el bienio 1854-1856 de los progresistas, cuyo líder era el General O’Donnell. Narváez fue todavía tres veces jefe del Gobierno dando muestras de su temple y energía, y de su fabulosa capacidad para paralizar revoluciones y mantener el orden, pero a pesar de sus promesas de ser más liberal que Riego, sus enemigos no le permitieron cumplirlas.

Narváez, siendo presidente del Consejo de Ministros falleció de una pulmonía provocada por fuerte catarro, el 23 de abril de 1868, año que cayó Isabel II a causa de la Revolución La Gloriosa. También acabó con el partido moderado. Antes de casarse en París, teniendo 40 años, con la francesa María Alejandra Tascher de la Pagerie, que tenía 21 años, de la que separó, tuvo una hija. Con su mujer tuvo dos hijos: Rodrigo y Consuelo. Murió en Madrid. Su cuerpo reposa en un mausoleo junto al antiguo convento de la Santa Cruz, en Loja.

Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es

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Bibliografía.

COMELLAS, José Luis; MARTÍNEZ GALLEGO, Francesc; ORTUZAR, Trinidad; POVEDA, Ángel Ramón; RUEDA, Germán.

Los generales de Isabel II

CARR, Raymond. España 1808-1975.

FONTANA, Josep, VILLARES, Ramón. Historia de España.

[1] La Guardia Valona o Walona fue un Cuerpo de Infantería reclutado originalmente en los Países Bajos, fundamentalmente en la Valonia católica. La Guardia Valona era un cuerpo escogido de Infantería en el Ejército del Rey, cuya creación se remonta a la época en la que los Países Bajos formaban parte de la monarquía de los Habsburgo. Se reclutaban entre los hombres más aguerridos y de mayor estatura para ser empleados en misiones de especial riesgo, como encabezar un asalto o cubrir una retirada. Realizaban también labores de seguridad ciudadana.

[2] Francisco Espoz Ilundain, conocido como Francisco Espoz y Mina (1781- 1836), fue un militar isabelino. Teniente General laureado. Capitán General de Navarra y Cataluña.

[3] Manuel González de la Pezuela y Ceballos, II marqués de Viluma (1797-1876). Fue Ministro de Estado con Narváez.

[4] Juan Bravo Murillo (1803-1873) fue un político, jurista, teólogo, y filósofo de ideología liberal. Perteneció al Partido moderado y ocupó diferentes cargos políticos durante el reinado de Isabel II.

[5] Manuel Pando Fernández de Pinedo (1792-1872) fue un político, diplomático e historiador, marqués de Miraflores y de Pontejos, conde de Villapaterna y de la Ventosa, señor de Villargarcía del Pinar y de Miraflores, caballero de la Orden del Toisón de Oro, caballero Gran Cruz de la Orden de Carlos III, caballero de la Legión de Honor francesa y de la Orden de Cristo portuguesa.

[6] George Hamilton-Gordon, 4º Conde de Aberdeen, fue un político británico, Secretario de Estado para Asuntos Exteriores y Primer Ministro de Gran Bretaña (1852-1855).

[7] Revolución de 1848 es la denominación historiográfica de la oleada revolucionaria que acabó con la Europa de la Restauración (el predominio del absolutismo). Fue la tercera oleada del más amplio ciclo revolucionario de la primera mitad del siglo XIX, que se había iniciado con las denominadas “revolución de 1820” y la “revolución de 1830”.  Además de su condición de revoluciones liberales, las revoluciones de 1848 se caracterizaron por la importancia de las manifestaciones de carácter nacionalista y por el inicio de las primeras muestras organizadas del movimiento obrero. Iniciadas en Francia se difundieron en rápida expansión por prácticamente toda Europa central (Alemania, Austria, Hungría) y por Italia, en el primer semestre de 1848. Fue determinante para ello el nivel de desarrollo que habían adquirido las comunicaciones (telégrafo, ferrocarril) en el contexto de la Revolución Industrial. Aunque su éxito inicial fue poco duradero, y todas ellas fueron reprimidas o reconducidas a situaciones políticas de tipo conservador (la espontaneidad de los movimientos y su mala organización lo facilitó), su trascendencia histórica fue decisiva. Quedó clara la imposibilidad de mantener sin cambios el Antiguo Régimen, como hasta entonces habían intentado las fuerzas contrarrevolucionarias de la Restauración.

