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En Salamanca y Madrid: Otrora y otras cosas (y 3)

Publicado el 17 diciembre 2014 por Eduardomoga
Llego a Salamanca para impartir una clase sobre el poeta chileno David Rosenmann-Taub en el curso de literatura hispanoamericana que da María Ángeles Pérez López en la Universidad. Me alojo en el hotel San Polo, que toma su nombre de las iglesia homónima, un templo románico-mudéjar de principios del s. XII en cuyas ruinas se asienta, y que integra en su recinto. Me sorprende que, por una vez, se haya preservado el pasado con tanto aprovechamiento y tanta elegancia, aun en estado ruinoso. Cuando todavía estoy haciendo la entrada en el hotel, ya viene María Ángeles a recogerme. Comemos juntos, charlamos con la alegría del reencuentro, pasamos por reprografía para que la encargada -de recia melena y perfiles más recios todavía- fotocopie los poemas sobre los que voy a hablar, y me acompaña después al aula. Diserto ante una clase de unos cuarenta alumnos, que escuchan con atención -o eso parece-, pero que, atornillados a su silencio, apenas intervienen en la exposición, mientras una luz inverniza se filtra por las ventanas y nos baña a todos con sus cristales exhaustos. Por la tarde, mientras María Ángeles atiende sus demás obligaciones académicas, paseo por la ciudad, siempre sobria y hermosa. Visito la iglesia oval y recorro la Plaza Mayor, una de cuyas joyerías liquida por jubilación. Veo, expuesto en el escaparate, un hermoso broche de oro y amatistas por un precio casi coincidente con los honorarios que me he ganado con la clase: los honorarios me hacen falta, pero qué estupendo destino tendrían si se lo regalara a Ángeles. Así lo hago. La paseata concluye delante de la Casa de las Conchas, donde he quedado, a última hora de la tarde, con María Ángeles. Cuando me acerco, la veo charlando con una pareja: un hombre, debajo de un sombrero anchuroso, casi mexicano, y una mujer. No sé quiénes son, pero, cuando ya estoy cerca del trío, él se da la vuelta y entonces lo reconozco: es Antonio Colinas, al que acompaña su esposa. Nos saludamos con efusividad, aunque la efusividad nunca haya sido una de los rasgos predominantes de carácter de Antonio. Pero es un poeta al que admiro y una persona con la que he mantenido siempre, en la distancia, relaciones cordiales: uno de esos colegas con el que no se ha cultivado la amistad, por razones geográficas o vitales, pero con el que hay una corriente de simpatía latente, por afinidad estética y temperamental. Le pregunto cómo está, y nos cuenta que lo han de operar de una hernia dentro de poco, aunque, como le ha deslizado un amigo suyo, suene raro que un poeta se hernie. Quedamos para una cerveza futura, le deseamos suerte con la operación y nos despedimos con la misma afabilidad con que nos hemos saludado. María Ángeles y yo cenamos por fin en un restaurante de tapas, bajo cuyos carteles de toros se acumulan los japoneses. A la mañana siguiente -ya no recordaba lo tarde que amanece aquí: son casi las ocho y la luz aún no ha cuajado; en Inglaterra, clarea a las cinco y media de la mañana, y anochece cuando aún estoy digiriendo el almuerzo- María Ángeles y su marido, Miguel, siempre amables, me acompañan a la estación de tren y me despiden con un café con leche mediante. El viaje a Madrid es cómodo: lo entretengo leyendo el primer Cuaderno de Lanzarote, de Saramago, que me confirma lo que siempre me ha parecido el portugués: es aburrido, muy aburrido, y este diario lanzaroteño, además, de un narcisismo insoportable. Todos lo son, en realidad -también estas corónicas-, pero Saramago nos supera a todos: el ochenta por ciento de sus crónicas solo recogen el éxito planetario que tienen sus obras, las cartas o acercamientos de admiradores que se deshacen en elogios, la repercusión crítica de sus opiniones, las invitaciones incesantes a conferenciar en las mejores universidades o participar en selectas mesas redondas, la desidia con que lo tratan las instituciones culturales lusas... Cuando llego a Madrid, he de apresurarme a dejar la maleta en casa de mis suegros y acudir a la comida para la que estoy citado con el diplomático y poeta Ignacio Cartagena, con quien sí ha cuajado una buena amistad desde que nos conocimos en un inverosímil festival de poesía en Albania, al que él asistía como