Revista Cultura y Ocio

Hazañas bélicas

Publicado el 12 junio 2014 por Elena Rius @riusele

HAZAÑAS BÉLICAS
Como no tengo hermanos mayores, de pequeña mis juegos -y mis primeras lecturas- giraron siempre en torno a universos domésticos o fantásticos: casas de muñecas, cocinitas, hadas, cuentos tradicionales (Grimm, Perrault y demás)... Salvo el ocasional lobo de Caperucita o el ogro que amenazaba a Pulgarcito y sus hermanos, la violencia y la guerra no existían ahí. Este mundo "masculino" hizo su aparición más tarde, cuando mis hermanos pequeños entraron en escena. Creo que mi contacto inicial con las guerras del siglo XX proviene de las historias de Hazañas bélicas, que desde el primer momento me parecieron fascinantes. Como todos los niños de mi época, yo leía tebeos como el Tiovivo, el DDT o el propio TBO (aunque éste ya me daba la sensación de algo antiguo). Las aventuras retratadas en Hazañas bélicas hacían que las inocentes peripecias de las Hermanas Gilda, Rompetechos o Carpanta palidecieran a su lado. Aunque me zampaba sin hacer ascos todos los cómics que mis hermanos -grandes consumidores de este género- iban adquiriendo (no en vano es una lectora compulsiva), tuve siempre muy claro que los superhéroes de Marvel eran ficciones más o menos descabelladas, mientras que esas historias de guerra, imaginaba yo, podían perfectamente haber sido tomadas de la vida real. Además, estas publicaciones fueron en cierto modo mi primera lección de historia del siglo XX: en los planes de estudio de entonces -vivía Franco, claro- rara vez llegábamos a dar las décadas más cercanas a nosotros. Terreno resbaladizo, sin duda. De hecho, mientras recuerdo bien haber aprendido sobre la Reconquista, sobre Colón e incluso bastante de griegos y romanos, no puedo evocar ni un solo pasaje de la guerra civil o de alguna de las guerras mundiales procedente de los manuales de historia que manejábamos por entonces. Tal como las recuerdo, en las aventuras creadas por Boixcar y sus seguidores abundaba el heroísmo y siempre había una cierta moral. Por supuesto, los "buenos" acababan ganando y los "malos", ya fuesen crueles nazis o retorcidos asiáticos, se llevaban su merecido. Por cierto que hoy sin duda se considerarían de lo más incorrecto: los valientes americanos que luchaban en las junglas del Pacífico solían proferir exclamaciones del tipo "¡Muere, mono amarillo!" antes de rematar a sus oponentes. HAZAÑAS BÉLICAS Aunque desde entonces he leído infinidad de obras en torno a esos conflictos bélicos, y como es lógico mi visión de cómo transcurrieron las cosas se ha modificado notablemente, de algún modo la huella de esos primeros cómics permanece, porque mis escasas incursiones en lo que hoy se llama novela gráfica -el cómic ha subido mucho de categoría, en todos los sentidos- se orientan siempre a historias de guerra. Pero su tono es muy distinto. Tomemos como ejemplo las dos últimas que he leído:  Los surcos del azar, de Paco Roca y Yo, René Tardi. Prisionero en Stalag IIB, de Jacques Tardi. Ambas me han parecido excelentes.  Y las dos están llenas de realismo, porque se basan en historias reales de personas concretas, que o bien contaron de viva voz o bien escribieron sus recuerdos.  

HAZAÑAS BÉLICAS

Páginas de Paco Roca

 Ambas, a diferencia de las hazañas bélicas a antaño, tienen un sesgo antimilitarista. Miguel Ruiz, el protagonista de la obra de Roca, fue sin duda un héroe -aunque a pesar suyo-, obligado por las circunstancias tras la derrota del ejército republicano español a luchar en diversos frentes de la guerra europea. René Tardi, el padre del dibujante, relata por su parte los años de cautiverio en Pomerania, tras la caída de Francia en 1940.  
HAZAÑAS BÉLICAS
  En ambas historias está lo que raras veces cuentan los libros de historia, los pequeños detalles que marcan a los individuos, muy poco heroicos a veces: los trapicheos para conseguir un poco de comida; el hacinamiento -ya sea en un barco de refugiados o en un vagón de ganado-; los piojos; los que se aprovechan de los demás. Pero también pequeños actos de bondad que son un rayo de esperanza: el miliciano que presta su capote para proteger de la lluvia incesante a una mujer enferma; la chica que compra una caja de melocotones para  mitigar de sed de los judíos encerrados en unos vagones aparcados bajo el inclemente sol de verano...A diferencia de las que leía de niña, no hay en estas obras demasiadas batallas. Pero sí un buen retrato del género humano. Para lo bueno y para lo malo.  

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