[8] Giuseppe Garibaldi fue un militar y político italiano. Junto con el rey de Cerdeña Víctor Manuel II, fue uno de los principales líderes y artífices de la Unificación de Italia.

[9] Alejandro Mon y Menéndez (1801- 1882) fue un político y jurista. Ministro de Hacienda en varias ocasiones y Presidente del Consejos de Ministros en 1864. Es célebre por la reforma tributaria que acometió en 1845 para racionalizar y modernizar la Hacienda española.

[10] Según The Times, su mejor operación bursátil fue la compra de bonos del Gobierno, que su cotización había bajado con la noticia de un levantamiento a favor de Espartero promovido por el General Zurbano, en noviembre de 1844, cuando solamente él y sus agentes sabían que la rebelión había fracasado.

[11] Joaquín Francisco Pacheco y Gutiérrez Calderón (1808-1865) fue un político, escritor y jurista. Fue presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Estado.

[12] Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen conocido por su título nobiliario de marqués del Duero (1808-1874), fue un militar y político de tendencia liberal-moderada, notable por su combate contra las insurrecciones carlistas.

[13] Martín Zurbano, conocido popularmente como Martín Varea 1788-1845) fue un General liberal progresista. Fue gobernador Militar de Gerona.

[14] Pedro José Pidal y Carniado (1799- 1865), I marqués de Pidal y vizconde de Villaviciosa. Fue un político, medievalista, historiador, crítico literario, diplomático, Ministro de la Gobernación, embajador en Roma, director de Real Academia de la Historia y académico de la Lengua, benefactor del Real Sitio de Covadonga y caballero del Toisón de Oro.

[15] La batalla de Torrejón de Ardoz, también conocida como el tiroteo de Torrejón, fue una batalla campal entre las tropas del general Antonio Seoane, mandado por el general de talante progresista Baldomero Espartero y las tropas del mismo General Narváez, ocurrida el 22 de julio de 1843 en el municipio madrileño de Torrejón de Ardoz, en un intento por establecer quién de los dos sería el nuevo presidente del Gobierno en España.

[16] Joaquín María López de Oliver y López de Platas (1798-1855) fue un político a la que se le encomendó la presidencia de un Gobierno provisional cuyo objetivo era el restablecimiento del orden. Tras sucesivos decretos de su Gobierno que vulneraban continuamente la Constitución de 1837 (se llegaron a contar por la oposición en las Cortes hasta nueve violaciones de la Constitución) la solución finalmente aprobada por las Cortes, pese a los reparos constitucionales, fue declarar mayor de edad a la reina Isabel II.

[17] Salustiano de Olózaga Almandoz (1805-1873) fue un político, abogado y escritor. Fue preceptor de Isabel II. Tras la caída de Espartero y recién nombrada Isabel II mayor de edad y Reina de España, fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros.

[18] Florencio García Goyena (1783-1855). Jurista y político. Cursó sus estudios de derecho en las Universidades de Madrid y Salamanca. En 1823 se exilió en Francia por sus ideas liberales, regresando a la muerte de rey Fernando VII. Fue Presidente del Gobierno durante el reinado de Isabel II.

[19] Juan Francisco María de la Salud Donoso Cortés y Fernández Canedo (1809-1853), I marqués de Valdegamas, fue un filósofo, parlamentario, político y diplomático, funcionario de la monarquía española bajo el régimen liberal.

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