Revista Cultura y Ocio

El inspector, Nikolai Gógol

Publicado el 03 noviembre 2011 por Unlibroabierto

El inspector, Nikolai Gógol

Pocos autores -muy pocos, de hecho- son capaces de hacer sombra a Nikolai Gógol a la hora de reflejar, utilizando el humor como método, las miserias del alma humana. Es más, es muy probable, que Gógol no tenga, en toda la historia de la literatura rusa, parangón en cuanto a maestría en el uso de la sátira como reflejo y protesta.
Si bien su relevancia y popularidad ha quedado algo relegada y oscurecida por otros autores del siglo XIX (Tolstoi, Dostoievsky y Chejov, especialmente), cabe no olvidar que Gógol fue, junto a Pushkin, quien inició el movimiento de ruptura con el romanticismo y de acercamiento al realismo literario. Es por ello, que no debe extrañar que su nombre se incluya entre los grandes del siglo de oro de la literatura rusa o que, por ejemplo, Iván Turgénev –uno de los mayores novelistas rusos de finales del XIX-, a su muerte en 1852, escribiera:
¡Gógol ha muerto! ¿Qué alma rusa no se dolerá de esas palabras? Ha muerto. Nuestra pérdida es tan brutal, tan inesperada, que nos resistimos a creer en ella. En el momento en que todos nosotros esperábamos que rompiera de una vez por todas su largo silencio, que alegrara y excediera nuestras impacientes expectativas, ¡llega esta nueva fatal! Sí, ha muerto ese hombre al que ahora tenemos el derecho, el amargo derecho que nos concede la muerte, de llamar grande; ese hombre que con su nombre marca una época en la historia de nuestra literatura; ese hombre del que nos sentimos orgullosos, como una de nuestras glorias.
 

Por encima de todo, Nikolái Gógol (1809-1852) es un escritor de cuentos, un verdadero cuentista. Si bien, durante sus poco más de cuarenta años de vida, tuvo tiempo de escribir novelas como Tarás Bulba –un relato épico sobre el pueblo cosaco- o la magnífica, divertida, genial, pero inacabada Las almas muertas y una serie de obras de teatro, el nombre de Gógol siempre se asocia a La nariz, El capote o La avenida Nevsky. Mas, no por ello, debe ignorarse que Gógol era algo más. Cierto es que, en sus cuentos, se halla concentrado (y condensado) todo aquello que Gógol tenía de característico; su macabro sentido del humor, su precisión y perspicacia a la hora de describir a la clase media de la Rusia pre-revolucionaria o su capacidad de caricaturizar perfiles sin llegar a deformar en exceso a sus personajes, pero lo ideal sería ir más allá, profundizar en su obra y ahondar en aquello que su escritura tenía de característico y, para ello, se debería leer la primera parte de Las almas muertas (lo mejor que la pluma de Gógol produjo) y una diminuta y ligera obra de teatro llamada El inspector.

Ambientada en una pequeña aldea de una Rusia gobernada por el Zar Nicolás I, El inspector, narra los vaivenes y los desmadres de los habitantes de dicha aldea, a los oídos de los cuales ha llegado el rumor de la visita de un inspector proveniente de San Petersburgo. Con este sencillo punto de partida, y en apenas ciento ochenta páginas, Gógol es capaz, no sólo de representar cada uno de los tipos y perfiles de la Rusia Zarista o de encadenar escena hilarante tras escena hilarante, sino que también es capaz de dar rienda suelta a todo su talento y dar una clase magistral de cómo se debe tratar la comedia desde el punto de vista literario.
El inspector es todo un tratado sobre la sociedad rusa, en la cual, todos sus entresijos, caracteres y figuras preponderantes se ven ridículamente representados por la prosa sarcástica y profundamente hiriente de Gógol.
El inspector es, también, una verdadera mascarada social, ya que ninguno de entre todos sus personajes es realmente lo que representa ser. En esta aldea, por tanto, nada es lo que parece. Todo el mundo engaña, traiciona, roba y actúa, siempre, guiado por una segunda intención. Pero cuando llega el rumor de que un inspector proveniente de San Petersburgo se hospeda en el hostal del pueblo, todos los altos cargos del pueblo -Corregidor, juez, jefe de correos, profesor y comerciantes- aúnan sus esfuerzos para intentar convencer al inspector de que, en esta aldea, todos son nobles y honrados. Lo que ninguno de ellos sospecha es que, ni siquiera, Jlestakov –el supuesto inspector- es tal, pues no deja de ser un pillo, un rufián que, ahogado por las deudas de juego, da con sus huesos en esta remota y desconocida aldea y se sorprende al ver que todo el mundo, inexplicablemente, le toma por alguien que, ni remotamente, es. Y es, gracias a este juego de perfiles y máscaras, de personajes –todos- profundamente corruptos que pretenden hacerse pasar por honrados y moralmente intachables, lo que permite a Gógol ir encadenando escenas hilarantes, repletas de confusiones, diálogos chispeantes y frases tan lacerantemente certeras por entonces como para estos momentos actuales.

