Italianos: elegantes, amantes de la belleza, de la sensualidad y de las formas femeninas la, la, la… si, sí…excusas, je. Excusas para depredar, como es bien sabido en la cultura popular y un hecho tácito absolutamente aceptado, y gustoso, por las víctimas. Pues bien, del universo de fotógrafos italianos que gozan de hacer desnudos (haceos una idea de cuántos hay) me ha llamado la atención este sujeto que os presento hoy: Guido Argentini, y concretamente las imágenes de, para mí, su trabajo más personal: una serie de desnudos con las carnes de las modelos pintadas en cromado plata que están publicadas en su libro de título “Silvereye”. Guido ha declarado que este libro de fotos surgió a partir de su admiración por la escultura y la danza.

En la Wiki no encuentro entrada a su biografía (¡) y debo perseguir información de otros blogs, para enterarme de que nació en Florencia (parece ser que el año es un misterio que sus biografías públicas no desvelan) y estudió tres años de la carrera de Medicina antes de dedicarse a la fotografía. Todos los médicos y biólogos tienen pasión por el cuerpo y cierta mirada afilada, de bisturí, sobre sus formas anatómicas, y es quizás eso lo que percibo de entrada en sus fotos.

Guido reside actualmente en Los Ángeles y destaca como fotógrafo de moda, creativo y elegante, sí, italiano puro tópico. En sus trabajos se me hace evidente la huella de Mapplethorpe así como la de Newton, y concretamente en Silvereye el lector apreciará sobre todo al primero, aunque con un aire contemporáneo, reinventado y futurista, o incluso retro-futurista al estilo de ciertas imágenes de Metrópolis y sus esculturas metálicas. La piel, la musculatura y el pelo, en plata, combinado con los cuerpos perfectos de las modelos en posturas de tensión propias de la danza clásica resultan en unas fotos sumamente hermosas.
El erotismo que desprenden estas imágenes es, como habrá podido el lector comprobar, conceptual y frío. Uno puede contemplarlas y mantener la dignidad, entendida ésta como el dominio del intelecto sobre “lo otro”. Ahora bien, no deja de haber un algo inquietante suspendido que nos susurra que esta no es precisamente la platería de nuestra abuela, no…. ¿o sí?, recordemos aquellas copas plata impolutas y reflexionemos ¿acaso no nos hubiera gustado, precisamente, ensuciarlas? El acto en sí de manchar algo tan puro y de líneas tan claras y exquisitas es muy infantil, si, pero por eso mismo resulta divertido, primitivo y en definitiva, erótico. Al fin y al cabo, el deseo trata básicamente de la belleza y la posibilidad de mancillarla, es por eso que lo que intuimos entre líneas en Silvereye son las salpicaduras pegajosas de leche condensada sobre los cuerpos cromados.
Citaré aquí ese conocido dicho “No pienses en un elefante blanco”, que, a modo de haiku, viene a resumir lo que estoy diciendo, y es que la mente humana es blanquinegra, funciona con opuestos y le cuesta mucho encontrar la dosis de las cosas y no digamos de los deseos, así que si se le prohíbe algo no tardará nada en desear eso justamente con más fuerza. ¿Qué puedo deciros entonces?, lo mismo que seguramente pensó Guido el italiano: No penséis en mancillar estos cuerpos, ¡son demasiado bellos¡… ¡no lo penséis¡ … ¡ni se os ocurra¡









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