Revista Cultura y Ocio

Hasta luego – @tearsinrain_

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

Las hojas de los almeces se dejan llevar por un viento todavía frío que calma el precipitado sol de una primavera adelantada, al ver que el invierno se ausentaba, otro año. Alrededor, suenan las voces de rutinas diarias que llenan calles, plazas, parques y jardines, de hechos también extraordinarios pero que nadie denota, de segundos que dejan cicatriz y de minutos que marcan vidas. El mundo no se detiene y es curioso, porque debería hacerlo, por deferencia al momento. El momento que pasa por delante de mí, provocando, siguiendo el juego del “te veo–no te veo” en el que estamos sumidos, inmersos, desde hace lagunas de tiempo. Es un juego peligroso, me he dicho, pero me lo digo bajito, en un susurro que apenas oigo y que intenta pasar desapercibido. Peligroso porque se escapa, se escurre entre mis dedos inoperantes que ni siquiera hacen el esfuerzo de asirlo o de tocarlo. Sale un “ven” agónico y afónico de mis entrañas al escurrirlas, es tan parecido a un “hasta luego”, es tan débil que ni el aire lo nota y cae hasta chocar contra el suelo uniformemente gris. Veo a ese momento marcharse y estoy al límite de soltar un lágrima impotente, tan impotente que ni baja por la mejilla reseca, mientras éste se gira y me mira por última vez, antes de desaparecer de nuevo, ya vendrá otro o, quizá, el mismo que no se da por vencido y lo intenta una y otra vez con un suspiro de “ahora sí” falto de esperanza real, actuando por inercia. Y yo sigo plantado en el mismo lugar, como si echara raíces para fundirme con el asfalto y hermanarme con los almeces que se dejan acariciar por el viento todavía frío. Mis pies quieren salir a su encuentro y atraparlo, hacer que se gire y plantarle un beso como una semilla que haga nacer un “lo ves” decidido y hasta soez. Pero no se mueven. Salgo de mí para mirar la escena desde las alturas y me parece grotesco, mi figura allí dispuesta en un cuadro pintado por un eterno aspirante a gran artista que no consigue más que un garabato disfrazado, soy el protagonista figurante de una escena en una película de Passolini, envuelto en una bacanal de cotidianidad. Y el momento se difumina en el decorado hasta que me doy cuenta que todo pasa por un filtro y decido quitarme las gafas de sol, en un acto inusitado, extraño, fuera de guion, en el que el verde y el marrón que se funden en mi pupila forman un círculo llenado por un agujero. Ahora puedo admirarlo con claridad y me parece todavía más bello y más oportuno que nunca, el momento coloreado por este atardecer fuera de lugar. Curiosamente, el realismo de la fantasía o quizá lo fantástico de la realidad, hacen que eso que parecía alcanzable ni que fuera en la imaginación, ahora se me muestre lejano y altivo, en una altivez de vértigo. No, pienso, el vértigo para las alturas, sean las que sean, de la distancia de un abismo o del abismo de una distancia, de lo que se acerca o se aleja; de lo que pudo ser o de lo que puede ser, del conocimiento y el desconocimiento, del ahora sí o de esa espera; el vértigo, me repito, es para las alturas, la tuya, la mía, la del nosotros, la de la nada y la de nadie, la del todo, la de la soledad y la del miedo. Y el momento se gira y me observa, con unos ojos de color indefinido y un rostro hermoso que sería incapaz de dibujar o describir. De la misma manera que no podía mover mis pies, ahora mi vista me pide a gritos que deje de mirarle, que solo duele, que es un momento perdido camino al rincón oscuro donde muchos otros viven en constricción, apilados, a codazos, casi sin oxígeno. Momentos que se perdieron por no querer cogerlos, por no querer tomarlos, por temerles o por pensar que volverían y entonces ya sí, que no estaban en el lugar adecuado, que quizá antes o hasta luego, momentos de otro momento. Pero mis ojos no se mueven y le miran. La imagen que mi retina invierte llega al cerebro y allí se dispersa en un laberinto finito que se vuelve infinito con la experiencia y la sabiduría, pero el mío no es así, es un cerebro complejo a la vez que simple y la imagen se pierde entre pliegues de materia gris y recibe millones de respuestas: sí, no, sí pero no, no pero sí, hazlo ahora, no lo hagas… Esta vez no. Esa respuesta gana fuerza y se abre paso sutilmente, esta vez no, haciéndose mayor gracias a la afluencia de otras respuestas parecidas pero descartadas y sale por algún poro de mi piel, esta vez no. Esa que se pone morena enseguida con el Sol y pierde el color casi igual de rápido, esa que se sonroja a la velocidad de la luz y deja de sonrojarse lentamente y con mimo. Como acto consciente mis brazos se alargan y mis dedos apuntan hacia él, acortando espacio. Le llamo él pero podría ser ella, los momentos no tienen género, están formados por sensaciones y por emociones, intenciones y deseos, anhelos y frustraciones, pero ellos en si no tienen género, aunque en ocasiones un momento sea un hombre o una mujer o un animal o un objeto. Pero básicamente un momento es una fracción de tiempo, una decisión o una duda. Esta vez no, no me permito otro hasta luego. Mi pie se levanta del suelo uniformemente gris, mi figura de Passolini se desplaza entre la escena grotesca, alrededor de voces rutinarias, rodeado de almeces en una primavera adelantada, hacia ti, momento.

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