representante del Estado. Hemos quedado en el restaurante Viuda de Vacas, en el Madrid galdosiano, cerca de la Puerta de Toledo (y que quizá sea el sucesor de otro, Vacas, citado por González-Ruano en Caliente Madrid, que también estoy leyendo), donde, según Ignacio, sirven un bacalao a bras al que se le podría otorgar el Nobel de los bacalaos. Llegar hasta allí tiene sus contrapartidas: una quiosquera a la que le pregunto cómo llegar a la calle del Águila, donde se encuentra el restaurante, me recuerda lo groseros que podemos ser los españoles: sin levantar la vista del móvil en el que está abismada, y casi sin dejarme acabar la pregunta, responde: "¡Ni idea!". La calle del Águila, como comprobaré luego, está a cinco minutos de allí. Para llegar, pasaré por delante de un monumento a Fernando VII, el Deseado, erigido en 1815 y que ha resistido a todas las guerras, revoluciones, levantamientos y bombardeos de la capital de los últimos dos siglos. Es, en realidad, una fuentecilla -así lo llaman los madrileños-, o más bien una "desdichada fuente", como la bautizara Mesonero Romanos, con la que se recuerda el regreso de Fernando VII a la capital, tras su exilio en Francia. Tiene una gracia fúnebre que uno de los peores reyes de la historia, no solo de España, sino del universo mundo, siga homenajeado aquí; y es un oprobio que fuese para los españoles -que nunca hemos tenido demasiada perspicacia para elegir a nuestros gobernantes- alguien deseado y aclamado. Lo único, en todo caso, que merecía serlo era el tamaño de su pene, tan desmesurado que, cuando le apetecía ejercer el matrimonio con su augusta esposa, había de enrollarse una toalla en la base para encajarlo adecuadamente, sin torceduras ni perforaciones. Con Ignacio hablamos de muchas cosas (aunque no del pene de Fernando) mientras nos asestamos una croquetas negras -de calamares en su tinta- que levantarían de su tumba a don Benito el Garbancero, un bacalao a bras que, en efecto, roza la excelsitud, y el mayor descubrimiento de la colación: un membrillo asado con nata (nata de la buena: no esos engrudos lastimosos que han colonizado las granjas y chocolaterías) con el que se abren los cielos y se acaban las pesadumbres. La cena, con Jordi Doce y Marta Agudo, será más modesta: una pizza para tres, una ensalada también colectiva y un postre liviano. Marta me regala un ejemplar de Todo es ahora y nada, su recientemente publicada traducción, en Trea, de Tot és ara i res, de Joan Vinyoli, uno de los mejores poetas en catalán de la segunda mitad del siglo XX. Mientras hablamos, pasan por delante de la pizzería Tzvetan Todorov, que ha dado una conferencia esta tarde -a la que ha asistido Marta-, Joan Tarrida y Lola Ferreira. No nos ven. Todorov ocupa el centro del trío, y su melena cana y descoyuntada, enclavada en un cuerpo de cucaña, luce como una extraña bandera de tregua. Todorov es uno de esos lingüistas que se han vuelto pensadores, como Chomsky. Yo lo recuerdo, de mis estudios de Filología, como un exégeta de los formalistas rusos y un prócer de la semiótica, pero desde hace años se dedica a salvar al mundo. El día siguiente es mi último día en España. He quedado, a media mañana, con Juan Luis Calbarro, que trabaja para UPyD desde el verano pasado: ese fue el motivo por el que dejó Brighton y se ha instalado en Madrid. Nos encontramos en Cedaceros y vamos a Lhardy a tomar un caldito. Me sorprende que no sea un café o una cerveza, pero, según Juan, el caldito es obligado en estos barrios y estos días fríos. El caldito mana de un samovar y, en efecto, es muy reconfortante. Mientras lo sorbemos, me da una mala noticia: su ocupación actual le impide dedicarse a la editorial, Los Papeles de Brighton, y no puede cumplir su compromiso de publicar La disección de la rosa, mi recopilación de reseñas y artículos literarios. Entiendo su situación y lo disculpo del compromiso adquirido. La disección de la rosa parece estar maldito: se iba a publicar primero en una editorial zaragozana, pero el editor, después de mucho mareo de perdiz, decidió que mejor que no, y luego lo aceptó Juan, para cancelarlo ahora. Lo peor es que el libro no para de crecer, y lo que era un moderado compendio de trabajos se ha vuelto, con el tiempo, un fardo pesadísimo, que va camino de lo enciclopédico. Ah, qué dura es la vida del crítico