Revista Cultura y Ocio

Hȏzuki, la librería de Mitsuko - Aki Shimazaki

Publicado el 05 febrero 2019 por Elpajaroverde
«Hôzuki, hôzuki, el amor enjaulado.
Naranja como el lirio atigrado,
reluciente como el sol.
¡Qué alegría! Tú eres mi resplandor».
 
«Siempre hay una razón detrás del nombre de un bebé o de algo».
Nombres. Palabras. No se escogen al azar. Aunque tal vez lleguen a nosotros por ese llámese azar, llámese destino, llámese cadena o cruce de coincidencias o casualidades, llámese ese lazo invisible que nos conecta con la gente que hemos conocido accidentalmente.
«Dibujo en mi mente una cadena, cada uno de cuyos eslabones lleva un nombre».
El título original de la novela que os traigo hoy es Hȏzuki, un nombre solitario, envuelto de un halo de misterio y que a su vez deja un vacío (los vacíos existen para llenarse) a su alrededor; hȏzuki, una transliteración a nuestro alfabeto latino de un vocablo japonés. Porque esta novela es muy japonesa (y no solo por su título, su ambientación y sus personajes), por más que su autora, afincada años ha en Canadá, la haya escrito en francés, otro idioma con el que compartimos alfabeto y en el que por tanto Hȏzuki se transcribe también como Hȏzuki. En japón, en cambio, la palabreja en cuestión puede escribirse bien en Kanji (ideogramas chinos) bien en hiragana (escritura silábica japonesa), lo cual la dota, para añadir más nudos a ese lazo que lo une todo, de varias interpretaciones. Así, para la mayoría de los personajes de esta novela, Hȏzuki significa oración, no en el sentido gramatical sino como sinónimo de rezo, lo cual me gusta porque en este libro se hablará de religiones; sin embargo, en el lenguaje de las flores significa mentira, lo que también me agrada porque (y aunque no solo por eso) las flores tendrán también su importancia en esta historia. El motivo por el que Mitsuko llama así a su librería, en cambio, es una tercera interpretación de la palabra Hȏzuki. Y todos estos significados juntos son el motivo por el que prefiero el título original de esta novela al a priori más clarificador elegido para los lectores españoles, porque, aunque evidentemente Hȏzuki es la librería de Mitsuko, para ella es (y para nosotros será) mucho más que eso.
Hȏzuki, la librería de Mitsuko - Aki ShimazakiPues eso, que Mitsuko tiene una librería que se llama Hȏzuki y que ésta ocupa la planta baja de la vivienda en la que Mitsuko vive con su madre, su hijo de siete años y el viejo gato Sócrates. Mitsuko tiene también otro trabajo que le aporta recursos económicos suficientes para mantener la librería y a su familia y que, además, le proporciona los estímulos intelectuales que necesita. En ese trabajo a Mitsuko se la conoce por un alias: Azami, que significa cardo. Quien se lo puso justificó su elección diciéndole: «Eres guapa pero difícil de abordar». En una conversación casual, la madre de Mitsuko dirá del Azami: «Me gusta mucho esa flor salvaje». Y a mi me gusta mucho Mitsuko aunque (o precisamente porque) reconozco que es muy cardo: espinosa por fuera, suculenta por dentro.
Como un auténtico cardo se comporta Mitsuko con la señora Sato la primera vez que la ve y en sus encuentros posteriores. Kako Sato es una mujer elegante y distinguida que acude a la librería de lance de Mitsuko, cuyo fondo presta especial atención a libros de filosofía y arte, para adquirir unos libros que le ha encargado su marido. Mitsuko percibe en ella esa fragilidad que considera típicamente femenina y que tanto acostumbra a irritarla. En los sucesivos encuentros no podrá abstraerse de esa sensación y rechazará intimar con esa mujer con la que piensa que no tiene nada que ver, a pesar de que hay algo latente en la señora Sato que le transmite a Mitsuko la impresión de que la aflige un gran dolor.
Los encuentros entre ambas serán propiciados por sus respectivos hijos. Kako Sato tiene una hija un par de años menor que Tarô, el hijo de Mitsuko, y ambos niños congenian a la perfección desde ese primer día en que la distinguida clienta visita la librería. Tarô es mestizo, mitad japonés, como su madre, mitad caucásico; también es sordomudo. Aunque es un niño desenvuelto, sus diferencias son un obstáculo para entablar amistad con otros niños. El profundo amor que Mitsuko siente por su hijo y la visible alegría de este ante la compañía de la niña será el único motivo por el que la librera acepte la invitación de la señora Sato para que los niños se frecuenten y pasen tiempo juntos.

