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Historias Mínimas: El Juego del Gorila.

Publicado el 19 noviembre 2013 por Sap
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Historias Mínimas: El Juego del Gorila.
A Marco
      Me encontré una cuerda muy larga, de plástico, de las de subir y bajar persianas. Quise darle una utilidad. La primera fue hacer con ella el nudo corredizo de horca que me había enseñado mi tío. Un nudo como los de las películas del Oeste. Me salió muy bien. Luego me inventé un juego. Era la hora de la siesta y en la calle no había niños. Con tanto calor muy pocos nos atrevíamos a salir. Bien. Allí solo, nadie me molestaba. Até la punta de la cuerda a la reja de una de las ventanas de la Pepa, una vecina que vivía en un bajo. La otra punta, el lazo corredizo, me lo pasé por el cuello. Luego, con un palo y haciendo de la cuerda radio de una circunferencia, tracé sobre el suelo de albero del patio, un semicírculo. El interior de ese semicírculo sería mi territorio. El de fuera el de los amigos que quisieran jugar.
    Cuando se fue el calor y los niños del bloque comenzaron a salir a la calle, les conté a mis amigos que me había inventado un juego. “¿Cómo se llama el juego?”, me preguntó el Luis. “El juego del Gorila”, le contesté. Luego les enseñé las reglas e hicimos un ensayo. Aquella primera vez yo haría de Gorila. Mis amigos, seis o siete, entrarían en mi territorio dispuestos a molestar al Gorila dándole pellizcos o burlándose de él. La misión del Gorila era atrapar a alguno de ellos para sustituirlo en su puesto. Me di cuenta que era muy difícil atrapar a nadie. En cuanto se sentían perseguidos, se ponían a salvo pasándose al otro lado del semicírculo. Poco a poco el Gorila, o sea, yo, se fue enfadando. Y cuanto más se enfadaba, más aumentaban las burlas de mis amigos. “¡Gorila, gorila, gorila!”, gritaban a coro, moviéndose como un enjambre de abejas molestas. Entre los pellizcos y las burlas que me hacían, me fui llenando de ira. Me convertí en un Gorila furioso. En un pequeño gorila de verdad. Uno de mis amigos, el Eduardín, me dio una patada en el culo y aquello fue más de lo que pude aguantar. Rabioso, me fui para él. Era tanto mi enfado que me cegué. Olvidé la línea de demarcación, la frontera tras de la cual se puso a salvo aquel maldito. 
    El efecto de mi violenta carrera se produjo. La larga cuerda se tensó, el nudo se estrechó en mi cuello y, por inercia, gravité un segundo formando un plano horizontal con respecto al suelo. Caí de espaldas. Todas las leyes de la física se aliaron para que el golpe fuera muy fuerte y la cuerda dejara su marca en mi cuello. Mis amigos dejaron de burlarse y me liberaron de aquella prisión de plástico que me ahogaba. Luego, cuando comprobaron que no había ocurrido nada grave, pretendieron retomar el juego. Pero yo no tenía ganas. Y como era el dueño de la cuerda, la desaté de la reja, hice un ovillo y enfurruñado, me la llevé a mi casa. Me quedé allí a merendar y a ver la tele y no salí en varios días. El Juego del Gorila jamás pasó de aquel ensayo..

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