Revista África

Hassan Al-Turabi: muere el “encantador de serpientes” del Islam político

Por En Clave De África

(AE)
Acaba de fallecer – aparentemente de un ataque al corazón – Hassan Abdallah Al-Turabi, veterano líder del Frente Islámico Nacional, una de las figuras sin las cuales no se puede comprender al Sudán de los últimos 50 años.

Al-Turabi tenía 84 años y era un personaje tremendamente encantador en la concepción más siniestra de la palabra. Su currículo académico – habiendo estudiado Derecho en Jartúm y obteniendo posteriormente un Doctorado en Londres y la

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Sorbona de París – lo hacían una persona altamente preparada y con un importante arsenal argumentativo que marcó con su impronta años fundamentales del Sudán contemporáneo.

Su figura fue siempre la del “poder en la sombra”. Durante los primeros 10 años de presidencia del presidente Bashir (cuyo régimen llega a nuestros días), Al-Turabi se quedó siempre en segundo plano – llegó a ser presidente del parlamento – pero con un perfil muy bajo. Hoy día hay pocas dudas de que su grupo, el Frente Islámico Nacional (descendiente ideológico de los Hermanos Musulmanes de principios del siglo XX) estaba detrás de la orientación islámica y radicalizada del régimen que siguió al golpe de estado de Bashir, donde los cuerpos de seguridad del estado alcanzaron un impresionante grado de eficiencia y de secretismo. Fue en aquel tiempo cuando alentada por Turabi, se recrudeció en todo el país el reclutamiento de jóvenes para la yihad (guerra santa) contra los "infieles" del Sudán del Sur que luchaban por su reconocimiento y su independencia. Mientras tanto, se llevaba a cabo una sangrienta persecución de oponentes políticos y de personalidades no-musulmanas multiplicándose las tristemente famosas “ghost houses”, las casas fantasma donde los miembros de la temida security torturaban y hacían desaparecer a miembros disidentes de la sociedad civil. Las crónicas de aquellos años documentan una ingente multitud de violaciones de Derechos Humanos y Turabi era la persona que alentaba, coordinaba y dirigía con mano de hierro en guante de terciopelo una buena parte de las acciones represivas. El tono de sus palabras – manejaba magistralmente la oratoria – dependía de la lengua y del auditorio en el que hablara: frente a medios de comunicación internacionales, se despachaba en un exquisito inglés y francés, presentándose como un reformador moderado que derramaba encanto, espíritu democrático y tolerancia; en árabe sin embargo sus palabras rezumaban odio y rencor contra los oponentes al régimen, contra los cristianos, los musulmanes no islamistas o los intelectuales que promovían un régimen secular. Durante largos años, jugó magistralmente con estas dos caras y casi siempre salió airoso en sus empeños.

Esos fueron los años donde Turabi organizó la Conferencia Popular Árabe e Islámica en la cual participaron representantes de referencia del yijadismo internacional. Sus relaciones con un joven Osama bin-Laden se tradujeron en una invitación formal para que el saudí se asentara en Sudán presuntamente “para llevar a cabo un proyecto agrícola”. Sus amistades y opciones políticas estaban bien claras, pero hizo lo posible para no “quemarse” en la primera fila del poder. Sin embargo, también llegó el tiempo en el que su ascendencia y su astucia se convirtieron en una piedra en el zapato del presidente Al-Bashir. Fue acusado de conspiración contra el presidente. A partir de entonces se apaga su estrella y, cuando no estaba en la cárcel o bajo arresto domiciliario, comienza a presentarse en diferentes foros como un disidente que siempre ha promovido la tolerancia y la concordia.

Turabi es uno de los representantes más importantes del llamado “Islam político”. Posiblemente nació demasiado temprano para jugar un rol internacionalmente más relevante en la “era Al-Qaida”, si no, posiblemente el grupo yihadista tendría otra persona de referencia de mucho más calado intelectual que los líderes de los últimos años. Conocía perfectamente la mentalidad occidental y utilizaba las leyes y las libertades de Occidente – junto con las contradicciones de una sociedad secularizada que negaba a la religión su papel en la sociedad – para poder presentarse como adalid de una alternativa que en Sudán se tradujo en la represión más sangrienta y despiadada de las últimas décadas. Para bien o para mal, Hassan Al-Turabi ha sido una persona que no ha dejado a nadie indiferente. Muchos, especialmente sus víctimas, se alegrarán de su fallecimiento, otros lo echarán de menos como uno de los líderes más inteligentes y sagaces que ha habido en la escena política sudanesa.


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