Poco más os cuento de esta breve y sutil lectura aunque con sumo placer os hablaría más de ella. Pienso, sin embargo, que es preferible abrirla solo a modo de presentación y que seáis vosotros los que os adentréis en ella y os deleitéis con todas sus bondades. Bueno, una última cosa sí os cuento. En Hȏzuki, la librería de Mitsuko nieva mucho. Pareciera que la nieve estuviera presente en todos los engranajes de esa cadena que es la vida de Mitsuko. Sinceramente, ya no recuerdo si esa nieve es copiosa o no y poco me importa mi desmemoria. En mi mente la nieve se ha licuado y el agua resultante se destila en apenas perceptibles gotas. En mi reseña de Lluvia negra, del también japonés Masuji Ibuse, hice el juego de comparar literariamente la lluvia torrencial con aquella otra más finita a la que en mi tierra llamamos orbayu. En esa intimidad que proporciona la lectura, la que aquí escribe translitera la literatura japonesa, escrita en el alfabeto o en el idioma que sea, a esa lluvia. La prosa de Aki Shimazake es suave; sus frases, sencillas; su cadencia, benévola pero imperturbable. Y yo soy tierra por la que se filtra esa lluvia que es su prosa. Termino este libro, lo cierro pero sigue orbayando en mí. La historia ha enraizado, se ramifica, se abre en flor y da sus frutos. Hȏzuki es también el nombre de una planta a cuyo fruto se le puede atribuir diferente simbología. Vale, sí, otra cosa más que os estoy contando. Pero también faltar a mi palabra, en este caso, me importa bien poco. Hȏzuki solo es un nombre y lo que importa, siempre, es la razón detrás del nombre.

«Me siento en una piedra grande. Con los ojos cerrados, escucho el ruido del agua. Me viene de nuevo a la mente el rostro de Shôji, y nos imagino dialogando.
—¿El budismo es una religión o una filosofía? —pregunto.
—Es una religión —responde.
—Pero no tiene dios.
Se echa a reír.
—Mitsuko, ¿sabes cuál es el fin de las religiones? Liberar del dolor de la vida y la muerte. El budismo no es una excepción. En lo que se diferencia de otras religiones es en que los budistas tratan de alcanzar el despertar por sí mismos, mientras que los monoteístas cuentan con su dios para llegar al paraíso.
—Entonces, ¿cuál es el fin de la filosofía?
—Preguntarse cómo vivir hasta la muerte, por qué hemos nacido en este mundo, sobre todo comprender qué significa el mundo.
Le pincho.
—¿Por qué complicarse tanto?
—Entonces, dime qué piensas tú.
—La diferencia es simple. La religión consiste en creer y la filosofía, en dudar.
—¡Bravo! —exclama, riendo.
Me levanto y tiro más piedras.
Los pequeños guijarros saltan y danzan sobre el agua uno o dos segundos. Instantes efímeros, como nuestro encuentro con la señora Sato y su hija».

Hȏzuki, la librería de Mitsuko - Aki Shimazaki

Physalis sp.. Fotografía de de Thomas Bresson


Ficha del libro:

Título: Hȏzuki, la librería de Mitsuko
Autora: Aki Shimazaki
Traductor: Íñigo Jáuregui
Editorial: Nórdica
Año de publicación: 2017
Nº de páginas: 128
ISBN: 978-84-16830-73-2
Comienza a leer aquí
Si te ha gustado...
¿Compartes?
      ↓

Volver a la Portada de Logo Paperblog