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En línea: El experimento de Milgram

Publicado el 10 junio 2017 por Diezmartinez
En línea: El experimento de MilgramEn vista de que la cartelera comercial nos ofrece el peor fin de semana del año en cuanto a estrenos se refiere, no queda más que refugiarse en las novedades que se encuentran en la red, por ejemplo en Netflix, plataforma que estrenó hace unos días El experimento de Milgram(Experimenter, EU, 2015), dirigida por el prolífico y versátil Michael Almereyda, un cineasta independiente gringo prácticamente desconocido en México, cuya única película estrenada comercialmente en nuestro país fue su brillante adaptación de Hamlet (2000) al mundo ejecutivo contemporáneo.El Milgram del título en español es Stanley Milgram (1933-1984), un polémico psicológico social que alcanzó bastante notoriedad en los años 70, a partir de que se hicieron públicos los resultados de cierto proyecto de investigación realizado en la Universidad de Yale a inicios de los años 60.La investigación es mostrada en los primeros minutos del filme: dos tipos comunes y corrientes (Anthony Edwards y Jim Gaffigan) juegan papeles definidos al azar. Uno de ellos (Edwards) será “el maestro” y el otro (Gaffigan) “el aprendiz”. Separados por una pared y sin verse mutuamente, “el maestro” le hace varias preguntas de opción múltiple al “aprendiz” y cuando éste falla, “el maestro” está obligado a aplicar sucesivas descargas eléctricas hasta llegar al límite de 450 voltios.A pesar de que “el maestro” escucha los gritos, los reclamos y hasta los ruegos del “aprendiz” de que detenga la prueba, “el maestro” sigue con la tortura hasta el final. Es cierto que algunos de los “maestros” muestran nerviosismo, dudan, tratan de levantarse o hacer trampa (apagar la máquina eléctrica, por ejemplo), pero al final de cuentas, la enorme mayoría –para ser precisos, el 65% de los participantes, según los resultados publicados- siguió con las órdenes dadas por un imperturbable hombre de bata gris. Después de todo, no es su responsabilidad: solo están siguiendo órdenes.Supongo que ya se imaginará cuál fue el origen de esta investigación: Milgram, judío e hijo de inmigrantes este-europeos, trataba de comprender por qué tanta gente común y corriente había seguido sin chistar órdenes criminales en la Alemania nazi. Los resultados fueron desalentadores: dos terceras partes de los individuos –sin distingo de raza, género, edad y, luego, cuando se replicó el experimento en otros países, sin distingo de nacionalidad- estaban dispuestos a seguir cualquier orden si alguien con autoridad se los mandaba.El tema es fascinante de por sí, con todo y sus discutidas implicaciones éticas, pues Milgram les mentía a los “maestros” sobre el sentido de la investigación diciéndoles que estaba estudiando el papel del castigo como forma de aprendizaje, además de que la tortura en realidad nunca existió, pues “el aprendiz” dizque electrocutado era un actor que formaba parte del equipo de Milgram. De hecho, podría decirse que el único torturado –psicológicamente hablando por lo menos- era “el maestro” que, al terminar la prueba, se daba cuenta que había sido capaz de seguir órdenes irracionales y crueles.Almereyda es alérgico a los convencionalismos y a la repetición, por lo que esta cinta es todo menos una biopic tradicional sobre Milgram (interpretado por un perfecto Peter Sarsgaard, entre la melancolía y el aburrimiento). Así pues, los minutos iniciales de la presentación del experimento es interrumpida por el constante rompimiento de la cuarta pared, cuando el propio Milgram, en calidad de narrador omnisciente –nos llega a hablar de su futuro y hasta de su hija no nacida-, reflexiona sobre el resultado de sus trabajos -el inquietante “elefante en la habitación” del que nadie quiere hablar- para conectarlos con la realidad del momento –el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, por ejemplo.Formalmente hablando, Almereyda se mueve, caprichosamente, de una puesta en imágenes funcional –otra vez los minutos iniciales- a un tono anacrónicamente artificioso, con todo y back-projection hitchcockianoo escenarios convertidos en dioramas, como para hacernos olvidar el entorno y no perder un detalle de lo que realmente importa: la proclividad que tenemos los seres humanos para renunciar al ejercicio de nuestra responsabilidad moral. La proclividad que tenemos para seguir órdenes.        

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