Revista Cultura y Ocio

Geografía y guerra (llegando a las armas nucleares)

Publicado el 26 abril 2011 por Javiersoriaj
“Las guerras se inventaron para que los estadounidenses aprendieran geografía”

Hay lugares que todos conocemos, al menos por su nombre. Lugares que inmediatamente nos recuerdan hechos importantes. Son hitos en el devenir de la humanidad, y suponen puntos clave de la historia. Son lugares que prácticamente cualquier persona tiene en mente, de una manera o de otra. ¿Nos suena Guernica? ¿Vietnam? ¿Afganistán? ¿Alguien sabe qué ocurrió en Kokura?

A poco que intentemos pensar en alguno de esos nombres, todos los que recordamos tienen que ver con aspectos relacionados con la guerra, o al menos con la resolución violenta de los conflictos, bien sean éstos de naturaleza étnica, religiosa, nacionalista, económica, o cualquier otra. Directa o indirectamente, y miremos hacia la Antigüedad o hacia las épocas más cercanas, la barbarie nos enseña Geografía.

Por citar solo unos cuantos lugares: Troya, la ciudad que sirve de marco de enfrentamiento a griegos y troyanos, con el engaño del caballo, y el rapto de Helena como fondo. Cartago, aniquilada por los romanos, después de que Aníbal “con fuego y sal borró el latino” y a punto estuvo de acabar con la República romana. La batalla de las Navas de Tolosa, que supone un hito clave de la conquista cristiana de Al-Andalus. Tenochtitlán, conquistada y arrasada por los españoles al mando de Hernán Cortés, aliado a los enemigos de los sangrientos mexicas. Los gloriosos tercios de Flandes, que imponen la brutalidad en los campos de batalla de Europa en “las guerras del rey”. Las guerras del opio y la rebelión de los bóxers, que abren el enorme mercado chino a occidente. La batalla del Marne, y la idea de “avanzar pisando cadáveres”. Armenia, y el primer genocidio sistemático de la historia, planificado por los turcos. Guernica, que permite probar la nueva aviación alemana y alienta a Picasso a pintar quizá el más grande alegato contra la guerra jamás realizado. Argelia y los pied-noirs, con la represión brutal del levantamiento en la kasbah. La revolución del “socialismo con rostro humano” de 1968 en Praga, ahogada por los tanques soviéticos. Y África, con todas las guerras “tribales”: Biafra, Congo, Ruanda y la brutalidad de todas las guerras del continente olvidado. Las intervenciones de Estados Unidos en Guatemala, o Panamá, o en Vietnam, eliminando gobiernos democráticos con los marines o con los dólares, y bombardeando indiscriminadamente civiles, y utilizando armas químicas como el agente naranja o el napalm. O los miles de otros casos que podríamos utilizar: Bosnia, Chechenia, Kosova, Costa de Marfil, Sudán, Libia… Guerras, conflictos, muerte, destrucción.

O, para acercarnos a nuestros días, esos lugares que están cotidianamente en los medios de comunicación, con Iraq y Afganistán, y sobre todo Libia en un lugar prioritario, pero sin tener tanta fuerza como para esconder totalmente la violencia que se produce en Colombia, Ciudad Juárez, Somalia, Costa de Marfil, Sri Lanka, Pakistán-India… y los cerca de 40 escenarios bélicos actualmente abiertos en el mundo, en conflictos más o menos olvidados. Y eso sin olvidar la violencia cotidiana contra millones de personas por unos u otros motivos.

Y seguimos aprendiendo Geografía en este mal sentido, quizá porque no hemos aprendido nada de la Historia. Cada día surgen nuevos conflictos, nuevas amenazas, nuevas guerras, nuevas armas, cada una con sus justificaciones más o menos injustificables.

Con todo, algunos nombres resuenan con especial violencia. Son los paradigmas de todo lo que debe ser recordado con especial lucidez para no volver a vivirlo.

Unos remiten a los campos de concentración y a la conciencia de la barbarie absoluta, la negación de la humanidad como tal. Son los campos de concentración del régimen nazi, pero también el gulag soviético, los primeros campos “inventados” por Estados Unidos a finales del XIX… o, para no ir más lejos, los campos en España tras la Guerra Incivil que sucedió al golpe de Estado. Auschwitz, Sachenhaussen, Treblinka, Dachau… son lugares que hielan la sangre con tan sólo pronunciar su nombre.

Los otros remiten al hecho que abre una nueva época, la atómica, en la historia de la humanidad. En esa historia que supone un progreso continuo: cada vez más logros, más avances, más tecnología, más formas de ocio, viajes espaciales, avances en la cultura, mejores formas de curar… y mejores formas de matar. Desde Caín, que mata a Abel con una quijada, a las armas de cobre, de bronce, de acero, a las armas de fuego de un solo disparo, a las ametralladoras de múltiples disparos, bombardeos aéreos, cañones cada vez más poderosos… y armas de destrucción masiva: químicas, biológicas y nucleares.