Además de ser una comedia divertidísima y de fácil y muy agradable lectura, El inspector es una clase magistral sobre cómo se debe abordar el elemento cómico desde la vertiente literaria, pues, desde el principio, acata y desarrolla con maestría los requerimientos estructurales y conceptualmente de base de la comedia.
Estructuralmente, El inspector adopta la repetición de gestos, encuentros o actitudes, la inversión de roles, papeles o circunstancias y la interferencia de series como procedimientos de base para el desarrollo de la comicidad de lo que acaece. Los personajes de esta obra viven perpetuamente, y a pesar de las situaciones fluctuantes, en la repetición mecánica y rígida de sus gestos (corporales y sociales) y de sus actitudes respecto a otros personajes. Además, la naturaleza de la situación les lleva, a cada uno de ellos, a invertir su rol. De este modo, por ejemplo, el Corregidor –y su familia-, altamente corruptos, deben mostrarse ante Jlestakov como los seres más honrados del mundo. Mientras que éste, un verdadero don nadie, insignificante y poca cosa, adopta el papel del gran hombre de San Petersburgo, conocido de muchos príncipes, gran amigo de personalidades y autor de los dramas más populares y brillantes de la época.
Dichos procedimientos, la repetición –rigidez- y la inversión, conducen, ineludiblemente, a escenas –como la que se da durante el primer encuentro entre el Corregidor y Jlestakov- en las que, a modo de interferencia, dos personajes cosificados por su rigidez y comportamiento mecánico se encuentran, chocan –pues actúan como cosa, sin capacidad de reflexión, actuando desde la impresión directa y la sinrazón- y se colapsan mutuamente confundiendo los gestos, las actitudes y las palabras del otro, produciendo, finalmente, una sensación de asombro e hilaridad en el lector ante la imperfección individual o colectiva de los personajes y tipos representados en la obra.
Esta estructura, repetición más inversión y, en consecuencia, interferencia, es la base, el pilar y el eje de El inspector. Pero no deja de ser el andamio sobre el que se sustenta, referente al concepto mismo y a la esencia de lo cómico, algo más profundo y natural. Pues, en propias palabras de Gógol:
Lo cómico se pondrá de relieve por sí mismo precisamente en la seriedad con que está entregado a su labor cada uno de los personajes de la comedia. Todos ellos se dedican a lo suyo con diligencia, afanosamente, incluso con calor, como si se tratase de la tarea más importante de su vida. Únicamente el espectador, colocado al margen, ve la vacuidad de sus afanes.

En base a dicha afirmación, El inspector funciona como un hechizo que vela, a ojos del espectador, aquello que de trágico tiene la situación narrada –ninguna situación, por muy cómica que pueda llegar a ser, se libra de su cuota correspondiente de miseria y tragedia-, y sólo le muestra aquellos elementos que, a raíz de la repetición, la inversión y la cosificación de los personajes, hacen partícipe al espectador –en este caso lector- de la distracción automatizada y mecánicamente hilarante de los personajes de la obra. Es por ello, que lo cómico debe funcionar, a ojos del espectador, como desafectación, pues resultaría difícil despertar su risa si los personajes se mostrasen humanamente personificados y cupiera la posibilidad que sus vaivenes y desdichas conmovieran.
Este hechizo, este velo, se posterga durante toda la obra, ocultando la difícil situación de los personajes representados por Gógol y tratando muy mucho de desvincular el personaje a la persona, hasta que, finalmente, en la escena final de la obra, llega el verdadero inspector y se descubre que Jlestakov no es más que un impostor que ha sabido aprovecharse de todos y cada uno de los aldeanos. En este preciso momento, el hechizo se esfuma, el velo desaparece y los personajes cosificados quedan petrificados y van resquebrajándose en una última escena inmóvil y eterna que anticipa el fin de la comedia y el inicio de la tragedia.

El inspector es, decididamente, una pequeña gran obra, una joya brillante, divertidísima, amena y muy ligera –dentro de una tradición literaria que, como la rusa, no cuenta con la ligereza como una virtud muy arraigada-. Capaz de arrancar la risa más salvaje y, a su vez, ser producto de una lectura social y moral muy profunda. Toda una delicia para los lectores ávidos de literatura rusa, pero con ganas de desmarcarse un poco de los grandes nombres, de los buques insignias, los grandes dramas, las grandes historias y de aquellas obras monumentales –y magnificas- de cientos y cientos de páginas.


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