Revista Cultura y Ocio

El secreto del doctor sanchís banús -relatos cortos-

Por Victorvirgos

EL SECRETO DEL DOCTOR SANCHÍS BANÚS -RELATOS CORTOS-


Escondido como una rata de cloaca en una esquina lúgubre y recoleta de la cafetería Perséfone, Mateo extrajo del bolsillo interior de su gabán gris el estrafalario medallón de hierro forjado que había encontrado en el hogar profanado de su abuelo, el doctor Sanchís Banús.
La vivienda del anacoreta científico, muy cerca del Paseo de Papalaguinda, parecía un zafarrancho de combate, con todos esos cajones, estantes, sillas y mesas volcados. El suelo estaba alfombrado de enseres anacrónicos que atesoraba su abuelo como si fueran reliquias precristianas.
Todavía conturbado por la conmoción del giro violento de su vida en las últimas 24 horas, evocó las palabras sibilinas de su abuelo en su lecho de muerte:
 “Debes ir a mi casa y allí, buscar un medallón de hierro forjado. Lo reconocerás enseguida por el emblema de las serpientes gemelas y el casco alado. Te llevará hasta tu hermana. Está en peligro. Tenéis que esconderos. Asegúrate de que sea un lugar donde nadie pueda encontraros jamás”.
Su hermana. Tenía una hermana… ¿Desde cuando? ¿Cómo era posible que él no supiera nada acerca de su existencia? ¿De qué peligros hablaba su abuelo?
Los interrogantes le bombardeaban las sienes como un batallón de escorpiones soliviantados. Su abuelo había expirado antes de que pudiera elucidar el significado de tan rocambolescas revelaciones.
Con sus manos trémulas y pálidas contempló el reverso del objeto recuperado. Grabado en el metal podía leerse una ristra de palabras que carecían por completo de sentido: QRLAUNIE SLEHADEVUA.
Su abuelo se había asegurado de que, de caer en manos indeseables el medallón, quienes lo aprehendieran no intuyeran el menor significado en el anagrama:
ARLEQUÍN VALDEHUESA
De niño había jugado tantas veces a aquel pasatiempos baladí que no le costó recomponer las letras tergiversadas para crear dos vocablos coherentes.
La policía no había encontrado el menor rastro de los asaltantes y seguían ahí afuera, olfateando sus huellas como aviesos perros sabuesos. Mateo tenía una hermana y estaba en peligro…
¿Cuál podía ser el motivo? La mente humana tiene una manera proterva y pertinaz de torturar a quien indaga en busca de luz. Un telón de oscuridad caliginosa tenía de mutismo las respuestas anheladas. Éstas esperaban sin lugar a dudas en la rayana localidad leonesa de Valdehuesa.
Mateo abandonó su refugio umbrío, pago la cuenta y salió a la calle. Pocos minutos después lo hacía también otro cliente. Era un hombre corpachón, de cabello corto y cano y abundante mostacho albo.
En poco más de dos horas y media, su vieja antigualla de los años 80, un Renault 5 amarillo, le conducía hasta el precioso paisaje natural de Valdehuesa. Unos minutos después, Edmundo Cortés detenía su Land Rover negro detrás.
Le acompañaba su leal adlátere Armando Genil. Era tan feo como un espantapájaros bizco, atezado, el rostro tostado, devorado por el acné.
Sostenía su figura magra un par de piernas de palillo como de ave zancuda. Recostados contra el vehículo observaron en silencio a Mateo, que acababa de entrar en una cafetería restaurante llamada “El embrujo de Dionisio”.
El desánimo no tardó en caerle encima como una losa de pedernal. Los pocos vecinos oriundos y los visitantes ocasionales no habían oído hablar jamás de ningún local ni nada parecido llamado “El Arlequín”.
El semblante alargado y angosto de Mateo quedó momentáneamente poblado de fantasmas de la angustia, al considerar que acaso, su misión de rescate se perdiera por el desagüe del fracaso más rotundo.
Salió de la coqueta taberna e iteró su interrogatorio con todo aquel que se cruzaba en su camino. Su búsqueda se transformó en un periplo maniático y deslavazado. Edmundo y Armando se pusieron en guardia, alarmados por el frenético ritual. Presentían sus sentidos la culminación de todos sus esfuerzos.
Las pesquisas iban en fila hacia el cadalso de la ignorancia. Cariacontecido y taciturno se sentó a solas en un banco y se restregó el cabello rubio y lacio, con la mirada clavada en el suelo. Parecía un gorrioncillo abatido que hubiera caído del nido.
Alguien se sentó a su lado. Mateo dio un respingo y se apartó a un lado con un movimiento de oleaje bravío. Era un sacerdote. Al contemplar su bonachón rostro redondo, aquel hombre fuerte, de mirada melificada, enfundado en una sotana negra, se convirtió en una imagen redentora.
Le posó una mano tranquilizadora en el hombro derecho.
-Has estado preguntando por mí –Dijo el sacerdote. Su voz era de seda y no conocía el concepto del apremio-
-¿Cómo dice? No entiendo… -Mateo estaba tan apabullado que no lograba ver lo evidente-
-Yo soy el “Arlequín de Valdehuesa”. Si conoces mi sobrenombre, eso solo puede significar que te envía mi buen amigo el doctor Sanchís Banús y que Tania está en peligro.
-Tania… mi hermana. –Su voz sonaba alelada, como la del sonámbulo que descubre un platillo volante en mitad del salón durante uno de sus periplos nocturnos.
-Sí, tu hermana –Confirmó el prelado con infinita paciencia- Pero ven, acompáñame. Debemos hablar en un lugar más privado. Está cerca de aquí, en la iglesia de Riaño.