Son estas armas las que marcan la nueva época. Dos nombres resuenan como cañonazos en nuestros oídos: Hiroshima y Nagasaki. Estamos en agosto de 1945. El alto mando estadounidense recibe el mensaje: “el niño ha nacido bien”. El 6 de agosto el piloto aprieta el botón que suelta la primera bomba atómica de la Historia. El avión que pilota se llama Enola Gay, en honor a su madre. La bomba, como no podía ser de otra manera, se denomina “el niño” (little boy). Mide tres metros y pesa más de cuatro toneladas. Tarda un minuto en caer. Su explosión equivale a cuarenta millones de cartuchos de dinamita. El hongo es fotografiado desde la cola del mismo avión que lanzó la bomba por el fotógrafo militar George Caron.

Y tres días después, Nagasaki. Que no era el objetivo. Y volvemos al principio de este texto, a Kokura, nombre de un lugar fuera de los márgenes del saber geográfico convencional. ¿Por qué? Porque lo que ocurrió allí fue importante precisamente porque no ocurrió. El 9 de agosto de 1945 esta ciudad japonesa amaneció cubierta de nubes. Kokura era el objetivo de la segunda bomba atómica, aquella que pondría fin definitivamente a la guerra del Pacífico. El avión que va a lanzar la bomba, el bombardero B-29 llamado Bockstar, busca un lugar entre la niebla, para lanzar al “gordo” (fat man), nombre que recibe esta segunda bomba. Da tres vueltas sin resultado. Le queda poco combustible. Nagasaki es condenada a entrar en nuestros conocimientos de Geografía. Kokura, por fortuna para ella, sigue siendo una gran desconocida.

Se siembra la destrucción. Destrucción que continúa mucho después. Decenas de miles de muertos directos por la explosión y quién sabe cuántos muertos por los efectos de la radiación. Como dice Eduardo Galeano, “la era nuclear está amaneciendo y una nueva enfermedad nace: el envenenamiento por radiaciones que, después de cada explosión, siguen matando a gente por los siglos de los siglos”.

Amanece la era nuclear, en la que ha continuado el “progreso”. De las bombas atómicas se pasa a las de hidrógeno, que multiplican por mil su capacidad destructiva, y de estas a las de neutrones. Otros entran en la carrera nuclear: la Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia, República Popular China. Las armas nucleares se hacen cada vez más sofisticadas: misiles intercontinentales, cabezas nucleares múltiples, lanzaderas submarinas, aéreas, e incluso “la guerra de las galaxias”. La carrera armamentista lleva al desastre a la Unión Soviética y también a Estados Unidos, que para continuar en su posición hegemónica fomenta nuevas guerras contra nuevos enemigos. Y armas químicas, y biológicas, donde se llega una vez más a la obscenidad que hace cuestionar el concepto de humanidad: armas que matan a las personas pero respetan las cosas, llegando a la perversión absoluta de las armas (ya disponibles) que incluyen componentes genéticos, para diferenciar a quién deben matar en un lugar determinado.

Y nuevos países se suman al club nuclear, pese a la oposición de los que tienen el monopolio de las armas y del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y por tanto, el veto sobre sus decisiones. Pakistán, India, Corea del Norte, Israel y otros tienen armas atómicas. Los menos poderosos se conforman con las bombas nucleares “sucias”, fáciles de realizar y baratas, y con un mercado negro de materiales nucleares que permiten obtener los elementos radiactivos necesarios.

El último reto es Irán. Cada país nuevo que plantea entrar al club es un nuevo argumento para aquellos que tienen la bomba, y al mismo tiempo, la existencia de estos es el argumento para los que quieren entrar. Debemos defendernos, dicen, todos. Para algunos, como Corea del Norte, parece la garantía de que no serán invadidos: ¿se habría invadido Iraq si hubiese tenido armas nucleares? se preguntan algunos. ¿Y Libia?

Su uso es inviable e imposible, ya que la destrucción sería mutua, dicen los que argumentan que sólo son armas defensivas, basadas en su carácter disuasorio. Pero “inviable e imposible” en el discurso no significa “inviable e imposible” en la práctica, como la historia nos ha enseñado tantas veces, si bien, de momento, no se ha sobrepasado el límite. El general MacArthur presionó al gobierno estadounidense para que pusiese fin a la guerra de Corea usando de nuevo armas atómicas. La crisis de los misiles cubana de 1962 puso el mundo “al borde del abismo”. Mao lanzaba la teoría de los Tigres de Papel, en la que alentaba al uso de armas nucleares: los chinos somos comunistas y somos millones. De los que sobrevivan la mayoría serán chinos. Dominaremos el mundo, que será chino y comunista. Todo perfecto.

Y hoy Irán lleva a cabo un programa nuclear, que profundiza a su vez la carrera nuclear israelí. La doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada sigue vigente. Sólo podrás acabar con mi país a costa de que yo acabe con el tuyo. Y la capacidad de destrucción sigue creciendo. Podemos destruir varias veces el planeta, pero sigue incrementándose el gasto en armamentos, convencionales y nucleares.

No es raro que Einstein, que no inventó la bomba atómica, pero cuyos estudios permitieron que ésta se creara, tenga “los ojos más tristes de la historia humana”, como escribía E. Galeano.

Algunos han hablado del fin de la Geografía. No creo que sea cierto, pero, de no apostar por un desarme nuclear, es posible que tengamos que llegar a decir que tenían razón. Eso sí, si sobrevivimos para decirlo.

Sea como sea, y con todo lo visto, nos queda una pregunta final: si tenemos armas nucleares para no utilizarlas: ¿para qué las queremos?; si las tenemos para utilizarlas: ¿para qué las queremos?


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