Revista Coaching

El rey en su jaula

Por Jlmon
EL REY EN SU JAULA

El liderazgo supone, entre otras muchas cosas, un compromiso personal que conduzca a una conducta ejemplarizante como signo visible del compromiso adquirido con el sueño, objetivo o meta propuesta.

Este atormentado país tiene ante sí un camino largo y tortuoso hacia la luz, no sólo por sus deficiencias estructurales y los condicionamientos globales sino también por la absoluta ausencia de voluntad de liderazgo por aquellos que debieran asumirlo cumpliendo con las responsabilidades y confianza otorgada. Porque, no nos engañemos, no se trata de impotencia o incapacidad, sino de simple ausencia de responsabilidad y mínima madurez en la función pública. El líder nace y puede mejorar sus cualidades, pero aquellos que en función de los tiempos tan sólo han necesitado gestionar, llegado el momento, pueden y deben mostrar al menos una actitud equilibrada que asegure la necesaria confluencia de las distintas voluntades en pos de un fin común.

Los dos partidos políticos mayoritarios ya han demostrado con suficiencia su ausencia de voluntad en pos del bien común a la vista de su incapacidad para lograr unos acuerdos y pactos mínimos que asegurarán al menos un frente común a la hora de concitar sacrificios y voluntades, demostrando así que se han convertido en un fin en sí mismos.

Pero esta apatía ante la oportunidad y necesidad de liderazgo inspirador se ha extendido también a la institución monárquica, desaparecida del drama desde hace ya algunos años como si con el rutinario mensaje navideño ya estuvieran cubiertas todas sus obligaciones. Dos hechos han conmocionado nuestras conciencias en los últimos días. Por una parte el anuncio del ajuste de 170.000 euros en los gastos de la Casa Real y, por otro lado, el desafortunado percance sufrido por Don Juan Carlos en el transcurso de una cacería en Bostwana.

Todo ahorro es bien recibido en estos tiempos y todo hijo de vecino es muy libre de gastar su tiempo libre allá donde le plazca. Pero, más allá de esta evidencia, ambas noticias no hacen sino incrementar los activos de las sombras que presenta la monarquía de este país, más allá de las luces mil veces reconocidas.

Torpeza es la palabra que debiera pronunciar interiormente Don Juan Carlos mientras repasa el escenario social del país en el que vive. Ciento setenta mil euros es una broma de mal gusto para los cinco millones de desesperados que dejan pasar los lunes al sol, pero una cacería en ese curioso lugar no puede ser sino un insulto a la inteligencia colectiva de este país.

Don Juan Carlos comentó en su día que nada malo podría decir de Don Francisco Franco ya que todo lo que era a él se lo debía. Palabras que le honran en su sinceridad, pero que nunca debieran hacerle olvidar que ha sido y es lo que es gracias a la voluntad y generosidad de millones de españoles. Esos mismos que ahora se sienten confundidos, atemorizados, perdidos y que necesitan signos evidentes de que no están solos en la desesperanza y la impotencia a la que la ambición de unos y la estupidez de otros les han condenado.

Nunca se sabrá qué ocurrió exactamente en las horas anteriores a aquella aparición televisiva a la una y catorce minutos de la madrugada del 24 de febrero de 1981. Pero los errores que se repiten acaban convirtiéndose en fracasos personales ante la incapacidad de aprender de ellos.

Todos agradecemos el optimismo, la cercanía, campechanía y buen humor de este hombre. Pero eso no basta para confirmarse como la cabeza visible de un estado. Más allá de las virtudes personales y el protocolo debe estar un sentido de agradecimiento y responsabilidad que mueva a una figura como la de Don Juan Carlos a ir más allá de los formalismos y las contritas convenciones mostrando una mínima capacidad de liderazgo inspirador a un país que, si algo necesita, son mensajes claros de llamada a la acción.

Una vez más, la indignación no es suficiente. Hace ya algunos días lanzaba la pregunta ¿y tú que vas a hacer?

Personalmente, ya estoy haciendo al escribir sobre un asunto que es uno de los tabúes nacionales y que para un humilde sitio como este puede suponer un auténtico desastre. Pero la denuncia tampoco es suficiente.

¿Qué podemos hacer?

Nos queda la palabra que lleve al clamor.

Nos quedan las ideas que muevan voluntades.

Nos queda el ejemplo que remueva conciencias.

Nos queda la exigencia responsable.

Y, sobre todo, quedamos nosotros...


Volver a la Portada de Logo Paperblog