literario. De Lhardy nos vamos al Congreso. Cuando estamos entrando, pasa Tony Cantó, ese ejemplo de guapo tonto cuyas opiniones -sobre el maltrato de las mujeres, por ejemplo- han entrado por derecho propio en el creciente y, en apariencia, inacabable catálogo de estupideces de nuestros políticos. Y lo hace a tanta velocidad que, al pasar entre nosotros -porque él no se aparta: irrumpe-, casi me empuja a la calzada. A Juan -que sabe que opino que es tonto- apenas le da tiempo a decirle "adiós, Tony". Juan me enseña luego las oficinas de UPyD. Cuando cruzo sus puertas, en las que luce el logotipo magenta del partido, me parece estar cruzando las puertas de Mordor. En su despacho de responsable de comunicación, muy austero, observo una banderita española en la mesa. Cuando subrayo su presencia, Juan me dice que yo también tendría una bandera catalana en el mío cuando trabajaba en la administración. Le respondo que no: ni catalana ni española. Quiero mucho a Juan: admiro su inteligencia, su bondad, su poesía y su compromiso ético, pero estas contradicciones lo caracterizan: abomina de los nacionalismos, pero exhibe -sin obligación de hacerlo- la enseña nacional en la mesa. Al salir, me presenta a su equipo, uno de cuyos miembros, me dice, es lector habitual de Letras Libres, y me acompaña al Congreso, que nunca he visitado y que me gustaría conocer. Sin embargo, no podemos hacerlo: hoy hay pleno y está prohibido el acceso. Al día siguiente, leeré que en la sesión Mariano Rajoy ha dicho que la crisis ya es agua pasada. Con dos testículos. Vuelvo a pensar en la fuentecilla de Fernando VII y la acrisolada incapacidad de los españoles para elegir a sus mandatarios. Que el jefe de gobierno de un país con cinco millones y medio de parados, por poner solo un dato, diga que la crisis ha terminado, debería avergonzarnos a todos y llevarnos a manifestarnos en la calle para exigir su dimisión. Me despido, por fin, de Juan. A la salida de las Cortes, camino ya del metro, me cruzo con una exigua pero ruidosa manifestación contra la impunidad de los crímenes del franquismo. En el subterráneo, observo otros espectáculos habituales de las calles madrileñas: la mendiga, de nariz deforme como una patata, que pide en los andenes, o los dos rumanos que, descalzos, contrahechos y en bata, piden, llorando, limosna en los vagones: uno de ellos se para justo delante de mí y se saca concienzudamente un moco de la nariz, cuyo destino prefiero no averiguar. El día concluye con la tercera y última presentación de Otrora, la antología de Javier Pérez Walias, en la librería "La Fugitiva". Yo ya había leído aquí, junto con Esteban Martínez Sierra, hace algunos años, para celebrar el decimoquinto aniversario de la creación de Bartleby Editores. Recuerdo que entonces los que pasaban por la calle -incluso unos disfrazados de orcos- se asomaban a las lunas de la librería, y hoy siguen haciéndolo. Pero los propietarios han cambiado, y se nota: quienes hablamos disponemos de más de una botella de agua, se sirven copas de cava (y también más de una) y hasta rodajas de berenjenas rebozadas, que a estas horas saben a gloria. Comparado con la austeridad, o más bien con el páramo, de casi todas las presentaciones que se celebran en España, esto es un derroche. Descubro también que Santiago es el librero que se quedó con todo el fondo de DVD ediciones cuando esta cerró: muchos ejemplares, tanto de la colección de poesía como de la de narrativa, están en sus estantes. Al acto han venido pocos pero buenos amigos: Jordi Doce, José Antonio Llera y Javier Lostalé, además del editor de Calambur, Emilio Torné, al que me agrada ver, después de tanto tiempo. Me presentan también a otro autor de la casa, Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, que, además de un buen poeta, parece un hombre cordial. Charlamos de la antología -yo estoy ya cansado de repetir las mismas ideas sobre Otrora, y supongo que Javier también: optamos, pues, por el formato del diálogo- y luego nos vamos a cenar: las berenjenas nos han abierto el apetito. De la cena recuerdo muchas risas y muchas boutades, y también un postre memorable, amor caliente, cuyo nombre es paradójico, porque es un helado. Todo eso me llevaré a Inglaterra al día siguiente: risa, amor caliente, amistad caliente.

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