Revista Arte

Hubo un momento en que los hombres estuvieron solos en el mundo, ¿sin dioses, sin cielo, sin rumbo?

Por Artepoesia
Hubo un momento en que los hombres estuvieron solos en el mundo, ¿sin dioses, sin cielo, sin rumbo? Hubo un momento en que los hombres estuvieron solos en el mundo, ¿sin dioses, sin cielo, sin rumbo? Hubo un momento en que los hombres estuvieron solos en el mundo, ¿sin dioses, sin cielo, sin rumbo? Hubo un momento en que los hombres estuvieron solos en el mundo, ¿sin dioses, sin cielo, sin rumbo?
Cuando Tulia, la hija del gran escritor y político romano Cicerón (106 a.C-43 d.C.), falleciera víctima de parto a los treinta y un años de edad, éste quedaría tan triste y desolado que todos sus amigos le escribieron desde todos los lugares del imperio. En sus misivas le transmitieron su pesar, y se unirían a él en su dolor. Pero entonces el gobernador de Grecia, Servio Sulpicio, le escribió desde la cuna de la civilización, desde aquel lugar desde donde más pasado habría sucumbido ya, con otro muy distinto mensaje. Le decía a Cicerón en su carta: De regreso a Asia, en mi viaje navegando de Egina a Megara, me puse a contemplar los paisajes que me rodeaban. Egina quedaba atrás, Corinto a mi izquierda. Todas aquellas ciudades habían sido antaño célebres y florecientes. Hoy solo son ruinas dispersas, que han sido sepultadas bajo su propio polvo. Ay, me dije, ¿cómo osamos lamentarnos por la muerte de uno de los nuestros, nosotros a quienes la naturaleza ha dado una vida tan corta, rodeados como estamos de tantos cadáveres de ciudades? Créeme, Cicerón, esta meditación me devolvió las fuerzas.
Los dioses de la antigüedad griega fueron asimilados por Roma, pero, desde el advenimiento del pensamiento socrático -más racionalista- en los siglos V y IV antes de Cristo, los herederos de toda esa filosofía, epicúreos, estoicos, neoplatónicos, fueron abandonando sus promesas y sus divinos decorados arcaicos para dejarlos como una demostración más social, cultural y marginal que otra cosa. Fue un proceso paulatino, un desarrollo lento que coincidió con el imperio, pero que especialmente se destacaría en los años iniciales del principado romano (50 a.C.- 200 d.C), cuando los dioses fueron abandonados por completo y el sostén metafísico o trascendental aún no habría llegado de la mano del cristianismo. El escritor francés Gustave Flaubert (1821-1880) dejaría escrito en una de sus anotaciones más famosas esta frase: Hubo un momento único cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, fue un momento único, desde Cicerón a Marco Aurelio, en el que el hombre estuvo solo.
El poco conocido pintor británico Frank Bramley (1857-1915) fue un creador postimpresionista que, sin embargo, inicialmente habría ya combinado una perfección académica extraordinaria, con el manejo que luego haría tanto de la luz como de sus contenidos más sociales, emocionales o humanos. En su obra Un amanecer desesperado, de 1888, consigue aquí una composición pictórica de una enorme calidad. La textura tan perfecta de las cosas, de las láminas de un suelo de madera, de los tejidos arrugados de la mesa, al igual que de los vestidos de sus personajes, así como de la gruesa pared algo deslucida de la casa. Los colores apagados, mortecinos, apenas iluminados por la brillante luz amarilla de una lámpara. Y el fondo tras la ventana poderosa de un mar ahora embravecido. Todo perfectamente pintado aquí para reflejar además un drama muy humano. La desaparición de un marinero que nunca regresará. Su esposa, abrazada a la madre de él, se muestra aquí abatida sin remedio. Sin embargo, el creador situará, muy subliminalmente, algunas representaciones simbólicas de una confortante religión. El libro sagrado y abierto, y la luz de una llama como un altar improvisado entre las sombras. 
Cuando el pintor Richard Nevinson (1889-1946) decidiera ir al frente en la Primera Guerra Mundial, lo hizo por entonces como un voluntario para ambulancias. Antes de regresar por enfermedad a un hospital británico, viviría el horror de aquel conflicto y terminaría inspirándose en un artístico destino para mostrar así las contradicciones y aberraciones de todas las guerras. En una de sus obras, llegaría a plasmar una visión muy poderosa que tuviera una vez de una explosión en plena noche. En ella concentraría el creador toda la magnanimidad que una ráfaga de luz pudiera darle ahora a la desolada imagen de un paisaje oscurecido. Con sus campos de minas, con sus alambradas enemigas, o con los imposibles fragmentos ya de una esperanza sucumbida.
Es ésta una fuerte llamarada creada ya por el hombre en un campo de batalla, pero aquí el pintor Nevinson la convertiría así en una estrella poderosa, en una luz que abrazara ya todo el orbe desgarrado por la muerte y la fiereza. ¿Qué dioses son aquellos que el poeta Marco Valerio Marcial (40-104) dejara ya escrito en su epigrama IV?: No hay dioses y el cielo está vacío. ¿Está vacío? Nevinson lo iluminaría ya con su obra, como aquellos otros hombres, de aquellos primeros siglos, que lograran sobrevivir a sus angustias con la fuerza poderosa de su ingenio. El gran emperador Adriano (76-138), solitario buscador de mil preguntas, dejaría ya escrito en su diario: Alma vagabunda y cariñosa, huésped y compañera del cuerpo, ¿adónde vivirás? En lugares lívidos, severos y desnudos, y jamás volverás a animarme como antes.
(Obra del pintor inglés Richard Nevinson, Una estrella, 1916, Tate Gallery, Londres; Óleo Un saludo silencioso, 1889, del pintor británico Alma-Tadema, Tate Gallery; Óleo del pintor romántico inglés Joseph William Turner, Forum Romanum, 1826, Tate Gallery; Cuadro del pintor Frank Bramley, Un amanecer desesperado, 1888, Tate Gallery.)

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