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Éxodo jujeño

Publicado el 04 junio 2010 por Ivanna Sol
Éxodo jujeño
BOLIVARIANA - 1

El 3 de mayo partí rumbo a Jujuy en avión desde aeroparque. El pasaje me costó unos 580 pesos hasta San Salvador, dinero que se adicionó a los 80 del remis que me trasladó hasta la terminal de buses y me rompió el orgullo por no tener otra opción que me permitiera escapar a la obscenidad que impone el público cautivo del aeropuerto. Llegamos en unos 40 minutos gracias a la velocidad que imprimió el conductor sobre la máquina que se inmiscuyó dentro de una masa negra, producto de aquella noche sin luna. Los 80 pesos, por suerte, incluyeron la amabilidad del remisero que me ayudó a posarme sobre los hombros la mochila que llevaba a cuestas.

Una vez en la terminal, hice el estudio de mercado correspondiente, aquel que me permitiera viajar a La Quiaca con el menor costo posible, para luego cruzar a pie la frontera. En vano fue aquel esfuerzo por evadir algún que otro peso, todas las empresas barajaban los mismos valores. Balut, la que finalmente contraté, estimaba unos 35 pesos el pasaje.

En la fila de gente que se acumuló en su ventanilla conocí a Elena, una jujeña que había trabajado en Buenos Aires, en el barrio de Belgrano, justo a unas pocas cuadras de donde vivo. Nos quedamos hablando bastante porque el señor de adelante tenía problemitas y nos impedía cambiar de ubicación en la cola. Me contó así que en la city cuidaba a una persona discapacitada que tenía una hija. Una nena con la que se encariño, una niña que tuvo que dejar de ver a su pesar por que la señora, que vivía sobre las barrancas, no le pagó jamás esos dos meses de trabajo. Ahora estaba en San Salvador porque se tenía que operar de los riñones. Había estado internada unos días y no recuerdo por qué finalmente le dijeron que era mejor que se volviera a su casa, que era más seguro por las pésimas condiciones edilicias e higiénicas del centro de salud. Y allí estaba ahora, buscando su DNI en la ventanilla porque le habían sacado el pasaje desde otra sucursal. Largos minutos tardó en encontrarlo hasta que ¡Eureka! Allí estaba Elena documentada.

Cuando las dos tuvimos nuestros pasajes en la mano, me acompañó a comer un paty en los alrededores de la terminal. Yo no había cenado y eran las 12 PM, vale decir, estaba famélica. Finalmente, fueron un pancho y unas papas fritas los responsables de que dejara de tener hambre y comenzara a sentir la sangre más espesa, como consecuencia del aceite refritado, viejo y pasado de las papas, que eran ya las últimas que llenarían un cono de cartón ese día. Y sólo por cinco pesos con cincuenta.

Mientras hablaba con Elena de mil cosas a la vez esperábamos el bus convertidas en pulpo. La mochila de mano y la grande bien juntitas sobre el piso y siempre con alguna extremidad que hiciera contacto con ellas, para no perderle el rastro ni avivar a rastreros.

Elena se fue. “Chau, chau” y teléfono de por medio. A los minutos me subí al mi bus. Dormí placenteramente todo el viaje a La Quiaca. Me tocó sentarme al lado de una chola que venía en el micro de antes. El primer contacto fue de esos que uno no elige, ella dormida, con una pata sobre mi asiento. Una mueca de empatía, una o las dos comisuras de los labios jujeños hacia el norte fue lo que recibí de aquella adorable mujer ante el reclamo del servicio que había adquirido previamente en la terminal. Prefiero recordar su incansable amabilidad, la que dejóel asiento de pana roja calentito como envuelto con una bolsa de agua hirviendo. Así fue que me cobijé con mis calzas de tenis que se intimidad con el frío nocturno norteñopero que no se animan a pedirme más. Un abrigo de corderito se le derramó a la chola hacia la parte de mi asiento. Esa fue su segunda inconciente amabilidad, que emanó calor sobre mi cuerpo cuando me acurruqué cerquita, y el último gesto hasta la parada final. 5 AM.




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