Revista Opinión

Entre divanes

Publicado el 16 junio 2012 por Albertorm

Entre divanes

He tenido un día de mierda. En realidad he tenido una semana de esas de tirar a la basura. En este mundo no hay más que problemas y problemas y más problemas. Y cuando no los hay, los buscamos o los inventamos, directamente. No, en serio. ¿No te lo has planteado nunca? Parece que no tenemos ninguna capacidad para quitarle hierro a las cosas más absurdas. La cuestión es tener siempre alguna preocupación en la cabeza y no coger el toro por los cuernos para quitárnosla de encima.
Últimamente me cuesta demasiado sobrellevar mis propias miserias como para escuchar también las de los demás. De verdad te lo digo. Sin ir más lejos, el otro día. Jacinta, ¿recuerdas?, esa señora con sobrepeso, por no decir la gorda que un día de estos necesitará una grúa para salir de su casa, me contó que estaba pasándolo muy mal porque su hija se ha liado con un chico que al parecer es dos años más joven que ella. Ya ves, menudo drama tiene la mujer con su niña de veinticuatro años, a punto de terminar la carrera de periodismo, algo bajita pero con un cuerpazo que dice la madre que no hay maromo que no le suelte cuatro barbaridades de las que sacan los colores cada vez que se pasean por la calle, que además cuenta que es más lista que el hambre y buena persona... No sé, si me dices que el chaval es un viva la vida, un niñato de estos que se pasan casi todo el día en la calle sin hacer nada, que ni estudian ni trabajan, que anda por ahí gastándose el dinero de sus padres en tatuajes y piercings hasta en las cejas, o drogándose por las esquinas y emborrachándose entre semana... Pero no. Nada de eso. Al parecer el chico es buen estudiante, va bien vestido y por lo que ha contado no creo que fume ni beba más que un joven de su edad. Vamos, el yerno que toda suegra querría tener. A mi no me importaría que se liase con mi hija, me daría con un canto en los dientes con un chico así, qué quieres que te diga. Pero no. Hay que encontrar un pero y aquí el problema son los dos años, ¡dos años! Ya me dirás tú qué ganaba la niña, que de niña ya no tendrá ni la virginidad, contándole a su madre que el chico es más joven que ella. Si más o menos sabes cómo es tu madre ¡cállate! ¿O es que te ha pedido que le enseñes el carnet de identidad de tu novio para confirmar que no eres más vieja que él? Si es que son ganas de complicarse la vida, y de complicármela luego a mi, de verdad…
Oye, por cierto, ¿tú sabes en qué momento de la historia se ha decidido, o quién o dónde ha dejado por escrito que la mujer tiene que ser más joven que el hombre en esto de las relaciones amorosas? ¡Porque anda que no hay padres que se disgustan por estas cosas! Te lo digo yo, que lo veo prácticamente todos los días. Sí, ya sé, cada vez menos, pero aún los hay. El otro día una hasta me contó que no veía con buenos ojos que el chiquillo de su mejor amiga se haya casado con una muchacha más alta que él, que no es la única que lo ve así, que todos los vecinos se quedan mirando, cuchicheando y riéndose por lo bajo cuando los ven pasar juntos, que según dicen ni dejándose ella los tacones en el armario se salva el tema de la estatura... Qué malas son algunas lenguas, oye, y cuántas depresiones hay detrás de las apariencias a los que no hacen otra cosa que vivir de ellas. No te imaginas las ganas que me entran de decirles “¡¡qué coño os importa lo que hagan y digan los demás!!”. Y ni te cuento si la historia es porque los hijos son homosexuales. Eso ya es para pegarse un tiro allí mismo, delante de ella, o abrirte las venas en plena consulta, que te digo yo que ni así reaccionarían a la tontería que te acaban de soltar. Que si Dios les ha castigado, que si les va a castigar, que si la gente nos mira raro, que esto, que si lo otro, bla, bla, bla. ¡Qué Dios ni que ocho cuartos! ¡¡Prozac señora, prozac!! ¡Por no decirles que el problema lo tienen ellos…!
A mi todas estas tonterías me quitan hasta el sueño. Llevo varias noches sin dormir lo suficiente y cuando me quedo dormida me da la impresión de que solo he descansado un par de horas. Me levanto agotada, bueno, más bien echa polvo, y no precisamente porque Ramón me haya dado la noche. Últimamente ni me entero de cuándo se mete en la cama ni cuándo sale de ella. Eso sí, la Soraya, la del segundo, no veas el uso que le da a la suya. Cada vez que la oigo me entran ganas de bajar y pedirle prestado a su marido. Que si hay que pagar, yo pago, que por dinero no quede la cosa, que bien que me lo gano escuchando los problemas de los demás. Luego lo pienso y mira, como que no, que el Vicente está de muy buen ver pero acaba de entrar en los treinta y yo estoy casi en los cuarenta. Además, se me haría raro meterme en la cama con un hombre que mida poco menos de un metro setenta y cinco, que yo ya sabes que para esas cosas soy muy mía.
A mi me da la impresión de que Ramón se ha aburrido un poco de mi. Más bien que se ha aburrido bastante de mi. Y yo, aburrida, lo que se dice aburrida, creo que no soy. Que soy de ir poco al cine, que prácticamente no me gusta pasear, y menos por el campo con tanto bichito y todas esas flores soltando ese polen que se te mete por la nariz, ni ver series en la televisión, ni tampoco soporto el fútbol... Bueno, si jugasen sin camiseta y la cámara les enfocase algo más a ellos, con unos primeros planos más individualizados y pasando un poquito de lo que ocurre en el campo, a lo mejor me animaba... Ay, mira, ¿qué quieres que te diga? A mi lo que me gusta ver son los documentales sobre la Segunda Guerra Mundial. Todos esos hombres tan trajeados, con tanto poder, es que me vuelvo loca... Sí, ya lo sé, ¡ya lo sé! ¡¡No tengo casi nada en común con Ramón!! Dios, a veces pienso que si no me hubiese quedado embarazada de penalti ni siquiera nos habríamos casado. Pero divorciarme, a mi edad... ¿Qué pensaría la gente? ¿Qué dirían mis padres? ¿Y mi hija? ¿Con qué cara me mirarían mis pacientes? De ninguna manera.
¿Ya es la hora? Hay que ver lo rápido que pasa el tiempo cuando soy yo la que se tumba en el diván... Pues nada chica, hasta el próximo miércoles entonces. ¡Ah, no, espera...! ¿Te importa que en lugar del miércoles venga el martes a las cinco? Es que la próxima semana tengo la consulta a tope de divorciadas amargadas y ya sabes que éstas se enrollan como las persianas.


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