Revista Opinión

Elecciones en Estados Unidos

Publicado el 06 noviembre 2012 por Pelearocorrer @pelearocorrer

Las elecciones de Estados Unidos representan la temperatura del planeta en la fiebre política. En la representación siempre aparecen dos púgiles que se noquean o se abrazan según solicite el público, que es quien paga para que le diviertan. Reducir a dos las opciones del votante, responde a una estrategia minimalista y urgente: o estás con uno o estás con otro. Las estadísticas desdeñan a los que no se pronuncian, y sin embargo, hasta el año 2004 en torno a un 50 % del censo ejerció su derecho al voto. Esto significa que a la mitad de los estadounidenses no les interesa la política. Sólo Barack Obama consiguió movilizar un 64 % del censo, todo un récord en la historia de los yanquis. Pintar la política como un espectáculo parece ser el motivo de la gran pintura de la historia americana, toda vez que la cultura del entretenimiento ha triunfado sobre la gravedad de la vida.

Como los Estados Unidos ofician de popes en la liturgia mundial, miramos siempre con detenimiento y afectación todo lo que sucede a 6.000 Kilómetros de nuestra casa como si realmente nos afectara. De esta forma depositamos más incertidumbres y más esperanzas en la política de Washington que en la política de Alcorcón, estando Alcorcón aquí al lado, siendo Alcorcón nuestro futuro y nuestro maná. Soñar a lo grande es la medida del fracaso, o tal vez, la medida de la esperanza, sólo nos es dado esperar aquello que no llega nunca. Esperar lo esperable es de pobres.

Pero necesitamos el espejismo de la esperanza de vez en cuando para que la vida no sea un páramo seco, intransitable y aburrido; Obama representó el papel esmeralda allá por el lejano 2008, y muchos vieron en el color de su piel el estigma de un cambio que aún no ha llegado. Para gobernar los Estados Unidos de América hace falta algo más que un color oscuro en la piel. Quizá la apariencia de una democracia perfecta encierre la imposibilidad del cambio, esto es: dar el espectáculo y nada más, dar la ilusión de una democracia pero detentar el poder allá donde sea inalcanzable para los votantes.

El primer error de Obama consistió en aceptar un premio Nobel sin haber hecho ningún mérito para merecerlo. Todos pensamos que si Obama hubiera sido Obama, y no un figurín cada vez más incomprensible, habría rechazado el premio. Aún no, hubiera dicho, esperen a ver cómo desmantelo Guantánamo.

Frente a la esperanza nunca cumplida de Obama se encuentra un aspirante que recuerda a Ronald Reagan, un tipo de edad avanzada que parece cualquier cosa menos un político. Sus declaraciones en torno a violaciones, asistencias médicas universales, gabinetes de crisis, etcétera, no parecen fruto de un equívoco, sino más bien la declaración de intenciones de un aristócrata acostumbrado a resolver cualquier problema a base de chequera; los yanquis cuando quieren son muy orgullosos, también, cuando quieren, parece que hubieran inventado ellos el dinero.

Así las cosas, ahora mismo en torno a un poco más de la mitad del censo en edad de votar de los Estados Unidos, está decidiendo quién gobernará por los próximos 4 años la supuestamente más poderosa nación del Planeta. Tienen dos opciones y ninguna es buena, quizá aquellos que no se acerquen a votar estén dándole una lección al resto del mundo, pero mañana no saldrán en los papeles.

 


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