Edmundo y su “compinche”, atónitos con la escena, montaron nuevamente en el coche cuando vieron cómo la singular pareja clandestina se introducía en un Ford Fiesta naranja de los años 70.
Rumbo a Riaño, el fascinante paisaje se abrió como una cortina de montañas nevadas y el trasnochado vehículo del sacerdote se detuvo ante la iglesia de Santa Águeda.
Durante el breve trayecto, pese al tesón recalcitrante de Mateo, el párroco se mostró hosco, desatendiendo su curiosidad con un lacónico: “Habrá tiempo para eso”.
Sus preguntas interminables sobre la existencia de Tania proseguían naufragando en marismas pantanosas.
Entraron en la modesta iglesia como dos almas furtivas que buscaran redención.
Mateo se quedó solo unos instantes. Su faz se elevó hacia la bóveda celestial del sacro recinto, acaso buscando en “El Creador” las respuestas que le negaba el sacerdote.
Al cabo de un rato regresó acompañado de una chiquilla menor de 20 años sin duda. Era delgada, rubia y bellísima. Su faz virginal era dulce, benigna, aunque no conocía la sonrisa. Sus finos labios rosados parecían dos vetas de mármol tallado.
Tenía los ojos verdes velados por un halo de tristeza… ¿o acaso fuera abulia?
Solo cuando el padre Lorenzo le habló, depositando una mano consoladora en su hombro derecho, la muchacha alzó la vista y se encontró de frente con su hermano.
-Tania… no seas descortés. ¿Es que acaso no vas a abrazar a tu hermano? Se llama Mateo.
Fue un momento extraño, agónico y tenso, sostenido por hilos de cobre que parecían rechinar como cornetas de lamentos.
Mateo abrazó emocionado a su hermana, aunque su efecto fue como el del fuelle desgastado e inútil. La desconocida a quien abrazaba se sentía tan retraída como él, aunque paulatinamente comenzaba a fluir en su mirada vacua un destello de curiosidad y un parloteo chisporroteante de preguntas no formuladas.
Se miraron durante unos segundos, compartiendo un momento delicioso de intimidad fraternal, barruntando quién debía ser el primero en hablar, cuál sería la pregunta preeminente que daría paso al diálogo fluido.
Mateo ya adoraba a aquella criatura silente, al menos 10 o 15 años menor que él. Le costaba sonreír, pero algo estaba sajando ya los líticos estratos que clausuraban su boca átona.
Mateo miró al sacerdote. Parecía feliz como él, y sorprendido de que el encuentro entre los dos hermanos fluyera poco a poco con la cadencia obvia de los albores de un comienzo.
La puerta de la iglesia se abrió de par en par. Entraron dos hombres. El padre Lorenzo les miró con aprensión. No parecían los típicos feligreses…
Mateo, asustado por la expresión del cura, dirigió su mirada líquida a los recién llegados. El que llevaba un sombrero de paja sobre su testa cuadrada y cana se metió la mano derecha en el bolsillo interior de su chaqueta vaquera azul. Un instante después, su mano gruesa y rosada, salpicada de rala vegetación de vello blanco, reproducía un revolver plateado y disparaba contra el padre Lorenzo.
Éste cayó fulminado, con un orificio de entrada sobre el puente de la nariz. Mateo, horrorizado, se plantó delante de Tania  se enfundó por coraza la espuria máscara de un arrojo que no le pertenecía.
Armando podía oler su miedo a distancia. Se mofó de su pretendida bizarría. Mateo permaneció firme, delante de su hermana, como un farallón demacrado, delgado y deleznable.
-No quieras seguir el camino del curita… -Amenazó el sicario feo y granulado-. Sólo nos interesa la niña.
Mateo recordó las palabras de su abuelo y no cejaba de preguntarse por qué querría nadie hacerle daño… sólo era una cría.
Escuchó su voz, suave y tranquila. Sólo un vocablo, una palabra imperativa que no admitía discusión: “¡Corre!!”
Mateo la miró desconcertado, pero entonces lo comprendió todo, en el mismo instante en que Tania avanzó hacia los asesinos del padre Lorenzo y la iglesia comenzó a retumbar con un siniestro y aterrador tronido sísmico.
La iglesia se desplomaba, caía en pedazos, y ahí estaba su hermana menor, serena, como epicentro detonante de una demolición controlada.
Los sicarios la observaban fascinados, como si comprendieran lo que estaba sucediendo y aquel fenómeno paranormal fuera la respuesta afirmativa a sus pesquisas.
Su hermana le cogió de la mano con una fuerza inusitada. Juntos, abandonaron el sagrado templo desahuciado, mientras caía el altar y las tallas sagradas, la bóveda y las capillas, sepultando bajo toneladas de detritos y cascotes a los dos matones incrédulos y fascinados.
Lo que acababa de acaecer era un desastre natural, un cataclismo.  Mateo se negaba a considerar que guardara la menor relación con su hermana. Entonces, como si pudiera leerle el pensamiento, mientras él introducía a toda prisa la llave en la cerradura de su coche, Tania le miró con su sempiterna candidez y serenidad y le confirmó:
-Lo he hecho yo. Desde que nací poseo habilidades que tú no podrías comprender. Tienes muchas preguntas y yo te lo contaré todo, pero no será en este momento. Ya nadie ni nada podrá separarnos.
Por algún motivo, aquella promesa postrera le erizó el vello y no supo discernir si le inspiraba felicidad o un terror glacial.

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